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DiaPorno - La tigresa del porno
La tigresa del porno
31
de diciembre de 2007
La editorial Taschen acaba de homenajear a la gran diva XXX Vanessa del Río
con un muy lujoso tomo con su vida y obra. Se llama Cincuenta años
de conducta algo atorranta, incluye un DVD y un boleto dorado para que un feliz
lector pase una noche con esta mujer que no fue megastar sólo porque
era latina.
Para los amantes del porno, la boca y el culo de Vanessa del Río son
de referencia. Especialmente la boca. Y su entrega en el momento de decir acción.
Nadie rodó tan apasionadas escenas de coitos, felatios y masturbaciones,
juntos o revueltos. Nadie ha disfrutado tanto ante una cámara, dejándose
penetrar, morder, chupar, lambetear, manosear; chupando, mordiendo, lambeteando,
manoseando ella con un ardor que sólo el verdadero deseo del cuerpo del
otro o, en su caso, de los otros, despierta. Fueron 120 films en 12 años
de carrera, de 1974 a 1986. Se atrevía a todo. Y todos. Dos, tres, cinco,
hasta ocho hombres (o mujeres) a la vez (a veces dos en el mismo orificio,
resalta) y hay evidencia gráfica: Dicen que soy la pionera de la
doble penetración, no puedo creer que desde el inicio de los tiempos
las mujeres no lo hicieran reflexiona, pero no sé, quizá
sí en un rodaje. Si alguien tiene imágenes anteriores a 1974,
que lo diga; creo que lo hice ya en mi primera peli, China Doll.
Vanessa
del Río hasta tiene sus teorías sobre su profesión: Siempre
pensé que ocho penes es lo ideal: uno por delante, otro por detrás,
otro en la boca, dos en mis manos, dos hurgando por las corvas y uno de repuesto
por si otro decae. Vanessa siempre fue exuberante (desbordante de
excitación y de entusiasmo, la define Dian Hanson, editora de Taschen),
exhibicionista y excesiva, de obra y palabra; moviéndose o expresándose.
Aún hoy. Lo vi claro de adolescente cuando miraba pelis de la argentina
Isabel Sarli, mi madre me llevó a verlas: yo quería ser como ella.
Ella, medio cubana, rizó el rizo en una época en que el género
estaba por inventar: crecieron en paralelo, ella, dándose más
y más en cada rodaje, y la propia industria, que pasó de lo underground
a lo publicitario, de ser la forma de vida de unos pocos entregados al gran
negocio de productoras: Inventábamos en todos los sentidos. Y no
era como ahora, que se firma por adelantado lo que harás: oral, anal,
tanto. No. Entonces todo se improvisaba, cualquiera intervenía. Había
mucha sorpresa; con el tiempo, los directores sabían que me gustaba lo
nuevo, y lo había, como en el rodaje de Viva Vanessa, de Anthony Spinelli,
cuando grabé mi más sucia toilette scêne, con Jerry Butler
y Taliesin, el muchacho superdotado que debutaba ese día y no se salía
de mí ni en las pausas, recuerda divertida.
Desde
Nueva York, donde nació en 1952 y donde reside, la actriz delimita las
horas para contestar algunas cuestiones: Llamá entre diez y once
dice, tengo que ir a ver a mi mamá. Y avisa: Ten
cuidado, no te calientes demasiado, hehehe. ¿Se refiere al libro,
un art edition con una litografía de Robert Crumb que Taschen publicó
con su detallado currículum? Sí. Eso exactamente es la vida de
Ana María Sánchez, su nombre verdadero, criada en
el Harlem hispano, en familia católica, de padre mujeriego (de él,
dice, heredó lo de ser mujer de muchos hombres: desde muy niña
fui muy activa en lo sexual) y madre reprimida: un puro calentón.
De principio a fin. Igual que el libro y el video, sobre los que previene, obra
doble en la que se aprecia la mano que mece la cuna: la del amante del género
que es el editor Benedikt Taschen. No hay en ambos desperdicio. Lo que no cabe
aquí, entra allá.
La
vida de Vanessa no es sólo ella, sino también su contexto y lo
que generó: el modo en que creció su fama tras su retirada en
1986; su adopción como musa por el mundo carcelario, el del comic y el
hip-hop; los rankings de tamaños de clítoris (The Lispkeeper,
1999), en los que ella fue número uno (cinco centímetros de largo);
sus columnas como consejera sexual en varias publicaciones; las impresiones
causadas en colegas y admiradores. Y la evolución de la industria del
porno. Ahí está el ambiente del distrito rojo neoyorquino, de
Times Square (y su círculo vicioso) desde principios del siglo XX hasta
su evolución en la revolución sexual de los años sesenta:
de los espectáculos en vivo en garitos a las primero precarias y luego
ya mayores producciones; de las iniciáticas librerías para adultos
a la retahíla de actores y directores que llegaron, rodaron, se quemaron,
desaparecieron; de productores que crearon escuela al ambiente underground de
drogas y desenfado, de amor libre y desinhibido que explica mucho de aquel tiempo;
del imperio del sadomaso a las limpiezas del FBI a lo largo del tiempo. Hasta
la llegada del sida, los controles, el miedo.
Muchos,
entre ellos Vanessa, abandonaron. Repite mensaje la actriz: Llamá
a las nueve, tengo que ir con la mamá. Su madre enferma. Hoy es
en verdad su familia, su prioridad. Todo perdonado (también a su padre,
una relación recuperada y truncada con su muerte). Lo que antes
me pareció tu debilidad, ahora es mi fuerza, le dice a la mamá
en los agradecimientos del libro. Sólo la tiene a ella, a sus gatos (Tarzán
y Lola), a su bulldog (Mademoiselle Matilda) y a su novio, Vito: Hasta
que no te conocí no supe lo que era el amor incondicional de un hombre
por una mujer, le dice. Y es serio. No es ella mujer de abrir su corazón
a cualquiera. Nunca lo hizo. Amar te convierte en vulnerable. No quise
serlo. Para el sexo le gustan los chicos malos; para amar, los buenos.
¿Es lo que sacrificó por su forma de vida? La facultad de
confiar en los hombres y en el amor, sí, responde. La reina latina
del porno nunca se casó, no tiene hijos: Nunca creí en el
matrimonio. Soy demasiado independiente. No quise niños, apunta.
Sólo salí con hombres del business: mi trabajo no era problema;
supongo que sí lo sería hoy, estarían intimidados por lo
que fui.
Llegó
en 1974 a un plató para pagarse el alquiler: había hecho la calle,
era escort; rodó 18 horas sin pausa y dejó atónitos a todos
con su fuerza, sus curvas, sus gestos, su voluptuosidad. Todo carnal y real.
Una verdadera amazona, la define Crumb. Allí estaba ella
en el momento justo: tras la Linda Lovelace de Garganta profunda, el negocio
buscaba sustituta. Lástima que era latina, de piel oscura... y aquel
mundo aún era sólo cosa de blancos: Siempre tenía
papeles menores... pero no importaba. Tampoco el dinero: No lo hacía
por él, lo hacía también por placer. ¿Por qué
se acepta que una mujer tenga sexo por dinero y no porque le guste o por ambos?.
150 dólares por el primer trabajo. Hacerlo ante la cámara la excitaba.
Mucho. Sí, soy una puta, con P mayúscula, ha dicho
y dice en la entrevista de la editora más sexual de Taschen,
Dian Hanson, colaboradora de la casa, 25 años especializada en revistas
masculinas y amiga personal de la actriz.
Para
contar su vida, Vanessa ha abierto los cajones de su archivo y su memoria, ha
hurgado y elegido imágenes; la ha montado de principio a fin sin ocultar
detalles subidos y consejos calientes; cinco años de tarea para recuperar
muchos instantes felices y cachondos. Y los recuerdos más melancólicos.
Sus comentarios ponen nombre y apellido a situaciones y colegas: Un loop
con Samantha Fox, Randy West y yo en las pausas de The Dancers (1981),
una de mis favoritas, Un fotograma sado perdido.
Lo
cuenta todo de sí: de su educación represora y solitaria; de su
juventud, una road movie de drogas, sexo y rock and roll; de su temporal pasión
por el fisicoculturismo por culpa de un novio (¿sabes que con los
esteroides crece el clítoris?) al sadomaso por culpa de otro; de
su paso por la cárcel, su retiro y dedicación luego a la danza,
el strip-tease, a su web (vanessade lrio.com); de su soledad y sus juicios sobre
sí misma y su obra (Mi vida es la que es, no tiene sentido negarla),
hasta hoy, icono de una época y un género: Me gustaba la
caza, me gusta; pero ya no actúo así. Tengo pareja; con la edad
soy más reservada. Más. Pero no del todo. Muchos artistas
admiran sus dotes escénicas; entre ellos, Crumb, que lamenta que no tenga
el reconocimiento debido, o el también aventurero Terry Richardson, que
fue en 2005 a retratarla y acabó como ustedes ya imaginan.
A
una mujer con ese físico, tan rotundo y voluptuoso, ¿le gustaba
su cuerpo? ¿Y a quién le gusta del todo?, responde
ella. Había partes que no, pero no dejé que me afectara,
acepté lo que tenía; el tipo de mujer que era. Ahora, con
más de medio siglo, luce explosiva, un pecho enorme: Hago los cambios
que puedo con ejercicio, alimentos y lo que sea. ¿Le pesa la edad?
Claro. Envejecer es terrible. Hay que luchar contra ello. Y recordar que
hay alguien por ahí que lo que busca es sexualidad sin importar los años.
Tuve una columna en una revista de Internet y la pregunta principal de los jóvenes
era: ¿Cómo encontrar mujeres maduras? Pero un montón de
ellas no se quieren enterar.