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DiaPorno - Las peores escenas eróticas de la historia del cine
Las peores escenas eróticas de la historia del cine
9 Julio 2008
Repasamos algunos de los más lamentables encuentros sexuales que han
ensuciado el séptimo arte.
Filmar una gran escena de sexo no es tan fácil como parece. Hay que ser
muy buen actor para fingir pasión, amor o éxtasis. Y hay que ser
muy buen director para no convertir lo que debería ser "el polvo
del siglo" en algo ridículo, aburrido, patético y/o involuntariamente
hilarante. Las siguientes escenas eróticas pueden herir la sensibilidad
del espectador. Pero no por su dureza o explicitud, sino por su estrepitoso
fracaso a la hora de animar la entrepierna del respetable.
EL ESPECIALISTA (Luis Llosa, 1994) Por más que sus apellidos rimen, la
escasa química entre Sharon Stone y Silvester Stallone sólo pudo
dar como resultado una de las escenas de sexo más tediosas, horteras
y acartonadas de la historia del cine comercial. La cosa empieza en un lugar
tan poco propicio para estos menesteres como un funeral, donde Stone y Stallone
tiene su primer escarceo: él esta muy serio y ella aparece con su traje
de viuda negra; él la sigue entre bancos y confesionarios hasta un pasillo
y ahí mismo, sin mediar palabra, se arrodilla, la cachea y le quita una
pistola del liguero. Luego se van los dos a un hotel, se desnudan y se meten
en faena sexual aunque, por las caras que ponen, cualquiera diría que
siguen en el entierro. La forma enla que se desnudan, el rancio decorado, el
topicazo saxo de fondo y el hecho de que Sly copule con los pantalones puestos,
hace el resto. Cero en morbo.
MARIA ANTONIETA (Sofia Coppola, 2006)
Sí,
la tercera película de la hija de Francis inspiró muchos editoriales
de moda en revistas como Vogue o Elle, pero también recolectó
malas críticas y abucheos en festivales. Sin embargo, pocos hablaron
de la pésima escena de sexo entre el guaperas Jason Schwartzman y la
bellísima Kirsten Dunst, en la que, además, de no verse nada (apenas
se atisban dos medias, una espalda y cuatros sayos de época) se rompe
por completo el clímax intercalando una escena de una conversación
en una mesa y un plano general de unos segundos con un revolcón en el
campo. Para colmo, la música resulta completamente anacrónica
y asexual.
Porque
ya me dirán qué tiene que ver Adam Ant con Maria Antonieta echando
un kiki.
LADRONES (Jaime Marqués, 2006)
Tal
vez por pura herencia del Destape, el cine español contemporáneo
es riquísimo en escenas sexuales. Y es que es muy socorrido en taquilla,
esto de desnudar actrices: si corre la voz de que sale fulana en pelotas, el
número de espectadores se multiplicará de forma considerable,
independientemente de la calidad del producto.
En
este caso, le tocó desnudarse por exigencias del (ridículo) guión
a la hermosa María Valverde que interpreta aquí una sonrojante
escenita erótico-romántica con el rey del choni chic Juan José
Ballesta. Ambos hacen de ladronzuelos que acaban liados de la manera más
tonta: mucho morreo, ella se quita la camiseta, más lengua, un ombligo,
fuera la camisa de él, dos besitos bajo el cuello, otro ombligo con una
mano Esto no es fácil. Es poco habitual estar desnuda delante
de 40 personas, se justificaba Valverde en un documental. Sólo
cabe añadir: qué grande (y que guarro) es el cine español.
EYES WIDE SHUT (Stanley Kubrik, 1999)
Aestas
alturas resulta evidente que el filme póstumo de Kubrick es, con diferencia,
el más flojo de toda su carrera. Y lo de flojo es un adjetivo
benévolo, que se suele utilizar, más que nada, por respeto a la
impresionante carrera del director de Lolita.
La
escena de la extravagante orgía a la que asiste un alucinado y enmascarado
Tom Cruise es casi lo peor de la película, con ese erotismo ortopédico
y barroco que, lejos de producir morbo o excitación deja al espectador
aún más frío que las sosas fantasías eróticas
del personaje de Nicole Kidman. A pesar de todo, la escena ha sido muy imitada
en películas porno, en discotecas de lujo y en clubes de intercambio
de parejas.
MIAMI VICE (Michael Mann, 2006)
No
es que la versión cinematográfica de la serie Corrupción
en Miami fuera para tirar cohetes, pero la pobre tampoco se merecía una
escena erótica que produce efectos similares a los de un chorro de agua
fría. Porque la escena se desarrolla, efectivamente, en una fea ducha,
donde un greñudo Colin Farrell con cara de susto/preocupación
se amanceba con una gélida, imperturbable Gong Li.
Ambos
parecen estar preguntándose qué demonios hacen ahí, en
la ducha, enrrollándose. La música, que no es digna ni del peor
video de Private, tampoco contribuye a elevar la temperatura de la sala. Hasta
Don Johnson se lo montaba mejor.
EL ÚLTIMO TANGO EN PARÍS (Bernardo Bertolucci, 1973)
No
es cuestión de ponerse a desmitificar: esta película fue muy importante
para la historia del sexo en la gran pantalla por romper innumerables tabúes.
Al César lo que es del César. Pero, seamos serios, la legendaria
escena en la que Marlon Brando sodomiza a la fuerza con mantequilla a Maria
Schneider tenía menos morbo que un berberecho con medias de rejilla.
Eso
sí, mal rollo daba un rato: los dos ahí tirados en el suelo, Brando
ni se quita los pantalones para penetrar y no se le ocurre otra cosa que ponerse
a despotricar contra la institución familiar mientras su amante solloza
de dolor anal. Por lo visto, la idea fue de Brando, que metió con calzador
esta escena que no estaba en el guión original. Maria Schneider, que
entonces tenía 19 años, ha dicho que cuando rodaron la disparatada
escena lloré de verdad. Me sentí humillada y un poco violada.
Gracias a Dios, no tuvimos que repetirla.
CRANK: VENENO EN LA SANGRE (Mark Neveldine y Brian Taylor, 2006)
Absurdo
largometraje en el que Jason Statham interpreta a un asesino a sueldo que ha
sido envenenado por un enemigo con una extraña sustancia que lo matará
si no se mantiene en adrenalínico movimiento.
Con
esta excusa, Jason coge a Amy Smart y la empieza a sobar en plena calle; ella
le pega, él se cae pero insiste y, como un perro en celo desesperado,
se le echa encima arrimándole la cebolleta y, al final, ella cede y ambos
acaban copulando salvajemente entre un corro de perplejos orientales que ríen,
chillan, animan y se abanican. Más cerca de una prueba de Humor amarillo
que de un buen polvo de estrellas, el voltaje sexual de la escena es minúsculo.