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Historia de Nicole parte 6
Grandes Relatos
Capítulo
6º
Bajé la mirada y me dirigí de nuevo a la habitación. Cogí las cadenillas y entré
con paso algo vacilante. Me aproximé a él y le entregué aquel diabólico juguete.
Me cogió de un brazo y me llevó hasta una columna al lado del brasero. Hacía
un calor sofocante, aunque lo que verdaderamente me producía el calor, eran
los nervios y el miedo, sobre todo el ver un brasero, me hacía erizar la piel.
Me ancló las pulseras juntas y elevando mis brazos por encima de mi cabeza me
las ató en la columna.
Cogió un poco de esparadrapo y me lo colocó en los labios, sellando de ese modo
mis posibles gritos.
Luego se hizo cargo de la fusta y acercó la bolita espinosa a mis pezones, jugueteando
con ellos.
Las sensaciones eran de lo mas desagradables. Lo acepté como mejor pude y cerré
mis ojos para no ver las barbaridades que fuera a cometer.
Simplemente, se dedicó a azotarme los pechos y el vientre. Lo hacía de un modo
suave, aunque enérgico. Lo latigazos apenas me causaban trastornos, pero la
bolita al incidir sus púas en las partes mas sensibles de mi piel, me hacían
ver las estrellas. Aún así, procuré no removerme mucho.
Después de asestarme unos 50 latigazos, se apartó ligeramente de mí. Al abrir
los ojos, observé como depositaba la fusta sobre el potro de tormento.
Pude ver, como cogía un cigarrillo y lo encendía con verdadero placer. Dió varias
caladas y se acercó hasta mí, lentamente. Me imaginé que apagaría el cigarro
en alguno de mis pechos, este pensamiento hizo que un escalofrío recorriera
todo mi sudoroso cuerpo.
Pero no sucedió tal cosa, simplemente al terminarlo lo echó al brasero en donde
terminó de consumirse.
Luego, se acercó a mí y mientras me desataba, me dijo :
- Nicole, deseo probar las cadenillas en la parte baja de tu cuerpo, por tanto
elige un lugar que sea apropiado para tal menester.
Recorrí con la mirada toda la sala y no sabiendo que es lo que quería atormentar,
le pregunté :
- Necesito saber, que es lo que desea azotarme.
- ¡Que estúpida eres!. Las nalgas y los muslos, ¡claro!.
- Entonces, ancle mis pulseras en la cadena que cae desde el techo.
- Nicole, menos mal que no eres tonta del todo. No sé que pudo ver mi hermano
en tí, a parte de que es una delicia el someterte. Bien, ve allí.
Me acerqué hasta la cadena y elevé mis brazos. El, solo tuvo que anclar mis
pulseras a la cadena, pero no la tensó. Cogió el látigo de cadenillas y se colocó
a mi espalda.
Y de nuevo comenzó el suplicio. A cada latigazo las cadenillas se apoderaban
de mis nalgas, lo que me obligaba a dar un pequeño respingo. Ya mis lágrimas
habían aflorado en mis ojos y surcaban mi martirizada desnudez.
Me azotó suavemente, pero los infiernos se abrieron ante mí, cuando pasó a la
parte trasera de los muslos.
Cuando lo creyó conveniente, cesó el castigo y me desató.
Me hizo salir de aquel antro, entre jadeos y estremecimientos de dolor.
Me secó las lágrimas y me colocó el vestido. Luego, me rodeó con su brazo y
salimos al exterior. Afuera, seguían los demás. Brigitte al verme sonrió y susurró
algo al oido de Wanddy, que a su vez también soltó unas risitas, mientras me
miraba.
Me ofrecieron un asiento, que acepté y las horas pasaron bastante aprisa, sin
que fuera molestada en momento alguno.
El día había llegado a su cenit y el calor era bastante elevado, cuando una
de las sirvientas anunció la comida.
Comimos en el porche. Se estaba agradablemente fresco, aunque tenía un miedo
espantoso a que terminase la comida, ya que debería volver a aquel antro de
perversión. No sabía, como podría levantarme y apartarme del grupo. Lo dejé
pasar por el momento.
La comida estaba deliciosa y las atenciones eran un prodigio hacia todos los
presentes.
Cuando el postre terminó, nos sirvieron copas de licor, que degustamos con calma.
Wanddy y Brigitte, se excusaron y se alejaron dando un paseo. Los otros varones
se retiraron, poco después. Y por último, René me miró y trás darme unas palmaditas
en la espalda se levantó y se dirigió a la casa, dejándome a solas con el servicio,
que ignoró mi presencia y comenzaron a recoger los restos de la comida.
Entonces, aproveché para levantarme y dirigirme con prudente paso hacia la casa.
Entré y me dirigí hacia la habitación de René.
Me colé dentro sin llamar y me dirigí al cuarto de los tormentos. Al entrar,
comprobé que no estaba. Decidí aguardarle y mientras me dediqué a cotillear
todos y cada uno de los instrumentos de suplicio. La verdad, ahora no sentía
miedo alguno.
De repente, sentí pasos a mi espalda. Giré mi cabeza y le ví. Estaba algo ebrio,
lo que me alertó a que la sesión podía ser peligrosa para mi integridad física.
Se acercó a mí babeante y los ojos enrojecidos por el alcohol. Se me heló la
sangre en las venas cuando una de sus manos se posó sobre mi brazo izquierdo.
Con la otra mano, procedió a bajarme las hombreras, hasta que el vestido resbaló
a lo largo de mi cuerpo, por su propio peso.
Me sentía algo incómoda, pero no dije nada. Permanecí callada y sumisa, mientras
me conducía hasta el centro de la sala.
Me colocó una de sus manazas en mi pecho derecho, apretándolo con saña. Yo reaccioné
muy mal, ya que intenté zafarme y sólo conseguí una cólera desconocida para
mí.
Me agarró con ambas manos y me abofeteó el rostro y los pechos salvajemente.
Luego cogió las cadenillas y comenzó a flagelarme descontroladamente. Me protegí
como pude, con las manos y los brazos. Pero todo fue inútil ante aquella barbarie
que le poseía.
En un momento, caí de rodillas y el siguió con sus latigazos en mi espalda.
Luego, cesó el castigo tan rentino como había comenzado. Pero la cólera que
anunciaban sus ojos, me hacían temer por mi vida.
Me dejó por unos instantes y se acercó a la estantería en donde había todo lo
necesario para amedrentarnos. Cogió unas cadenas con grilletes y me las puso
en los tobillos. Luego me hizo incorporar y me obligó a caminar lo más rápidamente
posible hacia la estantería.
A fín de no caer, iba dando pasitos muy rápidos, ya que la cadena medía algo
menos de 40 cm.
Antes de llegar a la estantería, me engarzó las muñecas en la anilla trasera
del collarín. Proseguí la marcha, muy asustada.
Cuando terminé aquella angustiosa marcha, cogió una soga fina y haciendo dos
lazos, los rodeó por cada uno de mis pechos, apretando los lazos hasta que mis
pechos quedaron aprisionados en la cuerda.
Enseguida me hizo dar media vuelta y me condujo a pasos forzados hasta la cadena
que descendía del techo. Ató las dos cuerdas al extremo de la cadena y fue tensando
el conjunto, hasta que mis pechos hubieron de soportar todo el peso de mi cuerpo.
Me sentía morir de dolor, al tener que soportar aquello y que nunca había padecido.
El dolor era tan increible, que creía que los pechos se me iban a desgarrar.
Me azotó salvajemente con la fusta espinosa los pechos, para después cambiar
sin mas dilacciones al resto de mi cuerpo inerte, con el que empleó las cadenillas.
Sufrí lo indecible en aquella postura. Su sadismo era tal, que me dió verdadero
terror el contemplar sus gestos y palabras soeces.
Cuando creyó conveniente, cesó de azotarme y me descolgó de la cadena. Me quitó
los lazos de mis pechos y a base de manotazos, me hizo caminar hasta el exterior.
Ví como todos nos miraban algo extrañados. El los ignoró a todos y llegamos
hasta las cuadras. Cogió uno de los caballos que estaban preparados y subió
a su montura, tras haberme atado una soga al collarín.
Y comenzó un nuevo calvario para mí. Me hizo caminar por los lugares mas terribles,
entre zarzas y arbustos espinosos, sin nombrar los cardos y piedras, que pisaba
y que me atormentaban sin cesar.
El calor era tan sofocante, que una amplia estela de sudor se contemplaba en
todo el cuerpo. Tenía tantos arañazos y las marcas de las cadenillas, estaban
aún tan tiernas, que me horrorizaba el contemplarme.
Por fín divisé unas casetas. Supuse que era allí a donde me llevaba. Según nos
íbamos acercando, pude ver que se trataba de un campo de trabajos forzados.
El capataz, salió a nuestro encuentro. Y René, trás bajar de su montura, tiró
de la cuerda con fuerza, haciéndome caer de bruces a los pies de ellos. Luego
me asestó varias patadas en el vientre y las nalgas y comentó :
- Te traigo esta zorra, para que os encargueis adecuadamente de ella. Quiero
que sea castigada con rigor. Además debe ser sometida a los mas penosos trabajos.
Pero sobre todo, debe ser tratada peor que la escoria. Volveré dentro de 15
días. Adiós.
Le ví subir a su caballo y se alejó a galope.
Yo seguía tumbada en el suelo, con grandes dolores en todo el cuerpo. Aquel
hombre se inclinó hacia mí y cogiéndome del cabello, me hizo poner en pie. Me
quedé medio doblada, pero no tuve mas opción que seguirle, a la velocidad que
me lo permitían mis ataduras.
Llegamos hasta una de las casetas y llamó a uno de los hombres que había por
allí. Le dijo :
- Esta zorra, debe pagar sus crímenes. Llévala hasta el solar y azótala a conciencia.
Luego, la dejas que se tueste un poco al sol.
Y aquella especie de bárbaro medio desnudo, me condujo a trompicones hasta lo
que llamaban el solar. Se trataba de dos postes, clavados en la tierra, separados
entre sí unos dos metros. No había ni una sombra cerca.
Me quitó los grilletes de los pies y haciéndome separar en exceso las piernas,
ancló otros nuevos en mis tobillos que fueron tensados en cada poste. Luego
desancló mis pulseras y me colocó sendos grilletes en cada muñeca y tensó cada
una a un poste.
Me quedé tan rígida, que no podía hacer movimiento alguno.
Enseguida, le ví como cogía el látigo que llevaba en su costado y lo esgrimió
ante mí, haciéndolo restallar en el aire.
Y a partir de aquel momento, todo tipo de azotes cayó sobre la totalidad de
mi desnudez. Hasta la vagina me fue taladrada, por las mechas del látigo.
Perdí la cuenta de los azotes, pero debieron ser mas de cien, cuando cesó el
castigo.
Sentía la boca seca y mis gritos habían enronquecido mi garganta, hasta tal
punto que ya no era capaz mas que de gemir y jadear. Se fué sin soltarme la
mas leve palabra y allí me quedé sola, ante el abrasador sol.
No se cuanto tiempo llevaría en aquella situación, cuando apareció un hombre
con un cuenco. Creí que me daría de beber, pero sucedió lo peor que podía imaginar.
Sacó una brocha del cuenco impregnada de un líquido bastante apestoso y con
el que impregnó algunas partes de mi cuerpo. Entre ellas, mis pechos y nalgas.
Pero también lanzó contra diversas partes de mi cuerpo salpicaduras. Y sin más
se fué y volví a quedar de nuevo sola.
No oía rumor alguno. Creía que me iba a volver loca de tanta y tan perversa
soledad.
No habrían transcurrido ni 10 minutos, cuando escuché un zumbido trás de mí.
Giré mi cabeza cuanto pude y comprobé que se trataba de un moscardón. Se posó
en mi espalda y fué succionando aquella sustancia, ya seca completamente. Con
sus patas, me producía un cosquilleo tan desagradable, que me puso frenéticamente
histérica.
Y antes de que pudiera asimilar aquella sensación, varios insectos más, se adueñaron
de distintas zonas de mi cuerpo, convirtiendo aquellas actividades en las mas
sádicas caricias.
Recobré, el conocimiento que había perdido, cuando mi mente asimiló los latigazos
que comenzaban a caer sobre las partes mas sensibles. Luego me desataron y me
arrastraron por la tierra hasta una de las casetas.
Abrieron la trampilla de la entrada y me arrojaron al interior. Cuando quedé
a oscuras, pude dejarme vencer de nuevo por el cansancio y me quedé dormida.
No sé cuanto tiempo permanecí dormida. Me despertaron unas voces en la caseta.
Eran fuertes y potentes y parecían de alguien muy enfadado.
De repente, la trampilla se abrió y la luz que entraba por la abertura me dejó
deslumbrada por unos instantes. Ví una figura varonil que parecía mirarme, pero
no estaba segura de que aquello fuera lo que sucediera en realidad.
Alguien lanzó una cuerda con nudo corredizo, rodeando una de mis muñecas. Al
quedar aprisionada, fuí izada sin mas contemplaciones y la luz se apoderó de
toda mi visión.
Cuando, estuve arriba completamente, volví a escuchar la voz que gritaba momentos
antes y que decía :
- Como coja al autor de esta fechoría, le voy a arrancar los cojones. Coged
a esta maldita zorra y zurradla. No me importa si la violais o no, sólo quiero
que sufra lo que se merece.
Entonces me dí cuenta de que el que profería todos aquellos gritos, era el capataz.
Me cogieron varias manos de los brazos y me arrastraron al exterior de la caseta,
en dirección hacia el solar. Sentía dolor al rozar mi piel desnuda sobre el
rugoso suelo. Lo único agradable era la noche. Había refrescado algo, lo cual
agradecía.
Llegué hasta los postes en donde había sido torturada durante el día. Y fuí
de nuevo amarrada, pero esta vez cabeza abajo. Me sentí morir de desesperación
y desasosiego. Todavía mi cuerpo estaba dolorido de los tormentos de la mañana.
Había algo que pude apreciar a la luz de la luna. No se apreciaban marcas aparentes
en mi cuerpo. Lo achaqué al spray que Wanddy me echara en el coche.
En la postura en la que me encontraba me hacía sentir aún mas miserable. La
verdad es que estaba a merced de aquellos sádicos.
Por momentos, mi mente se iba oscureciendo de nuevo. Sentía como las fuerzas
me iban abandonando con pasos gigantescos.
Para colmo de males, los cuatro se mearon en mi cuerpo entre risas y bromas
y se marcharon tan tranquilos.
No sabía que era lo que me iban a hacer, pero por lo que le había oido decir
a René, no me dejarían morir, ya que él había quedado en volver en 15 días.
¡15 días!. No había terminado el primero y ya me sentía con un pie en el otro
barrio.
No sé cuanto tiempo habría pasado, cuando los oí acercarse, haciendo restallar
sus látigos en el aire.
Me puse tensa y una angustia cruel y salvaje se apoderó de mí.
Llegaron por mi espalda y como saludo, recibí un fuerte latigazo en la vagina.
Lancé un profundo aullido de dolor y mi cuerpo se contorsionó en lo que le permitían
sus ataduras.
Y trás este golpe toda la rabia se desató sobre mi cuerpo. Fuí azotada en todas
las partes de mi cuerpo, sin excepción. Y principalmente en los muslos, nalgas
y vagina.
Mis gritos y lamentos, solo consiguieron el que sus azotes fueran mas procaces
y tediosos.
Ya estaba a punto de perder la noción de las cosas, cuando los azotes cesaron.
Fuí desatada, con lo que quedé en el suelo en una extraña postura. Varias patadas
y latigazos, hicieron que me levantara.
Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano, pero lo conseguí. Sentía unos profundos
dolores entre mis piernas, mientras caminaba hacia mi nuevo destino.
A pesar de mi visión nublada, por el dolor y las lágrimas, pude distinguir una
especie de caseron en un estado ruin y miserable. Cuando me hicieron entrar,
pude ver como varias mujeres movían un torno a base de látigo.
Me pusieron en manos de uno de los guardianes, al que indicaron que me tratara
con mucha rudeza y sin miramientos.
Ocupé el lugar de una mujer, que fue liberada y cayó al suelo, cubierta de marcas
violáceas de los látigos.
La obligaron a levantarse a base de nuevos latigazos y fue conducida hasta una
mesa de tormento, en donde de nuevo, fue atada y tensada.
Comencé a caminar al ritmo del látigo. Ni siquiera proferí el mas leve grito,
tan sólo resoplaba a cada azote.
Era una tarea monótona y muy cansada. Además los látigos caían indiscriminadamente
sobre mi cuerpo. Por el momento, seguía con los ojos descubiertos, mientras
el resto de las mujeres llevaban una venda en los mismos.
Después de unos 15 minutos, uno de los guardianes se sentó entre mis manos sobre
la barra a la que estaba sujeta. Mientras me colocaba una venda en los ojos,
profería todo tipo de insultos y amenazas contra mi integridad.
Sentí como se bajaba de la barra y me animaba a caminar y empujar con mayor
fuerza, a la vez que me rozaba con las mechas de su látigo.
Seguí soportando aquel tormento, sin que de mi garganta se escapara grito alguno.
Me sentía muy mal. Necesitaba beber agua con suma urgencia. Y debido a la insolación
de las horas anteriores, me había deshidratado bastante.
Sentía mi cuerpo pesado y mi caminar era errante y sin fuerza. Además aquellos
malditos látigos incidían tanto en mis pechos como en las nalgas.
No se por cuanto tiempo tuve que animarme a proseguir. El negarme, me hubiera
supuesto atroces castigos. Pero, en un momento dado, el torno se paró y pude
al fín descansar unos instantes.
Fuí liberada y conducida hasta una celda próxima. Allí, me quitaron la venda
y me dieron pan y agua. Luego cerraron la puerta y me dejaron a solas con mi
dolor.
Bebí despacio y comí todo el pan, a fín de recuperar las fuerzas perdidas. Luego
me quedé dormida.
Me despertó el ruido de los goznes de la puerta al abrirse. Me asusté un tanto,
pero en breve tomé conciencia de mi situación.
Aparecieron dos hombres en la puerta. Uno de ellos era el capataz, que dijo
:
- Nicole, un nuevo día te espera. Encontrarás todo de lo mas tormentoso, pero
es tu situación. Ahora bajarás con nosotros a desayunar. Después serás aseada
y mas tarde se te llevará a los campos de trabajo. He preparado una nueva actividad
para tí.
Les seguí en silencio y llegamos hasta un pequeño salón. Me sirvieron un caldo,
agua y pan.
Lo acepté de buen grado y comí con cierta prudencia. Cuando terminé, un gesto
del capataz, me hizo levantarme y seguirle hasta el aseo.
Una vez en el lugar indicado, varias mujeres me lavaron con estropajos y jabón,
con el agua fría. Cuando quedé enjuagada, la voz del capataz, me anunció que
me secaría por el camino.
Salimos al exterior. Hacía un día excesivamente cálido. Y en breves instantes,
sentí la reacción en mi cuerpo.
Caminamos cerca de 500 metros y llegamos hasta un techado sujeto por cuatro
postes. Había un par de hombres y tres mujeres, tan desnudas como yo.
El trabajo consistía en amasar con los pies un barro mezclado con agua y un
polvo desconocido para mí, para la fabricación de ladrillos. Una de las mujeres
se encargaba de ir distribuyendo el polvo y el agua, por el barro. Las otras
dos, se encargaban de recoger la mezcla y echarla sobre los moldes, dejándolos
secar al sol.
Como mis manos, no tenían que ser usadas para menester alguno, me fueron ancladas
en la anilla trasera del collarín, de esa forma los látigos me llegaban con
toda limpieza a las partes que ellos dispusieran.
Pude sentir la perfidia y el amargor del tormento en cada una de las horas en
las que estuve expuesta a semejantes menesteres.
Y así, pasaron un día y otro, hasta que apareció de nuevo René.
Supuse que había permanecido 15 días entre aquellos odiosos seres. Mas tarde
supe que tan sólo había estado 6 días, que a mí me parecieron una eternidad.
Para el camino de regreso, fuí atada en aspa a dos troncos cruzados. Y de esta
forma tuve que soportar el sinuoso camino y el sol que mordía con fiereza mis
carnes expuestas.
Cuando ya se divisaba la mansión, fui desatada y obligada a caminar, acompañada
de dos odiosos varones que no dejaban de mortificar mi cuerpo a base de latigazos.
Pude apreciar los rostros, ya conocidos por mí, de Wanddy, Brigitte y alguno
más, que en ese momento no recordaba el nombre.
En pocas palabras, estaba en casa.
Me condujeron hasta un sótano y me echaron sobre un lecho de paja. Cuando mi
cuerpo tocó aquel mullido colchón, toda mi fuerza se desvaneció y perdí la consciencia.
Dormí durante casi un día. Y al despertar, observé los cuidados que me habían
dedicado.
No entendía lo que sucedía. Poco a poco, fuí capaz de aceptar la idea de que
realmente estaba casada con Armand y que debía estar preparada para él.
Cuando salí al exterior, pude apreciar la simpatía de todos, incluida la de
René. Me adulaba constantemente, como si no me hubiera hecho mal en su vida.
Me sentía rara y forzada. He de decir, que vestía unas ropas bastante apetecibles,
aunque seguía portando las pulseras y el collarín.
Y así transcurrieron 2 días. Al atardecer, un gran escándalo me anunció que
Armand estaba de vuelta en casa. Ya estaba convencida de que era mi esposo.
Pero seguía sin saber cómo comportarme.
Cuando le ví ante mí, corrí hacia él y le abracé, besándole dulcemente en los
labios. Fuí correspondida y trás breves instantes, suavemente separada. Me pude
dar cuenta de que todos nos miraban expectantes.
Me ruboricé ligeramente, pero al parecer nadie le dió la mas mínima importancia
y en pocos segundos, la algarabía volvió a reinar en aquella casa.
Realmente, no sabía como comportarme. Me decidí por seguir sus indicaciones,
pero antes, me atreví a preguntar :
- Querido, ¿deseas tomar alguna bebida o algo de comer?.
Un asentimiento, junto a una sonrisa me hicieron feliz y corrí presta a preparar
la bebida mejor servida.
En menos de 2 minutos estaba de nuevo ante él con un vaso entra las manos.
Le observé en silencio. Me sentía gratificada por su presencia. Los demás hablaban
y le preguntaban muchas cosas, para mí, sin sentido.
Y entonces, comenzó a sacar regalos para todos. El mío lo dejó para el final.
Se trataba de varios vestidos y tres juegos de lencería erótica.
Cuando Armand, me pidió que me los probara, un fuerte rubor se apoderó de mi
rostro y ahora sí, pude apreciar las miradas de todos puestas en mí. A una indicación
de Armand, me levanté y pasé a un cuarto contiguo para cambiarme.
Me sentía nerviosa de aparecer con semejantes atuendos ante ellos y éso, a pesar
de haber estado desnuda ante todos. Pero ésto, era algo distinto.
Puse todos los juegos de lencería sobre un sofá. Eran minúsculos y lascivos.
Me decidí por el mas decente y me lo coloqué. Era de raso negro y se componía
de un micro tanga y un sujetador minúsculo que tan sólo cubría mis pezones.
También tenía un portaligas de dimensiones ínfimas.
Me decidí de una vez por todas y salí al salón. Todos exclamaron de asombro
y excitación. Particularmente, me encontraba de lo mas provocativa. Pude ver
la expresión de Armand y a una indicación suya me acerqué ante él.
Al girar sobre mi misma, la mano de Armand me detuvo y entonces me preguntó
:
- Nicole. ¿Qué significan esas iniciales en tu piel?.
- Me las puso ella.
Armand montó una bronca tremenda a Wanddy y la despidió de la reunión con cajas
destempladas. En cuanto a mí, le ví como su sonrisa había desaparecido y me
trataba de un modo algo grotesco, tan sólo se limitó a decirme :
- Ve y quítate esta ropa. Vístete y vuelve aquí. Me habeis defraudado completamente.
Me dirigí al cuarto y me quité aquellas cosas y me vestí con la ropa inicial.
Recogí todo en sus cajas y las dejé bien colocadas en un sofá. Luego salí y
me acerqué hasta Armand.
Permanecí en pie a su lado sin decir palabra. Poco a poco, la expresión de alegría
fue volviendo a su rostro y antes de 15 minutos, todo parecía como antes.
Yo parecía ser la única excepción, no me había vuelto a dirigir la palabra en
todo el tiempo. Cuando dió por terminada la conversación, se levantó y cogiéndome
de una mano me hizo seguirle.
Subimos las escaleras y entramos en su habitación. Entonces me dijo :
- Desnúdate y ponte la lencería roja que te he regalado.
- La he dejado abajo.
- Así es como agradeces mis regalos. A la primera de cambio los dejas tirado
en cualquier lado. ¡Baja rápidamente y cógelo!. Como se te ocurra tardar te
vas a enterar.
Salí corriendo a toda prisa y bajé hasta el salón. Entré en el cuarto y me encontré
cara a cara con Wanddy. La pedí excusas y me dirigí hasta el sofá. Las cajas
ya no estaban. La pregunté en donde había colocado las cajas. Se limitó a decir
:
- ¡Búscalas!.
- Pero es que Armand, me está esperando.
- Pues que espere.
- Por favor, Wanddy. No quiero defraudarle ahora.
- No insistas. No te diré donde están y además, sal de mi cuarto ahora mismo.
No tuve mas remedio que salir del cuarto. Me dirigí a toda prisa escaleras arriba
y entré en la habitación. Al verle, solo pude decir :
- No las encuentro. Wanddy, ha debido de guardarlas en algún sitio y no quiere
decirme donde.
- Empezamos bien la fiesta. Vuelve a buscarlas y no regreses sin ellas, me da
lo mismo lo que tengas que hacer, pero te diré que por cada minuto que tardes,
deberás apuntarte un castigo de 10 latigazos.
Me dejaron muy preocupada sus palabras, pero salí de nuevo de la habitación
y bajé hasta el cuarto de Wanddy. Llamé a la puerta y su sonrisa maléfica apareció
frente a mí.
- Por favor, Wanddy. Necesito mis regalos. Haré lo que me pidas, pero ahora
dime donde están.
- Esta bien, por esta vez te concederé tu deseo, pero antes necesito un baño
y quiero que me lo des tú.
Haciendo un cálculo rápido, supuse que sería castigada con no menos de 300 latigazos.
Pero no me quedó mas opción que aceptar la propuesta.
Entramos al baño y me desnudé, a fín de no mojar el vestido.
Tuve la suerte de que la bañera ya estuviera llena de agua. Cuando ella se introdujo
ayudándose de una de mis manos, la dejé sentada y comencé a acariciar su espalda
con mimo. Tuve que lavarla, lenta y suavemente todas y cada una de las partes
de su cuerpo, incluida su vagina y ano. Cuando por fín estuvo lista, la ayudé
a levantarse y la sequé con esmero. Luego la dí la bata y trás secarme un poco
la acompañé hasta la cama.
Entonces ella, me indicó con su dedo la parte alta del armario. Allí estaban
las cajas. Me acerqué las cogí y trás ponerme el vestido, salí disparada de
la habitación. Subí las escaleras lo mas rápido que pude y entré en la habitación
sin llamar.
Armand, al verme dijo :
- Nicole, has tardado mas de lo que esperaba, pero me alegro de que estés aquí.
Ahora ponte el regalo elegido y sal a la terraza, te espero.
Abrí las cajas y encontré el mencionado conjunto rojo. Era la mas lasciva e
insultante prenda que se pudiera imaginar. La tela era muy suave por fuera,
pero basta y espinosa por dentro. El sujetador era de muy reducidas dimensiones
y además un agujero en el centro contorneaba cada pezón y una pequeña porción
de seno. La braguita se componía de un cordón lleno de nudos del mismo material
que el sujetador.
Cuando me lo coloqué me sentí sucia y desesperadamente molesta.
No lo pensé más y salí a la terraza. Me quedé rígida al comprobar que había
un hombre junto a Armand.
El hombre me daba la espalda, pero Armand me hizo un gesto de que avanzara.
Avancé tímidamente hacia ellos. Cuando ya estaba a sólo un par de metros de
ellos, el hombre se giró y me encontré cara a cara con él.
Me sentí horrorizada de la vergüenza que Armand me hacía pasar. Me presentó
como su esposa y ésto terminó por aniquilarme moralmente.
El hombre sonrió maliciosamente y comentó :
- Una estupenda hembra, Armand. ¿Puedo mirarla un poco mas detenidamente?.
- ¡Por supuesto, querido amigo!. Considérese en su casa.
De esta manera tan simple, fuí taladrada por la mirada de aquel individuo, que
no se amilanó ni un ápice y hasta llegó a tocar partes sensibles de mi cuerpo.
Mientras me contemplaba, haciéndome girar sobre mí misma, Armand dijo :
- Querida, prepáranos algo de beber. Tenemos que seguir discutiendo unos proyectos.
Me dediqué a preparar unas bebidas y algún aperitivo en una mesita que había
allí mismo, frente a ellos. De reojo pude apreciar que no quitaba la mirada
de mí.
Les serví la bebida y los aperitivos y me mantuve en pie junto a ellos. Armand
mientras hablaba colocó una de sus manos en torno a mi muslo izquierdo y comenzó
a acariciarme sin ningún rubor.
Luego, colocó su mano entre mis muslos y la fue subiendo hasta llegar al vello
púbico. Me acarició lenta y pausadamente, mientras una gran tensión se apoderaba
de todo mi ser.
De repente, separó la mano y un gran alivio me invadió, pero no duró lo que
esperaba. Armand, dijo :
- Cariño, quítate la braguita. Este amigo, precisa el hacerte unas mediciones.
Le obedecí ciegamente y cuando me la quité, sentí como si estuviera mas vestida.
El hombre, abrió un maletín que tenía junto a sí. Estaba lleno de artefactos,
que similaban falos.
Me obligó a doblarme por la cintura y apoyar mis manos sobre los brazos del
sofá de Armand, luego me hizo entreabrir las piernas y de esa forma mis nalgas
quedaron expuestas ante su cara.
Por entre mis muslos le ví hurgar en la maleta y coger un falo de tamaño medio.
Sin decir palabra, me lo colocó entre las nalgas y lo empujó con violencia contra
mí. El falo se hundió en el ano y acto seguido comenzó a producirle un movimiento
hacia adelante y atrás con vigorosa energía, hasta que un timbre sonó.
Entonces lo sacó con la misma violencia, lo que me produjo una desagradable
sensación.
Armand, me hizo poner al revés, es decir ahora mostrándole toda la parte anterior
de mi cuerpo y por supuesto la vagina.
Le ví como introducía el mismo falo en la vagina. La violencia parecía ser una
característica común en aquel ser. Me produjo verdadero dolor, pero no se inmutó
y procedió a meterlo y sacarlo hasta que el timbre sonó de nuevo. Entonces,
los extrajo con enorme violencia, provocando el que un grito ahogado se escapara
de mi garganta.
Cuando por fín, me hicieron poner en pie, el hombre dijo :
- Armand, tengo ya las medidas. Las he acortado en 2 cm. a fín de que no oprima
demasiado. Por otra parte, he de decirte que tu esposa es algo mal educada y
debería tratársela adecuadamente.
- Actúa tú en consecuencia.
- Lo debería hacer, pero no tengo tiempo. He de visitar a otros clientes. Te
llamaré mañana. Adiós.
A mí tan sólo, me dió un ligero pellizco en uno de los pezones y le ví como
desaparecía. Cuando el hombre desapareció, Armand se encaró conmigo y me amonestó
severamente, por mi mal comportamiento.
A una indicación suya, me volví a colocar la braguita y me senté a su lado,
mientras leía algunos papeles. Entonces, me preguntó :
- ¿Te han gustado mis regalos?.
- Sólo los vestidos, mi Señor. Me siento como una cualquiera con este atuendo.
- Me alegro de tu sinceridad. Pero te los he regalado y te los pondrás todas
las veces que me apetezca, porque deseo que te sientas siempre como lo que eres.
Una perdida. Ahora, ve a por un látigo y vuelve aquí para que te azote adecuadamente.
Me levanté despacio y me adentré en la habitación. Busqué un látigo con el que
me hiciera pagar mis atenciones. Descubrí uno enrollado sobre la cama. Lo cogí
y sin pararme a pensar en sus posibles efectos, salí de nuevo a la terraza,
dispuesta a sufrir ante él y por él.
Me acerqué a él y se lo entregué. Se puso en pie y me condujo hasta la barandilla.
Había un arbol de tronco recio con una rama lateral a una altura de unos 3 metros.
De la rama colgaba una cadena, a la que enganchó mis pulseras, para después
tensar todo el conjunto.
Quedé apoyada tan sólo con los dedos de los pies. Enseguida me quitó aquellos
ropajes y los llevó junto a su silla.
Se sentó en otra cercana a mí. Y así mientras saboreaba su bebida, se quedó
contemplando mi indefensa desnudez.
Ya estaba comenzando a caer la tarde. Sentía un frescor en toda mi desnudez
que agradecía, aunque sabía que eso duraría poco.
Armand, parecía disfrutar teniéndome desnuda y atada en aquel lugar. La verdad
es que todo el que pasara por delante de la casa podía contemplarme. Pero éso,
me daba igual, aunque seguía turbándome en público.
De repente, un silbido anunció el trallazo. Me quedé congestionada por el dolor,
pero no solté grito alguno. Mantuve la respiración en lo que me permitían mis
ataduras y fuí soportando como pude el tormento.
El látigo mordía mi piel con una rabia inusitada. Todo mi cuerpo temblaba de
dolor cuando sonó el teléfono. De esta manera pude descansar de los terribles
latigazos.
Le oí conversar. No sabía de quien se trataría, pero por las cosas que comentaba,
me imaginé que se trataba de aquel malvado hombre que había estado momentos
antes.
Cuando colgó, se colocó frente a mí y recogiendo el látigo me asestó un par
de latigazos en cada pezón, con el extremo del mismo, mientras me decía:
- Nicole, estás de suerte. Tenemos que parar el castigo para ir a ver a tu nuevo
modisto. Le has gustado tanto, que pretende hacerte entrar en calor personalmente
ante sus invitados, pero antes pasaremos por su almacén, tiene unos modelos
ya construidos.
Cuando me desató, le pregunté :
- ¿Que ropa crees que debo ponerme?.
- No creo que sea necesario el que te vistas, pero ya que mis regalos no te
han gustado, ponte la lencería roja y sígueme.
Bajé la cabeza y recogí aquellas malditas prendas. Me las puse con toda la desgana
del mundo. Y le seguí en silencio.
Un coche nos aguardaba en el exterior. Pude observar la cara que ponía el chófer
al verme, pero no dijo palabra alguna.
El coche salió zumbando. Trás media hora de viaje llegó hasta unas instalaciones
inmensas. El coche franqueó la puerta principal y se dirigió hacia unas naves
al otro extremo.
Cuando el coche se detuvo, pude ver a aquel hombre. Me producía mas terror que
durante la tarde.
Saludó efusivamente a Armand y a mí me dirigió una sonrisa, a la vez que me
atizaba un fuerte manotazo en las nalgas, que resonó en toda la estancia, a
dúo con su asquerosa carcajada.
El suelo de la nave era de mármol blanco. Estaba tan frío, que sentía como ascendía
éste por mis pies.
Por fín llegamos hasta una especie de puertas. En el centro de las mismas, había
2 protuberancias extrañas. Y en variados lugares, terminaciones similares a
argollas. Entonces, aquel hombre me dijo :
- Nicole, desnúdate y deja la ropa en este lugar, ahora no vas a necesitarla.
Tenemos que probarte nuevos atuendos.
Me hizo caminar a empujones, hasta una puerta con los artilugios ya mencionados.
Había una banqueta junto a la puerta. Me obligó a subirme en ella y colocarme
de espaldas a la puerta. Me obligó a obedecerle y al hacerlo, sentí aquellas
protuberancias como me rozaban el ano y la vagina. Ya no me quedó duda alguna,
de que estaban destinadas para penetrarme, pero un angustioso espanto me invadió.
El hombre empujó mi cuerpo hacia abajo, hasta que aquellos falos me poseyeron
a fondo. Luego me hizo colocar los codos sobre la puerta, anclando mis antebrazos
en sendas argollas.
Sin mediar mas sonidos que mis exclamaciones de espanto y dolor, retiró la banqueta
y me ví colgada sobre los falos, que se introdujeron con mayor profundidad en
mis partes íntimas. Y por último ancló mis tobillos en una argolla doble y unió
mis pulseras.
Era espantosa aquella postura. Además era de lo mas humillante, ya que quedaba
con mi cuerpo hacia adelante, pero incapaz de realizar movimiento alguno.
Varios focos me iluminaron y entonces escuché los aplausos de Armand.
Se sentaron frente a mí disfrutando con mi sufrimiento. Y aquel hombre se limitó
a contar, todas las posibilidades que tenía aquel sistema. Oí como Armand, le
pedía una instalación completa para su casa.
Trás varios minutos de charla, se fueron dejándome a solas en la mas completa
oscuridad.
Sentía frío, pero sobre todo miedo y soledad.
No se cuanto tiempo permanecí aislada de ellos, pero cuando las primeras voces
se oyeron, me sentía cansada y muy angustiada.
Pero se trataba de los trabajadores de aquella nave. Se mofaron de mí, me insultaron
y hasta me pegaron, dentro de la impunidad que les permitía el aislamiento.
Y se pusieron a trabajar como si yo no existiera. Y así permanecí hasta que
el dueño de todo aquello apareció.
Se limitó a desenganchar las argollas de mis tobillos y acercar una banqueta.
A una indicación suya presioné mis pies contra la banqueta y logré que salieran
aquellos falos de mi interior. Luego, terminó de desatarme y me hizo bajar.
Las piernas se me doblaron y caí al suelo. Sus manos me recogieron y me obligaron
a incorporarme. Luego, me dijo :
- Querida, has de saber que estabas maravillosa. Ahora, nos tocan unas horas
de diversión, pero antes iremos a buscar esas ropas que tanto te agradan.
Caminé, dando traspiés hasta donde había dejado aquella porquería de atuendo.
Me lo puse a una indicación suya y me dejé llevar hasta donde él quisiera llevarme.
No me dió explicación alguna de su conducta o de mi destino. La verdad es, que
tampoco me importaba. Sabía que lo iba a pasar mal y era seguro que sería humillada
totalmente.
Llegamos por un pasillo interior, hasta la gran casa. Pude escuchar entonces
una música melódica y dulce. Y de pronto una luz cegadora me deslumbró, a la
vez que varias voces exclamaron de admiración.
No ví a Armand y sólo escuché de él, que me presentaba como una amiguita.
Un corro se había formado en torno a mí. Había hombres y mujeres bien vestidos,
aunque algo bebidos.
Fuí conducida hasta la mesa en donde se estaba sirviendo el segundo plato. Me
dejaron en pie dentro del círculo que formaban las mesas. Me sentía totalmente
angustiada, sin saber que hacer ni donde mirar. Todos parecían atentos a cada
uno de mis movimientos.
Entonces el anfitrión dijo :
- Parece ser que os molestan sus ropas. La verdad son algo indecorosas. Ha llegado
el momento de hacer entrar en cintura a esta promiscua joven. La desnudaré para
vosotros y luego podreis solicitar el que realice la fantasía que prefirais,
o bien, elegís la zona de su cuerpo que os gustaría fuera maltratada. Ahora
seguid con los postres.
Se plantó ante mí como por arte de magia. Me desnudó completamente y cogiendo
un látigo que le ofrecía uno de los sirvientes, me conminó a que atendiera las
peticiones de sus invitados.
Una de sus invitadas gritó :
- ¡Que salte!
A un gesto del anfitrión, comencé a dar saltos cortos, pero lo suficientemente
insinuantes como para que mis dos senos botaran de una forma algo agresiva.
Al poco, otro anunció, que mientras saltaba me pellizcara los pezones con los
dedos.
Obedecí ciegamente y de ese modo pude oir las risas, y hasta carcajadas, de
todos los presentes.
Tuve que realizar varias versiones con mis pechos, sin dejar de dar saltos.
Me sentía desesperadamente angustiada. Sabía que en breve sería atormentada
con todos los rigores, pero aquello era una humillación excesiva y no menos
fatigosa para mi ser.
Trás unos minutos de aquella parodia, me pareció que se aproximaba mi fín. Una
de las invitadas, pidió el que fuera contemplada como si fuera el postre, para
lo cual debería estar rellena de pastel en todas mis cavidades y otras zonas
de mi cuerpo. Y en la boca debía mantener una manzana, cual si de un cerdito
se tratara.
Una mesa fue introducida en el círculo. Me obligaron a tumbarme bocarriba y
colocar mis brazos y piernas en aspa.
Todas las mujeres me rodearon con aparatos de repostería en las manos. Lo primero
que hicieron, fue el anudar mis pezones con cuerdas, que apretaron hasta que
la aureola creció. Luego, dejaron una vela en medio y tensaron todo el conjunto.
Sentí tanto dolor, que creía que se me iban a seccionar los pechos, pero no
fue así. Entonces me ataron a las esquinas de la mesa y comenzaron por cubrirme
de crema todo el cuerpo. En mi boca, colocaron una manzana que debía mantener,
pasara lo que pasara. Mi vagina la llenaron completamente de merengue, mediante
una manga de respostería.
Tan sólo me dejaron descubiertos los ojos y los orificios nasales. Pude ver
como encendían la vela que portaba mis pechos.
Y se dedicaron sin más, a degustar aquel postre servido sobre mi desnudez.
La verdad es que no me importó demasiado aquella mascarada, aunque me disgustó
enormemente cómo introducían sus cucharillas en mi vagina, a fín de apurar el
dulce que quedaba en mi interior.
Una de las mujeres, anunció :
- Esta jovencita está demasiado pringosa para nuestros fines. Debemos darla
el baño apropiado y después, sería interesante el flagelarla y colocarla en
el trono.
Escuché aplausos y aprobaciones, llenas de risotadas y gracias de mal gusto,
al menos para mí.
Sin más, fuí desatada y obligada a caminar hasta el exterior de la casa. Había
una playa cercana a la casa, a donde fuí conducida a base de manotazos y patadas.
El agua estaba helada, pero para ellos era su juerga y mi sufrimiento les alegraba.
Cuando estuve lo suficientemente limpia para ellos, me condujeron hasta una
gran cruz clavada en la arena. Me conminaron a que me agarrara a dos protuberancias
que salían del tronco.
Ya sabía lo que me esperaba de aquella cruz.
Me indicaron que no me soltara por nada.
Me flagelaron todas las partes traseras de mi cuerpo. No solté aquellos falos
que me sujetarían poco después.
Cuando me tuvieron lo suficientemente marcada, me hicieron dar la vuelta y me
indicaron el que procediera de la misma forma.
Y volvieron a azotarme completamente, esta vez en las partes mas sensibles.
No solté aquellos falos en momento alguno, pero mis gritos no pude contenerlos
y los esparcí por el silencio de la noche.
Estaba a punto de dejarme vencer y soltar aquellos falos, cuando uno de los
varones aproximó una especie de escalera.
Varias manos se dispararon contra mi rostro y otras varias sujetaron mis muñecas,
mientras era obligada a subir peldaño a peldaño, aquella escalera.
Cuando los falos rozaron mis partes íntimas, procedí a que se introdujeran en
mis correspondientes canales y dejé que extendieran mis brazos hasta los anclajes
correspondientes.
Cuando estuve amarrada por las muñecas y ya, con los falos en mi interior, separaron
la escalera de golpe. Caí pesadamente y mis piernas inertes quedaron suspendidas.
A continuación, mis tobillos fueron separados y atados al tronco en la parte
trasera, con lo que mis sensaciones de dolor se incrementaron en mi vagina y
en el ano.
Y así permanecí durante toda la noche. He de decir, que la mayor presión la
soportaban mis brazos ya que sujetaban todo el peso de mi cuerpo.
Ellos se habían ido hacía largo rato, dejándome sola y desamparada en la inmensidad
de la soledad.
Pasé una noche increiblemente angustiosa.
Al amanecer, el anfitrión bajó a la playa y se plantó ante mí. Tan sólo se limitó
a mirarme. Se dió media vuelta y desapareció.
Un poco antes del mediodía, volvió a aparecer. Venía acompañado de un sirviente.
Este traía una escalerilla.
La colocó ante mí y fuí desatada sin más.
Cuando consiguieron que me reanimara, me obligaron a caminar hasta la casa a
base de latigazos.
Al llegar a la explanada, pude ver a dos mujeres encapuchadas, pero que tenían
el resto del cuerpo desnudo. Portaban una fusta y un látigo de nudos. Entre
ellas había dos columnas con cadenillas terminadas en grillete.
Cada una de mis muñecas fue anclada a un grillete y posteriormente tensaron
las cadenillas, hasta que quedé de nuevo a merced de mis verdugos.
La mujer de la fusta se colocó ante mí y la del látigo de nudos a mi espalda.
Y comenzó un nuevo calvario para mí.
Grité, lloré y me contorsioné. Todo fue inútil para mí, excepto el dolor que
me hicieron padecer.
Fuí soltada de aquellos postes y obligada de nuevo caminar.
Entramos en la casa y entonces aquel hombre me dijo :
- Queda algo mas de 3 horas para tu recogida. ¿Prefieres el trono o quizá, unos
tormentos en el potro?.
Sin pensármelo detenidamente, le espeté :
- ¡Es Ud. un maldito hijo de perra!.
Me arrepentí al oir mis propias palabras, pero más cuando le oí decir :
- ¡Eres una maldita zorra y además estúpida!. Serás atormentada con todo rigor
hasta la entrega.
El desconsuelo ya no cabía en mí. Me sentí desesperadamente perdida.
Me condujo hasta el sótano y caminar por una pasarela que daba a varias naves,
en las que estaban siendo atromentadas 3 jovencitas. Una de ellas parecía una
niña.
Debió notar algo en mí, porque inmediatamente de ver a aquella joven, me condujo
por unas escaleras hasta la cámara de tormento de aquella jovencita.
Estaba atada a dos columnas con los brazos y piernas separados. Había 4 hombres
con ella, de los cuales dos, la tenían cogidos los pezones con alicates, mientras
un tercero se los quemaba con los tizones qu recogía del brasero. La joven no
podía chillar, dado que estaba amordazada, pero si podía ver los tormentos que
la inferían. El cuarto hombre, la ultrajaba brutalmente sus partes con un baston
calentado en el brasero.
Unos sudores fríos se apoderaron de mí y un copioso sudor inundó todo mi cuerpo.
Mi acompañante, tan sólo se limitó a enganchar mis pulseras por mi espalda y
decirme :
- Confío en que disfrutes. Luego vas tú. Antes te relataré el mal de esta joven.
Ella, tan sólo desobedeció una orden mía. Y era muy simple. Se trataba de dar
las gracias a uno de mis chicos. Tan sólo la había azotado una veintena de veces
las nalgas. Pero esta estúpida se negó. Y además se atrevió a decirme que era
ruin. ¿Qué te parece?. Es lo menos que puedo hacerla, teniendo en cuenta que
es la hija de mi hermana.
- Señor, con todos mis respetos he de decirle que realmente es Ud. ruin. Una
persona normal no sometería a este escarnio a una joven por el simple hecho
de haberle perdido el respeto.
- Nicole. Parece que te gusta hablar. Y mas de la cuenta. Quedan todavía dos
horas para que Armand vuelva, pero además he de decirte que puedo retenerte
un día entero más. Vas a ser sometida a todo tipo de escarnio. Y va a ser ahora
mismo, pero en otro aposento especialmente preparado para tí. ¡Sígueme!.
Le seguí en silencio y con la cabeza baja. Mis piernas temblaban de un modo
tan obstensible, que creía que sólo conseguirían acrecentar mis penas, si él
se daba cuenta.
Llegamos a una estancia en la que había 4 aparatos de tormento. Látigos. Brasero.
Pinchos. Insectos.
Me arrodillé ante él y le pedí a voz en grito que me disculpara por mis torpezas.
No esperaba aquello y me dejó algo perpleja, pero sucedió que no fuí sometida
a ninguno de los escarnios. Simplemente me perdonó, diciéndome :
- Nicole, has sabido reaccionar a tiempo. Ahora subiremmos a mi habitación.
Te daré 200 latigazos y podrás volver con tu esposo. Pero antes, me tienes que
jurar, que exigirás a Armand el que te ceda a mí por motivos profesionales.
Cuanto antes lo consigas mejor para tí. Tengo tormentos que quiero experimentar
contigo. ¡Júramelo!.
- Señor.....¿Podría saber que tipo de tormentos serían a los que me expongo?.