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Historia de Nicole parte 5 Grandes Relatos

 

Capítulo



Fue ella, quien seleccionó el espino y lo fué depositando sobre mis brazos,
que de vez en cuando, me los rozaba por los pechos a fín de que sintiera sus
mordientes y lacerantes efectos.


Cuando estuve cargada con lo convenido, me obligó a cerrar los brazos en torno
a mis pechos, a fín de que el espino se clavara en mis tiernas carnes.


Luego a golpe de látigo, me obligó a colocarlos sobre la banqueta. Cuando terminé
de colocarlos, una flojera en las piernas me anunció el terrible pavor que me
invadía.


Me cogió del pelo y me obligó a acostarme bocarriba sobre aquel lecho silvestre.
Lancé varios alaridos y mi cuerpo se contorsionó al sentir las púas traspasar
mi piel. A ella pareció complacerla mi dolor. Se limitó a atarme las manos juntas
extendidas sobre mi cabeza y las ancló en un argolla que había en el suelo.
Luego, se situó a mis pies y me separó las piernas, a la vez que me ponía un
grillete en el tobillo derecho. Repitió la misma operación con el otro y comenzó
a elevar todo el conjunto.


A la vez que mis piernas ascendían, se iban separando. De tal forma, que cuando
me vió a su gusto, tenía las piernas excesivamente separadas y tensas.


El espino ya se había apoderado plenamente de mi desnudez y me producía unas
muy angustiosas sensaciones.


Entonces se acercó a la cama y trás besar a Armand, cogió un cigarrillo y lo
encendió. Luego, se aproximó hasta mi palpitante cuerpo y palpó con sus manos
mis pechos, costados y sobre todo la vagina.


De vez en cuando soltaba la ceniza del cigarro sobre mí. Y otras dejaba la punta
viva, trás quitar la ceniza sobrante restregando sobre mis pechos o costados.
Estas sensaciones eran escalofriantes, pues algunas veces me llegaban a quemar.


Cuando dió por finalizado el cigarrillo, lo acercó hasta mis pechos y lo apagó
restregándolo entre ambos. Solté tal alarido, que se quedó algo perpleja durante
unos segundos, pero enseguida sonrió y recogió el látigo del suelo.


Colocó sus piernas a ambos lados de mi cabeza y se preparó para la descarga.
A pesar de tener los ojos inundados en lágrimas, pude apreciar su vagina. Estaba
muy bien formada y resultaba altamente apetecible.


Tuve que concentrarme en pensamientos lascivos, para poder soportar los latigazos
que ya comenzaban a surcar mis muslos.


Pero llegó un momento en el que no pude más y mis gritos se elevaron atronadores
en la estancia. Y en pocos segundos, las mordeduras del látigo se apoderaron
de mis partes íntimas.


Trás numerosos azotes en la vagina, me desvanecí.


Al despertar, sentí unos fuertes dolores en cada una de las partes de mi cuerpo.
Estaba sola en aquella habitación, pero seguía atada de la misma manera, por
lo que mi estado de ánimo era de lo mas miserable.


De repente, la puerta se abrió y entró una doncella. Se quedó mirándome un rato.
Luego, se desentendió de mí y arregló un poco toda la habitación.


Cuando terminó se acercó de nuevo a mí y se agachó a mis lados. Hurgó un poco
en el espino, hasta que me removí de dolor al clavarme algunas púas en el costado.
La ví sonreir y luego se levantó y salió de la habitación sin más.


Volví a quedar sola y desangelada. Una brutal angustia me devoraba. Cerré los
ojos para evitar encontrarme con mi situación, pero grandes fantasmas acudían
en la oscuridad.


La puerta volvió a abrirse. Eran varias doncellas las que acompañaban a la que
había estado momentos antes. Se acercaron a contemplar mis sufrimientos. Por
sus comentarios pude enterarme de que Armand y su compañera, habían salido para
todo el día.


Una de ellas, indicó con su dedo, la quemadura del cigarro que tenía entre los
pechos. Todas acercaron sus caras y apoyaron sus manos sobre diversas partes
de mi cuerpo, con lo que el espino se removió y volví a padecer aquel tormento,
mientras ellas se reían maliciosamente de mí.


Era asqueroso, que aquellas miserables, pudieran encontrar placer con una pobre
víctima como yo.


De repente, se oyó un sonido en el exterior y todas ellas salieron disparadas
de la habitación.


No sabía que es lo que pasaba, pero a los pocos minutos, apareció Armand por
la puerta y se plantó ante mí.


Me desató totalmente y me arrastró por el suelo hasta el aseo. Allí me ordenó
el que me lavara y me presentara en el cobertizo, llevando mi látigo amarillo.


Tuve que hacer verdaderos esfuerzos para incorporarme. Lo primero que hice fue
el quitarme las espinas de mi cuerpo, que estaba totalmente surcado de marcas
del látigo.


Luego me bañé y agradecí el agua confortadora. Salí enseguida y me sequé. Cuando
estuve preparada, busqué el látigo por la habitación y salí al exterior.


Pude ver a Armand a pocos metros del cobertizo. No veía a mi atormentadora por
sitio alguno. Deseé que se hubiera marchado.


Me acerqué con paso rápido y me planté ante mi Amo. Me miró con una sonrisa
irónica y luego cogiéndome del brazo me condujo hasta el interior.


Pude ver a los amigos de Armand. Sus esclavas no les acompañaban en esta ocasión,
o al menos no estaban en aquella habitación.


En el centro había instalada una enorme mesa de juego, a juzgar por el tapete.


Fué René, quien primero se acercó a mí y dijo :


- Veo Nicole, que no te pierdes un momento para satisfacer tus necesidades.
Me alegro por tí. Espero, que estarás dispuesta a acompañarnos. Tenemos una
partida importante y tu eres el complemento ideal, para armonizar la velada.
Observo, que estás bastante marcada. Nos gusta así, pero preferimos las marcas
recientes. Por tanto, te haremos desaparecer las viejas y te proporcionaremos
otras nuevas, siempre y cuando tu estés de acuerdo.


- Me parece una feliz idea, Amo René.


- Ya sabía yo, que serías una buena jovencita. Ahora ve con Gustav, para que
te prepare. Luego comeremos alguna cosa, en la que esperamos nos acompañes y
trás las copas, procederemos a comenzar la partida.


Me fuí con Gustav, que me hizo desaparecer las señales del látigo en menos de
10 minutos. Luego me aseó, secó y peinó. Y nos reunimos con todos los demás.


He de decir, que en aquel momento me sentía bastante bien, por lo que decidí
tomar de nuevo las riendas de mi anterior situación. Sin embargo, no me lancé
de golpe y aguardé el momento oportuno.


Nos instalamos en los sofás, mientras yo desbarataba mi cuerpo entre varios
de ellos. ¡Es más!, me estiré lascivamente ante ellos y procuré que mis zonas
íntimas, quedaran bien al descubierto y ellos las captaran.


Varias caricias me asediaron. Pero sobretodo, conseguí captar un comentario
a mi favor de aquellos seres.


Un par de doncellas de las que había visto minutos antes, mientras estaba indefensa
y atada, entraron en la habitación.


Entonces, me incorporé y me aproximé al oido de Gustav y le dije, que aquellas
dos hembras se habían reido y burlado de mi estado.


Gustav, se separó de mí y levantándose se acercó a las dos jovencitas. Las agarró
de los cabellos y las hizo arrodillarse delante de mí.


Las miré con una sonrisa burlona y me decidí por solicitar un castigo para ellas.
Se lo pedí a Armand, quien me autorizó a que las azotase con mi látigo, las
veces que quisiera y en la zona de sus cuerpos que mas me apeteciera.


Me levanté lentamente y pedí a René y Pierre, que las amarraran bocarriba en
una banqueta, dejándolas las nalgas al aire y las piernas elevadas y separadas.


Cuando las ví en una postura similar a la que yo tenía, me aproximé a aquellas
dos pobres criaturas que lloraban desconsoladamente y coloqué mis muslos separados
a ambos lados de la cabeza de una de ellas.


Levanté el látigo y lo descargué repetidas veces en las caras internas de sus
muslos. Las contemplé desesperarse, agitarse, gritar, llorar y hasta implorar,
ya que asestaba a cada una 5 latigazos antes de cambiar a la otra.


Después de que las azoté la vagina, me separé un poco y las azoté los pechos
y los costados. Luego pedí a Pierre el que las liberara.


Me reuní de nuevo con los hombres, mientras veía los esfuerzos que debían realizar
para no caer con las bebidas y diversos alimentos.


Les fuí preguntando cosas acerca del juego, hasta llegar a enterarme de las
reglas esenciales, los descansos, etc.


Cuando pasamos a las copas, les pregunté mas cosas acerca de como esperaban
utilizarme.


La respuesta vino de René, quien me dijo :


- Nicole, nos hemos acostumbrado a tu compañía. Por tanto, deseamos tenerte
atada sobre la mesa de juego. Sortearemos los puestos y cada uno tendremos un
25% tuyo.


- Me parece genial, ¿cuándo empezamos?


Contemplé, como se habían quedado admirados y hasta algo desconcertados. Fué
Armand, quien dijo :


- Querida Nicole. Cuando empecemos te enterarás, ahora relájate y disfruta con
nuestra compañía.


No me quedó más opción que obedecer. Me quedé sumisa, pero sin que se me notara
excesivamente.


Permanecí callada durante varios minutos. Luego, Gustav, se levantó y se acercó
hasta la ventana y allí permaneció ensimismado largo rato. Entonces, me atreví
a preguntar a Armand:


- Amo, ¿podría ir con el Amo Gustav?.


- Puedes hacerlo, si lo deseas. Pero procura no molestarle.


Me levanté y me acerqué suavemente hasta él. Me quedé a su lado, sin decir una
palabra. A los pocos segundos, puso una de sus manos sobre mi hombro y me atrajo
hacia sí. Me dejé hacer encantada. Le dejé que me toqueteara lo que quiso. A
decir verdad, me estaba empezando a entrar un placer inusitado ante sus caricias,
que no eran precisamente suaves, ya que me retorcía uno de los pezones con bastante
insistencia.


Cuando le ví que se calmaba un poco, me puse frente a él y le conduje sus manos
hasta mis dos pezones. Yo misma apreté sus dedos, para que se diera cuenta.
Al mismo tiempo, le pregunté :


- Amo Gustav, ¿podrías mostrarme en lo que va a consistir mi compañía?


Bajó su mirada, mientras me retorcía ambos pezones con verdadera mala fe. Sentía
tanto dolor, que las lágrimas se me saltaron de los ojos y surcaron a altas
velocidades mi desnudez.


Pero no dijo la más mínima palabra. Entonces, intenté animarle de otra forma.
Le dije :


- Amo Gustav, ¿no os apetecería poseerme?


Le ví como cambiaba su mirada y su cara se alegró un tanto. Acto seguido me
condujo hasta una de las habitaciones y me tiró sobre la cama. Quedé bocabajo
y ya estaba girando sobre mí, cuando un fuerte manotazo me mantuvo en semejante
posición.


Estaba claro que quería sodomizarme. A mí, por otra parte, me encantaba aquella
forma.


Entró en mí con verdadera fuerza, pero ya no sentí malestar, más bien al contrario.
Conseguí tener dos orgasmos consecutivos antes de que él se derramara en mi
interior.


Y ya comenzaba a tranquilizarme, cuando sentí su pene contra mis nalgas. Me
relajé todo lo que pude y conseguí gozar de una forma, en la que no había soñado,
ni siquiera, con Armand. Entró mas lentamente y recibí con agrado aquel regalo
suyo.


Me fué conduciendo, poco a poco, hasla la locura. Llegué a ennardecerme más
todavía que la vez anterior. Sentía como el sudor resbalaba por mi piel, pero
el placer que sentía era de tan grandes proporciones, que me daba igual lo pudiera
pasar con mi cuerpo. Hasta sus manotazos en mis nalgas me parecían lujuriosamente
agradables.


En esta sesión conseguí, tres orgasmos consecutivos, pero mucho mas lentos y
profundos.


Cuando se retiró de mí, quedé como muerta en la cama, mientras su cuerpo quedaba
sobre el mío y me impedía respirar con facilidad, pero no me importaba lo más
mínimo.


Al cabo de unos minutos, comencé a recordar para qué estaba yo allí, pero no
quise hacer comentario alguno. Me sentía excesivamente bien como para romper
aquel universo de placer.


Me extrañó que tardasen tanto tiempo en venir a buscarnos, máxime cuando yo
era parte de la atracción. He de reconocer que sentía curiosidad por vivir aquella
experiencia. Además, mi mente se estaba revelando contra mí, ya que me empezaba
a gustar el que me hicieran diabluras.


Hasta tal punto llegaron mis pensamientos, que deseé, aunque por un instante,
el que mi torturadora apareciera de nuevo y me sometiera a base de azotes y
tormento refinado.


Como Gustav, no daba señales de vida, procedí a escurrirme de él. Sabía que
podía encontrar un terrible castigo, pero en aquellos momentos, casi lo necesitaba.
Cuando conseguí zafarme de su cuerpo, pude contemplarle como dormía plácidamente.


Me dirigí al armario y saqué un edredón y le cubrí hasta la cintura. Luego salí
del cuarto y me puse a investigar.


El salón estaba desierto. Lo crucé y salí al exterior. Agucé mis oidos y los
pude oir hablando. Como pude, me aproximé y miré con suma precaución. Allí estaban
los tres junto a aquella mujer que me había hecho enloquecer de dolor.


Cuando ví que ella se separaba de ellos y se dirigía hacia la casa, me apresuré
a volver y meterme en la cama con Gustav.


Llegué a la habitación corriendo. Abrí sigilosamente la puerta y para mi tranquilidad
pude ver que Gustav roncaba a placer. Estaba de medio lado, por lo que me acurruqué
junto a él, dándole la espalda y dejándolo caer sobre mí.


Quedó en una postura, que podría haber engañado a cualquiera. Me apresté a escuchar
el más leve sonido entre los ronquidos de él.


Conseguí detectar los pasos de ella. Abrir la puerta y acercarse hasta mí. Contuve
la respiración, para expulsarla a continuación como si estuviera dormida profundamente.


Sentí su aliento muy cerca de mi cara, pero no dí señal alguna de espanto. Luego
se alejó y salió del dormitorio.


Al cerrarse la puerta, sentí que Gustav se movía. Resopló y al moverse se encontró
conmigo. Yo fingí que acababa de despertarme. No sabía si sería lo que a él
le hubiera gustado o enervado.


Sucedió de un modo pacífico. Me volvió la cara hacia él y me sonrió. Luego,
me abofeteó los pechos, pero de una forma un tanto juguetona, que asimilé como
pude. Mi sonrisa pícara le animó a seguir haciéndome otras perrerías, en las
que participé de buena gana.


A cada pellizco, yo daba un respingo y me reía abrazándome a él. Me pareció
que le gustaba el juego y seguí jugándolo.


En un momento determinado se revolvió un poco sobre mí y noté como su pene se
paraba ante la puerta de mi vagina. Procuré separar los muslos, a fín de darle
libre acceso. Y lo aprovechó.


Sentí entrar aquella serpiente carnosa y recorrer mis partes mas internas. Me
relajé y comencé un juego peligroso. Me atreví a darle tímidos pellizcos, tanto
en sus pezones, como en sus muslos.


No tardó en responder. Me ví asediada de tal modo que casi no daba crédito a
las sensaciones tan fuertes que me estaban sucediendo en aquellos instantes.


Había conseguido alcanzar el segundo orgasmo, cuando la puerta se abrió y ví
ante mí a aquella mujer. Me quedé paralizada, pero Gustav, me susurró el que
la ignorara. Le obedecí inmediatamente y llegué a la conclusión de que aquello
me producía un punto mas alto de placer. Y conseguí el tercer orgasmo en brevísimo
espacio de tiempo.


Me sentía bastante cansada, pero Gustav aún no había llegado al cénit de su
actuación, por lo que seguía entrando y saliendo de mi conducto vaginal. Yo
seguía jadeando sin cesar, cuando ví que la mujer se acercaba al lado de la
cama en el que tenía mas cuerpo al descubierto. Me cogió una de las piernas
y se puso a martirizármela salvajemente con ayuda de sus uñas.


La ignoré a fín de provocarla más. Y la reacción no se hizo de esperar. Me dejó
la pierna y cogió mi pecho izquierdo, retorciéndomelo sádicamente.


Me encantaba estar acompañada mientras era poseida de aquella salvaje manera.


Llegué al cuarto orgasmo a la vez que Gustav alcanzaba el suyo. Por otra parte,
me sentía enloquecida a la vez por el placer y el dolor.


Cuando Gustav, se separó de mí, aquella mujer se hizo cargo de mi persona y
me sacó de la cama a base de golpes, tanto en mis pechos como en mi vagina.


La seguí el juego gustosa, a pesar de que me produjo muy altos dolores. Me condujo
hasta el salón en donde ya estaban todos los hombres, a excepción de Gustav.


Al bajar la mirada, pude ver mis pechos casi del color de la púrpura, debido
a las perversas acciones de mi nueva Ama.


Hubiera deseado que ella no estuviera durante el desarrollo del juego. Era la
única forma de observar el comportamiento de ellos. Sin embargo, quedaba el
morbo de las sádicas atenciones que pudiera dispensarme.


Cuando Gustav apareció, ví aflorar la sonrisa de todos, incluida la de ella.


Se sentaron a la mesa y decidieron sortear mis partes. Colaboré en todo lo que
pude y algo más que se me ocurrió sobre la marcha. He de decir, que llegué a
intervenir hasta en los menesteres de ella. No sé si me entendía, pero el caso
es que la dí un par de abrazos y varios besos en la boca.


La verdad es que me pasé, pues le faltó tiempo para conminarme a obedecer ciegamente,
cosa que la agradecí en secreto, ya que lo que deseaba en aquellos momentos
era la acción trepidante sobre mi cuerpo.


El sorteo salió y ella se encargó de hacerme tumbar sobre la pequeña banqueta
disimulada en la mesa. Fuí amarrada de pies y manos a las esquinas de la mesa
y tensada a conciencia.


Me encantaba esta situación, máxime cuando ella comenzó a derretir cera sobre
mis pechos, principalmente en los pezones. Sentí unas sensaciones tan extrañas
que exclamé enfebrecida. Y creo que nunca llegaron a saber, si de dolor o de
placer.


La partida comenzó con un gran alborozo de todos los presentes. Tan sólo la
mujer y yo manteníamos el silencio. La verdad es que había que esperar acontecimientos.


Ella fué la que se encargó de servirles las bebidas que iban pidiendo y también
la que de alguna forma apuntaba datos de la partida sobre mi cuerpo.


Cuando la miraba, la veía violenta, al tenerse que adaptar al ritmo de la partida.
En más de una ocasión se había puesto algo histérica y me había lanzado manotazos
y hasta algunos pellizcos malvados a la zona de mi cuerpo que mas cerca la pillara.


La partida fue consumiendo hora trás hora, hasta que llegó un momento en que
mi vejiga estuvo a tope. Entonces le pedí a Armand, el que me facilitara el
camino para poder desaguar.


Le observé como decía algunas palabras a aquella mujer, que sonrió de un modo
demasiado cínico, mientras era desatada.


No tuve opción de decir nada más. Ella se apoderó de mí y con sus inentiligibles
frases me apresté a seguirla.


Me condujo por unas escaleras a una especie de sótano que había en el cobertizo
y entonces, me quedé impresionada al oirla decir :


- ¡Ni se te ocurra mear, puta!. Si lo haces, te coseré la vagina después de
haber rellenado tu vejiga con vinagre y te colgaré por los pies, mientras te
coloco unos altavoces en tu pubis y te azoto con espino.


Me quedé petrificada al escucharla decir aquellas palabras. La verdad es que
me gustaba que me hicieran sufrir, pero aquello parecía ser demasiado cruento
para mí. Pero por otra parte, estaba necesitada de desaguar. Tanta posesión
en mi vagina y ano, me habían hecho saturar las válvulas y ya casi no podía
contenerme.


No sabía como actuar, pero una gran tensión se había apoderado de mis válvulas
de escape. Y entonces fué cuando me decidí. La ví tan indefensa, que me decidí
a actuar, aún a sabiendas de lo que me esperaba.


Cuando en un momento, me dió la espalda, salté sobre ella y de un golpe la derribé.
Cayó pesadamente al suelo. Aguardé un rato y subí las escaleras.


Me asomé por el hueco y pude ver a los cuatro sentados y dialogando tranquilamente.
Bajé de nuevo y preparé todo el escenario.


Tuve la suerte de encontrar una máquina de flagelación. La programé y dejé que
los cueros surcaran mi piel. No aullé ni gemí, aunque sí, se me soltaron algunas
lágrimas.


Cuando me ví conforme, me separé del batido de los cueros y apagué la máquina.
Luego me fuí a orinar sin más.


Al regresar, pude contemplarla en el suelo, todavía innerte.


Preparé todo el escenario. Me amordacé y elevé mis pulseras hasta el gancho
de una cadena. Las introduje y me dejé colgada.


Ahora, sólo cabía esperar. Para mi suerte, la doncella de la mañana bajó a husmear
y encontró el panorama. Ni corta ni perezosa, cogió una fusta del armario y
me azotó con una crueldad sin límites, las partes mas sensibles de mi cuerpo,
hasta hacerme perder el conocimiento.


Al despertar, ví la cara de mi ama frente a mí.


Cuando me quitó la mordaza les conté lo que había pasado, mintiendo vilmente.
Acusé a la doncella y ésta fue buscada por todo el palacio.


Mi ama, me soltó de mis ataduras y ambas subimos con los hombres. Estaban bastante
alterados, por lo que pasé de provocarles. Tan sólo, me dejé caer en el sofá
y gemí aturdida.


La verdad es que había padecido de tal manera a manos de aquella joven, que
me sentía en la necesidad de que fuera atormentada cruelmente.


Cuando compareció ante nosotros, yo ya había contado la historia de tal modo,
que ella sólo sería una más de todo el asunto.


La interrogaron ante mí. Me limité a decir, que en lugar de prestar ayuda a
un ama, se puso a azotarme sin más y luego desapareció, dejándome inconsciente.


La condena fue menor de lo que creía. Y protesté airadamente.


No sé que es lo que pasó por la cabeza de ellos. El caso es que debido a la
situación, me ví condenada a la misma pena que ella. Protesté de nuevo y Armand,
me la duplicó.


Me sentí herida y humillada, tanto que me hundí en el sofá y comencé a llorar,
mientras se llevaban a la joven.


Armand, me descargó el látigo en el costado derecho y con voz tajante me conminó
a que bajara de nuevo al sótano. Allí se realizaría el castigo.


Me levanté sumisa, pero con lágrimas en los ojos y me dirigí al sótano. Entré
y aguardé hasta que alguno de ellos se dignara bajar para castigarme.


Para colmo de males, apareció ella. Se despojó de todas sus ropas y se aproximó
hasta mí. No me dirigió la palabra en momento alguno. Tan sólo se limitó a engarzar
mis pulseras entre dos columnas, tensando el conjunto a continuación.


Cuando me vió anclada a su antojo, me dijo :


- Querida Nicole. La historia que has contado es cierta a medias, ya que de
haber aparecido alguna criada yo me hubiera dado cuenta. Pero aunque no fuera
así, no observé la orina cerca de tí. Acaso, ¿se te pasaron las ganas de repente?.
Creo que nos has engañado muy vilmente. Esto lo guardaré en secreto, pero te
voy a hacer pagar por tus acciones. No te voy a coser la vagina, pero vas a
sentir tantos dolores que vas a desear el no haber nacido.


Se acercó hasta la mesita y cogió mi látigo. Me sentí algo horrorizada, ya que
aquel instrumento producía unas sensaciones muy dolorosas. Se acercó hasta mí
y alzando con lentitud el látigo me lo descargó varias veces sobre los hombros,
pero de una forma suave, casi como un preludio.


Paró un instante y contempló las tímidas señales que el látigo había dejado
sobre mis hombros. La ví como sonreía y colocaba sus dedos en torno a mis pezones,
a los que sometió a un terrible castigo, hasta que solté algunos gemidos de
dolor. Llegado a ese punto, asió de nuevo el látigo y lo descargó con verdadero
arte sobre mis pechos.


El dolor no se hizo esperar y comencé a agitarme y resoplar enfebrecidamente.
Eran unas sensaciones odiosas, las que producía aquel aterrador látigo. Además
las marcas eran profundas y duraderas, salvo si se aplicaba la pomada, pero
aún así resultaban mas lentas de quitar.


De mis pechos pasó a mi vientre, al que trató con una rabia tan brutal, que
creía que iba partirme en dos.


Mi llanto casi apagaba el chasquido de aquel instrumento y mis gritos parecían
ser una morbosa composición musical.


Paró unos instantes y se colocó a mi espalda. Mis nalgas hubieron de soportar
el castigo correspondiente. Me hacía saltar, debido a las inflexiones de dolor
que me causaba en aquella parte de carne tan tierna. Aunque sabía que me haría
enloquecer de dolor, cuando pasara a azotarme los costados o los muslos.


Soportaba el castigo lo mejor que podía, pero no podía dejar de gritar y llorar
desconsoladamente. El dolor era tan inmenso y continuo, que me tenía enervada
constantemente. Me sentía muy cansada y débil.


Cuando terminó de azotarme las nalgas, se plantó ante mí y enjugó mis lágrimas
a la vez que me acariciaba y consolaba. Me decía que debía soportar aquel castigo,
porque de alguna forma me lo había buscado.


Mientras escuchaba aquellas inútiles palabras, mi pensamiento derivó hacia sensaciones
mas placenteras. Pero tuve la mala suerte de que me preguntara algo, que no
supe responder, ya que no la escuchaba.


La entró una rabia indescriptible y arremetió contra mi indefenso cuerpo, con
patadas, manotazos y codazos. Me dejó al borde de la consciencia, pero supo
parar a tiempo y de esa forma pude recobrarme un tanto de aquella brutal paliza.


Esta vez la escuché atentamente. Pero sólo me valió para que me enterara de
lo que pensaba hacerme. Me entraron escalofríos, sólo de imaginarlo.


Agarró el látigo con fuerza y lo descargó frente a mí en los costados. La rabia
de los azotes fue tan inmensa, que creí que trataba de rajarme a base de azotes.


No se que es lo que pasaría, pues me desmayé y perdí toda noción de aquella
monstruosa realidad.


Al despertar, la ví frente a mí. Sonrió y me indicó el que mirara en una dirección.
Pude ver para mi espanto, una gran mesa de tormento cubierta de espino. Al lado
de la mesa había una estufa con hierros calentándose. Desató mis muñecas y me
conminó a caminar a mi nuevo estadio.


Sentí que las piernas se negaban a caminar, pero las mordeduras del látigo en
mis nalgas, me dieron nuevos ánimos para caminar hasta mi nuevo aparato de tormento.


Caminé despacio, siempre seguida por la insidiosa caricia de aquel látigo manejado
por ella. Cuando, por fín, llegué hasta la mesa de tormento me detuve y aguardé
a que ella me indicara que era lo que debía hacer.


Me indicó el que me echara sobre el espino bocabajo. Me entraron unos sudores
fríos sólo de pensarlo.


Pero al final y ante la insistencia de los azotes, no tuve mas remedio que obedecer.
Sentí un estremecimiento tan brutal, que varios alaridos escaparon de mi garganta
a la vez que mi cuerpo se debatía en un estertor desconocido para mí.


Eran tan salvajes, las sensaciones que experimentaba, que ni por un momento
se me pasó por la imaginación que aquel tormento lo podría haber sufrido de
mano de los amos.


Cuando estuve completamente tumbada sobre aquel maldito espino que me laceraba
angustiosamente, Me cogió los brazos y me los abrió en aspa atándomelos a las
argollas preparadas al efecto.


Procedió de igual manera con mis piernas, mientras me debatía en febriles contorsiones,
lo cual acrecentaba mi suplicio de un modo mucho más bárbaro.


Después de tensarme a conciencia, se dedicó a acariciarme la espalda y los muslos.
Pero también, apretaba dichas zonas hacia abajo.


Estaba claro que deseaba proporcionarme toda clase de sensaciones dolorosas.
Realmente, lo estaba consiguiendo.


Mis lágrimas afloraban constantemente en mis ojos y mis gritos parecían poner
un fondo musical a aquel suplicio.


Cuando comencé a calmarme, arremetió contra mi cuerpo a base de azotes en las
mas variadas zonas que exponía a su vista.


Al contorsionarme ante cada golpe, los espinos se apoderaban nuevamente de mí,
provocándome mil sensaciones distintas y a cual mas dolorosa.


Siguió azotándome largo rato. Ya casi no sentía la tralla del látigo y mucho
menos los espinos. Parecía como si tuviera el cuerpo acolchado.


En un momento determinado cesó de lanzarme azotes y se aproximó frente a mi
cara. Me dijo unas cuantas palabras reconfortantes y sin más me comentó el siguiente
tormento.


Tan sólo se trataba de marcarme a fuego con sus iniciales.


Comencé a palpitar y sollozar con verdadero nerviosismo.


Se separó de mí y la ví como se acercaba hasta el brasero en donde había dos
hierros calentándose desde hacía ya bastantes minutos.


Cogió el primero y lo acercó a mi cara, a fín de que pudiera contemplarlo. Se
trataba de una W o una M, la verdad no sabía su nombre. Se situó en un lateral
de la mesa y asiendo con ambas manos el mango lo colocó sobre el comienzo de
mis nalgas.


El dolor que sentí fué tan inmenso que un grito desgarrador se escapó de mi
garganta a la vez que me removía sobre el mortificante espino. En aquellos momentos
me daba igual cuantas espinas se clavaran en mi piel.


Lo cierto es, que trás marcarme con el hierro, se separó de mí y fue a buscar
el siguiente.


Todavía tuve la suficiente consciencia de admirar el hierro. En su extremo,
podía contemplarse una S.


Sin más se situó a mi lado derecho y asiendo el mango, me acercó el nuevo hierro.
Y un nuevo infierno se apoderó de mí.


Y a raiz de este acto perdí el sentido de la realidad y me desmayé.


Cuando desperté, me dí cuenta de que seguía sobre el lecho de espinos. Pude
ver su sonrisa cínica a un palmo de mi cara. Y me asusté en gran medida. Al
verme reaccionar, me dijo :


- Nicole. He preferido esperar a que despertaras para así poder contarte tu
nueva sesión. Pero antes, he de decirte que estás marcada para siempre. Desde
este momento me perteneces y cualquiera que vea estas marcas podrá hacer contigo
lo que le apetezca. Llevas la marca WS, que son mis iniciales. Todos mis amigos
las conocen. A mí deberás llamarme Señora o Ama, según prefieras. He decidido
por otra parte, el enviarte como regalo temporal a mis amistades. Todas te azotarán
y abusarán de tí, pero deseo el que las complazcas en todo. Y por último, ya
no perteneces a Armand. Eres totalmente mía. Sabré calentarte adecuadamente.
Ahora haremos girar tu cuerpo, para que pueda azotarte los pechos y los muslos,
sin olvidarme de la vagina.


Aquellas mortificantes frases, me dejaron alelada durante unos segundos. Justo,
hasta que ella procedió a desatarme para hacerme cambiar de postura.


Sentí de nuevo, desatarse todos los infiernos sobre mi ser.


Ahora el espino incidía en las recién azotadas partes, incluida la de mis marcas.


Pero la desazón que sentía era tan profunda, que el dolor no llegué a interpretarlo
en su justa medida.


Cuando me tuvo dispuesta, me azotó con todo el rigor inimaginable desde los
pechos hasta la vagina.


Volví a desvanecerme ante semejante crueldad.


Al despertar, me ví en un lecho confortable y al parecer sin marca alguna. Como
estaba sola y desatada, me aproximé a un espejo y me contemplé las nalgas. No
tenía mas señales que las marcas de los hierros. Al parecer estaba señalada
de por vida.


La puerta se abrió de golpe y ella entró sin más. Al verme levantada, me dijo
:


- Nicole. Celebro que estés ya restablecida. Habrás observado atentamente tus
nuevas marcas. ¿Te duelen todavía?. ¿No?. Mejor así. Tengo algunas cosas que
hacer antes de que nos vayamos. Prepárame el desayuno y llévalo a mi habitación.


No me dió tiempo ni a contestar. Había desaparecido tan rápidamente como había
entrado. Me puse inmediatamente a buscar algo que pudiera desayunar. Ví muchas
cosas, pero ninguna me dió una idea de que era lo que desayunaba. Decidí acercarme
hasta su habitación y preguntárselo.


Llamé con los nudillos y aguardé hasta que su voz me autorizó a pasar.


La pedí mil excusas y la pregunté que era lo que debía preparar. Me contestó
con malos modos y me apresuré a retirarme.


Preparé lo indicado y me encaminé de nuevo hasta el dormitorio.


Llamé y aguardé con la bandeja en una mano. Cuando fuí autorizada, entré y la
ví desnuda sobre la cama hablando por teléfono. Me hizo una indicación de que
se lo acercara a la cama.


Me acerqué lentamente y deposité la bandeja en la mesita en que tenía el teléfono.
Me miró a la cara mientras soltaba una carcajada con quien estuviera hablando.
Y me asió de la muñeca.


Me obligó a sentarme en la cama de espaldas a ella. Sentí como rozaba con sus
dedos sus iniciales marcadas a fuego. Pero no por eso perdía su ritmo y su voz,
entre risa y risa, se hacía mas susurrante.


Después de algunas palabras bastante íntimas y subidas de tono, que llegaron
a ruborizarme, se despidió de su interlocutor y colgó.


Mientras comía, me atreví a preguntarla :


- Ama. ¿A dónde tenemos que ir?.


- Tranquila. Sólo saldremos a dar una vuelta. Pero de paso quiero que te conozcan
unos amigos. Además, será una buena idea el comprar algunos elementos de tormento.
Tu látigo está bien para un castigo ejemplar, pero marca demasiado rápidamente
la piel y eso quita un poco de pasión a las sesiones. Compraremos unas fustas
y unas cadenillas. A ellos les entusiasma la idea de azotar con cadenillas.


Siguió comiendo como si tal cosa, mientras a mí me entraban sudores fríos, sólo
de pensar en lo que iba a tener que soportar.


En un momento determinado me dijo que fuera al armario y la sacara un vestido
elegante y algo descarado.


Me acerqué hasta el armario y pude contemplar una coleción formidable. Con cada
vestido había una foto de 60 x 40 cm. de ella con ese vestido puesto. Por lo
que contemplé las fotos y saqué el que me pareció mejor.


Lo llevé hasta la cama y ella me dió su aprobación. Enseguida me dijo que la
preparara el baño.


Me acerqué hasta la bañera que había en el cuarto contiguo. Abrí el grifo del
agua caliente y dejé que el gran caudal de agua comenzara a llenarla. Era curioso.
El agua salía a una temperatura ideal y además el baño mentenía el calor del
agua.


Cuando estuvo llena salí del cuarto y entré de nuevo en el dormitorio. Seguía
acostada en una postura un tanto libidinosa. Me limité a informarla de que ya
estaba preparado.


Asintió y desperezándose se levantó. Cuando lleganos al cuarto de baño, me indicó
el que la frotara delicadamente con la esponja y que mimara su cuerpo.


La obedecí ciegamente y acaricié su piel con extremado cuidado. Cuando le pareció
oportuno la dí una gran toalla y la sequé con esmero. Me indicó el que me introdujera
en el agua y me bañara adecuadamente.


Estuve poco rato, a pesar de que el agua seguía estando deliciosa.


Me sequé y aguardé nuevas órdenes. Se limitó a cogerme del brazo y acompañarme
de nuevo al dormitorio. Me arrojó un vestido corto de raso y me indicó el que
me lo pusiera.


Cuando me lo hube colocado, me sentí casi mas desnuda que antes de ponérmelo.
Carecía de mangas. Y tenía un escote delantero redondo, en donde se podían apreciar
la casi totalidad de mis senos. El escote trasero dejaba al descubierto toda
la espalda. Me dí cuenta al verme en el espejo, que las marcas de los hierros
quedaban al descubierto. Por lo demás me cubría hasta la mitad del muslo.


Cuando ella se hubo vestido, me indicó unas sandalias sueltas. Realmente, eran
preciosas y realzó bastante mi figura.


Sin más, me indicó que la siguiera. Y entonces me fijé en las pulseras que llevaba,
simulaban joyas y el collarín parecía una gargantilla muy vistosa, pero con
los mismos sistemas.


Y salimos al exterior. Hacía un día precioso y ligeramente cálido. Había un
coche detenido junto a la escalinata.


El chofer nos abrió la puerta y yo pasé en primer lugar. Y tras cerrar la puerta
se instaló en su asiento y comenzó la marcha.


Llegó hasta el puerto y lo atravesó, luego giró a la izquierda y circuló lentamente
por una gran avenida.


Se detuvo ante una gran tienda de aspecto satánico. Nos abrió la puerta y ayudó
a bajar a mi Ama. A mí prácticamente me ignoró. Ella me indicó el que me adentrara
en el interior y fuera curioseando todo tipo de material sádico.


Nos separamos en el interior. Me sentía algo avergonzada ante las continuas
miradas a que me veía sometida.


De repente, un hombre se acercó por detrás de mí y trás poner su mano sobre
las marcas del hierro, me dijo :


- Pequeña, lo que estás buscando, aquí no lo encontrarás. Ven conmigo al interior.
Tengo una colección que te vendrá como anillo al dedo.


Le seguí sin más hasta el interior. Y en momento alguno separó su mano de mis
señales.


Pasamos al interior y me condujo hasta una estancia, grande y muy iluminada.
Había toda clase de instrumentos de tortura. Ví a varios hombres deambulando
libremente por el lugar.


El hombre que me había acompañado, me indicó que buscara con total libertad
y se alejó de mí, dirigiéndose a un cliente.


Este, tenía en sus manos una fusta finísima de color rosa fosforescente. En
un momento determinado, se acercaron tanto a mí que el hombre pudo ver las marcas
en mi piel. Y entonces le oí como decía al dueño algo sobre mí.


El dueño, ni corto ni perezoso, se acercó a mí y me dijo :


- Pequeña. Este cliente que ves aquí se encuentra en una ligera encrucijada.
Desea comprar esa fusta, para un regalo. Pero no sabe los efectos que produce
y me pide, que tú seas su modelo y poses para él.


Me quedé boquiabierta y antes de que pudiera reaccionar, el dueño me había asido
de una muñeca y medio me arrastraba hasta donde se encontraba el cliente. Cuando
estuvo ante él, me contempló y dijo :


- Eres una joven muy bonita. Sí, creo que me valdrás. Desnúdate o bájate las
hombreras. Sólo necesito la espalda y los pechos.


Me quedé alelada y me separé de ellos inmediatamente. Pero el hombre me cogió
de un brazo y me trasladó hasta un lugar, elegido por él, mientras me decía
:


- Cariño, no seas arisca. Tengo autoridad sobre tí. Esas iniciales así me lo
confirman.


Yo me resistía cuanto podía y les objetaba mil pretestos, todos ciertos en sí,
pero aquel ser parecía no querer entender que yo no era libre.


Forcejeé repetidas veces y pude darme cuenta, de que en un instante el resto
de los varones que había por la sala, se habían acercado lo suficiente a mí,
que ya no tenía pasillos de escape.


Me sentí atemorizada y me puse muy nerviosa, máxime cuando uno de aquellos jóvenes
colaboró con el que quería probar la fusta y cogiéndome del brazo me hacía avanzar
hasta un pequeño claro de la sala.


El dueño, les había indicado que podían utilizar una de las muchas cadenas que
caían del techo y además les indicó que era mejor que estuviera desnuda, para
evitar desperfectos en el vestido.


Ya estaban terminando de desnudarme cuando apareció mi Ama.


Con una voz tajante que taladró el aire, todos nos quedamos completamente quietos.


Trás referirle el hombre de la fusta sus derechos, ella pasó a comprobar sus
credenciales y según se las entregaba dijo :


- Lo siento, caballero. Está Ud. en su perfecto derecho de utilizar a mi pupila.
Utilícela como crea conveniente, yo mientras buscaré algunos utensilios que
necesito.


Uno de los jóvenes le preguntó al dueño y al hombre de la fusta, si les importaría
el que ellos estuvieran presentes.


Ambos se miraron y asintieron en silencio.


Terminaron de desnudarme, sin que opusiera resistencia alguna. Unieron mis pulseras
y las anclaron a una de las cadenas mas cercanas al claro de la sala.


Tensaron un poco todo el conjunto y los 3 jóvenes se sentaron en unas butacas
alrededor mío.


Entonces el dueño le dijo :


- Puede proceder cuando guste con esa fusta, pero yo me atrevería antes a que
me contara a que zonas se va a dedicar y cuantos años y corpulencia tiene su
amiguita.


- Nada mas sencillo. Se lo contaré. Tiene 18 años. Mide 1,65 cm. y es la primera
vez que va a ser azotada. Se ha rendido a mí.


- Ajá. En ese caso, con esta fusta sólo debería azotarla la espalda y las nalgas.
Es demasiado violenta para unos pechos primerizos. Le aconsejaría que utilizara
un vergajo para los pechos. Ahora Ud. decide.


- Me ha convencido, tráigamelo y lo probaré con esta joven. Luego veré los efectos
de la fusta.


Me sentí renacer por momentos. Hacía tiempo que no me azotaban con vergajo.
Y aunque era rabioso, era mucho menos doloroso que la fusta.


Cuando aquel hombre tuvo el vergajo en sus manos, lo alzó algo excitado y comenzó
a asestarme fuertes golpes contra los senos.


Me hizo rabiar, gritar y llorar de dolor. Cuando me los contempló suficientemente
cruzados, abandonó el vergajo y cogió la fusta y se plantó tras de mí.


No hizo comentario alguno y comenzó a flagelar mi espalda con verdadero frenesí.
Comencé a sudar y retorcerme ligeramente en mis ataduras, a la vez que resoplaba
y jadeaba.


Cuando se decidió atacar mis nalgas, me entró una especie de grito febril, debido
a los tremendos latigazos que me propinaba. Lloré, resoplé y me contorsioné
como hacía tiempo que no lo hacía, mientras los jóvenes aplaudían cada una de
las acciones de aquel monstruo.


Para cuando terminó estaba hecha polvo. Me dolía la garganta y cada una de las
fibras de mi cuerpo. Me dejaron allí atada, junto a los tres jóvenes, mientras
ellos ultimaban las compras.


Mi ama, trás dejar que los jóvenes me contemplaran a sus anchas y hasta alguno
me manoseara los costurones, haciéndome resoplar de nuevo, se aproximó al grupo
y les indicó el que nos dejaran a solas. Entonces se plantó ante mí y me dijo
:


- Nicole, veo que no te pierdes una. En fín aprovecha lo que puedas. Ahora,
es nuestro turno. He encontrado estas cadenillas. ¿Quieres que las pruebe ahora
contigo, o vamos a visitar a esos amigos míos?


- Ama, preferiría descansar un poco.


- De acuerdo, ahora mismo te desato y buscamos unas fustas.


Casi no me tenía en pie, cuando me dejó libre. Me temblaban las piernas ligeramente.
Recogí el vestido y me lo puse, al tiempo que llegaba el dueño hasta nosotras.
Entonces ella, le rogó el que la indicara un par de fustas de sensibilidad.


Nos hizo recorrer media sala, hasta que llegamos a una vitrina en la que había
toda una colección a cual mas espantosa.


Sacó una terminada en una minúscula bolita de aluminio, cubierta de finísimas
púas. Me estremecí sólo con verla. Ella la aceptó encantada.


Y por último sacó otra cosida a mano con las costuras enceradas al exterior.
También la gustó y se quedó con ella.


Mi ama le dijo que se las pusiera en cuenta y trás guardarlas en sus estuches
correspondientes, nos despedimos y salimos al exterior.


Entramos en el coche y mi ama me pidió el que me desnudara.


La obedecí al instante y me aplicó un spray. El efecto fué casi inmediato. En
menos de 5 minutos, me habían desaparecido todas las marcas.


Me volví a vestir a una indicación suya y proseguimos el viaje por espacio de
otros 10 minutos más.


Llegamos hasta un pequeño castillo en mitad del campo.


Al pasar por el puente levadizo, pude distinguir hasta 4 varones y 2 jovencitas,
tan vestidas o más que yo.


Cuando el coche se detuvo ante ellos, les ví como la saludaban y alguno llegó
a pronunciar su nombre. La llamaban Wanddy.


Me contemplaron en silencio y al poco dejaron de prestarme su atención.


Al fijarme en una de las jóvenes, reconocí a Brigitte o alguien que se le parecía
mucho. Pero la forma de comportarse no daba a entender el que fuera ella.


Me quedé contemplándola largo rato, hasta que ella se percató de mi mirada y
entonces acercándose a mí, me dijo :


- Te llamas Nicole, ¿no es cierto?.


Asentí.


- Y puedo saber ¿a qué viene esa mirada sostenida para conmigo?.


- Se parece Ud. a una amiga mía, se llama Brigitte.


- Yo también me llamo Brigitte. ¿Acaso eres tú, la pupila de Armand?


- Sí, eso es. Pero estoy echa un lío. En una noche he pasado de estar junto
a él, a servir a mi nueva ama.


- Te refieres a Wanddy, ¿verdad?. Bueno, la verdad es que ya hace mucho tiempo
de aquello. Pero, deberías estar contenta de la inmediata vuelta de tu amor.


- ¿A qué se refiere?




- Armand, llegará dentro de pocos días. ¿Te parece poco?.


- La verdad, no entiendo nada. Y que yo sepa Armand, no me dijo nada anoche.


- Lo creo. Lleva 2 años fuera del país.


- ¿Dos años, fuera de aquí?


- ¡Claro!. Bueno, ¿acaso tratas de burlarte de mí?


- No lo entiendo. Anoche me condenó a ser castigada por unas faltas.


La ví carcajearse, mientras se separaba de mí. Después de dirigirse hacia mi
ama, la ví como conversaba con ella y se tronchaban las dos de risa.


Al fijarme en los varones, uno me pareció que se trataba de René. Pero, no podía
ser. Se aproximó a mí y en voz alta, dijo:


- ¿Cómo está mi cuñada favorita?.


Me quedé perpleja al oir semejantes palabras. Y entonces, con un ligero tartamudeo,
le pregunté :


- ¿Por qué dice que soy su cuñada?


- Nicole, a veces pareces tonta y estúpida. Simplemente, porque estás desposada
con mi hermano Armand.


- ¿Armand es mi marido?. No entiendo nada.


- ¡Wanddy!. ¿Qué le pasa a esta chica?. Acaso, no la trates adecuadamente.


- René, mi pupila está hoy algo despistada. Ni siquiera se acordaba de que es
lo que desayuno.


- Habrá que tomar alguna medida. Nicole, coge las compras y sígueme hasta la
casa. Te voy a enseñar a recordar. ¡Rápido!.


Me sentía muy confusa, pero me apresté a coger las bolsas y seguirle hasta la
casa.


No conocía aquella casa. Era demasiado grande, pero pobre en mobiliario. Al
pasar frente a la chimenea, pude ver varias fotos enmarcadas. Y en una de ellas
estaba yo, junto a Armand, Wanddy, Brigitte y René. Y lo mas curioso era que
vestía como una novia y todos estábamos riendo.


- Vamos a mi cuarto, allí me enseñarás los nuevos juguetes.


Le seguí hasta el cuarto y me indicó el que colocara las bolsas sobre una mesa.
A un gesto suyo, saqué los tres estuches y los fuí abriendo de uno en uno.


Me temblaban ligeramente las manos y me estremecí al ver cada instrumento, mientras
la cara de René se alegraba por momentos, con cada instrumento.


Cuando los tres azotadores estuvieron sobre la mesa, René cogió la fusta espinosa
y trás agitarla en el aire, me miró y comentó :


- Nicole, esta fusta es una preciosidad. Ven, tenemos que probarla.


Le seguí hasta un cuarto adyacente, poco iluminado, en donde la temperatura
era alta y además mal ventilado. Había un brasero encendido y un potro de tormento.
En una de las paredes había una estantería con toda clase de utensilios de tortura.


Una vez dentro, se plantó ante mí y mientras me quitaba el vestido por la cabeza,
me dijo :


- Nicole, después de la comida, vendrás por tu cuenta a este cuarto en donde
te estaré esperando. Ahora, sólo vamos a entretenernos con tus juguetes. Por
cierto, sal y trae las cadenillas. No me acordaba que tienes unos muslos soberbios.
Deseo mantenerte cálida.