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Historia de Nicole parte 2 Grandes Relatos

 

Capítulo



Sin mediar palabra alguna, dos hombres se acercaron a Cristine y la condujeron
hasta el extremo de una gran mesa. La ataron los tobillos a dos argollas que
había en cada pata, separadas éstas 90 cm. entre sí. Luego la obligaron a inclinarse
hacia adelante, hasta que sus pechos reposaron en la rugosa y sucia madera.
Dos de las mujeres, la desataron las manos de la espalda y se las volvieron
a atar en unos grilletes que había sobre el tablero.


Ví a Cristine respirar entrecortadamente, debido al terror que la debía poseer
en aquel instante. Y de repente, las patas se fueron alargando, lenta pero contundentemente,
al igual que los grilletes que aprisionaban sus manos, hasta que alcanzó una
tensión general en todo su cuerpo.


Cristine respiraba algo forzada, pero he de decir que poseía un cuerpo tan perfecto,
que hasta se la veía sublime en aquella postura.


Y en ese instante, me llegó el turno. Se me aflojaron las piernas, cuando me
hicieron caminar.


Fuí colocada al extremo opuesto de la mesa. Me ataron los pies y después empujaron
mi espalda hasta que mis pechos rozaron la rugosa madera. Sentí un escalofrío,
pero antes de que me diera cuenta, mis manos habían sido desatadas e instaladas
en sendos grilletes.


Y comencé a notar los efectos de la tensión. Me imaginé en una fracción de segundo,
lo que debería haber sentido Cristine.


Creía que se me iban a separar los brazos y las piernas. La tensión era tan
brutal y el dolor tan insoportable, que perdí en parte la respiración.


Cuando las dos estuvimos instaladas, nuestros atormentadores, conectaron algo
bajo la mesa y luego nos llevaron hasta un lugar en el que había una tarima
circular.


Y antes de que pudieramos razonar aquel paseo, empezamos a girar lentamente.
Al parecer era la tarima lo que giraba. Tuve la fuerza de voluntad de girar
mi cabeza hacia un lado y pude descubrirlos apoderándose de toda clase de cueros.


Dimos unas dos vueltas completas mientras ellos formaban un círculo alrededor
nuestro. Como no podía hacer nada por evitar lo que se me avecinaba, comencé
a estudiar mi situación con respecto a los que tenía enfrente.


Los 5 varones completaban 180º y las 5 mujeres el complemento. Todos se habían
desnudado completamente y pude apreciar sus maravillosos penes ligeramente erguidos.


No sé lo que pensaría Cristine, que se hallaba separada de mí una distancia
de 2 metros. Pero lo cierto es que su rostros estaba ligeramente contarido por
el miedo.


Y los azotes comenzaron a caer sobre Cristine, cuando sus nalgas pasaban a la
altura del primer hombre. Sin embargo yo, aún no había recibido azote alguno.


Los gritos de Cristine, resonaron con fuerza en toda la sala, lo que me hizo
que la piel se me erizara de terror. Y cuando calculé que mis nalgas se orientaban
al primer hombre, aguardé con verdadero terror el azote.


Y en efecto, acaeció. Me dejó muda de dolor. Y antes de que pudiera calmarme,
el segundo azote me infirió de nuevo en las nalgas. Llegué a lanzar un corto
quejido, que no se llegó a oir, debido a los alaridos que profería mi compañera.


Pero a partir del siguiente golpe, lancé un grito si cabe, mas ruidoso que los
de Cristine. Y ya no paramos de gritar y llorar en momento alguno.


A cada latigazo, todo mi ser se contraía del dolor. Casi no me daba tiempo a
poder aceptar un golpe cuando ya, el siguiente, volvía a despedazarme de dolor.
Tenía una palpitación constante, que me recorría todo el cuerpo.


Cuando se detuvo el movimiento, sentía un desmesurado dolor en las nalgas. Antes
de que comenzara todo el calvario, había conseguido localizar un marcador de
vueltas en ambas paredes y cuando los azotes sobre Cristine comenzaron, los
dígitos se habían puesto a cero.


En estos momentos, marcaban 5 vueltas. Lo cual venía a indicar el que nos habían
asestado 50 latigazos en las nalgas a cada una.


Me desmoroné mucho más al calcular la cantidad de azotes que nos restaban. Miré
Cristine, entre mis lágrimas, y pude ver que ella lloraba desconsoladamente.
Nuestros jadeos parecían ir al unísono, así como nuestras contracciones de dolor.


Por otro lado, ellos se mostraban sonrientes y en apariencia satisfechos. No
sabía que es lo que vendría ahora, pero he de decir que casi prefería no saberlo.
Se me erizaba el vello sólo con pensarlo.


De repente, las patas de la mesa en donde estaban anclados nuestros tobillos,
comenzaron a moverse hacia el exterior.


Un nuevo terror se apoderó de todo mi ser. Miré a Cristine y me dí cuenta de
que parecía estar en la misma situación, ya que intentaba por todos los medios
girar su cabeza por ambos lados, a fín de captar que era lo que sucedía.


Yo lo intenté igualmente, pero debido a la tensión de los amarres no lo conseguía
y sí, por el contrario, producirme un verdadero dolor en el cuello.


Cuando la elevación de las patas se detuvo, calculo que nuestras piernas estaban
en un ángulo de unos 45 grados.


Al mirar de nuevo por encima de mi brazo izquierdo, comprobé que varios de ellos
se armaban con un vergajo. Sabía lo que eran, debido a que los días que había
estado en la cocina, la cocinera principal había amonestado a una de mis compañeras
y al no verla actuar adecuadamente, había pedido que la trajeran un vergajo.
Y la había castigado con aquel

objeto sobre la ropa, varias veces. Los efectos debían de ser crueles, pero
no debían ser tanto como los látigos con los que nos habían azotado las nalgas.


La mesa comenzó a girar de nuevo, pillándome por sorpresa. Inmediatamente comprendí
que aquello sólo significaba nuevos tormentos para nosotras dos. Levanté algo
la cabeza para ver que es lo que le hacían a Cristine, pero un penetrante dolor
en mi muslo derecho me hizo estremecer de dolor.


Esta vez había sido yo la primera en recibir el castigo, rabié de dolor y de
impotencia. La pierna me ardía considerablemente y la sentía como dormida. Pero
esta sensación duró tan sólo un momento, pues en fracciones de segundo, volví
a sentir una quemazón delirante en el otro muslo. Grité, chillé y me removí
lo que pude en mis ataduras. Mis lágrimas volvieron a surcar mis mejillas, pero
no así los azotes que caían con toda precisión sobre mis piernas, en su parte
mas sensible.


La mesa seguía girando y los azotes también, grité y supliqué el que dejaran
de azotarme una y otra vez, hasta que el grito de Cristine, me hizo enmudecer.
Ahora ya estábamos las dos en el mismo infierno.


Creí que iba a desmayarme del terrible dolor, que estaba soportando, pero no
sucedió tal y los azotes siguieron cayendo uno trás otro, inexorablemente.


Me quedé algo afónica y dejé de gritar, ya que me dolía la garganta sin conseguir
efecto alguno.


Entre mis lágrimas, conseguí ver el marcador. Marcaba un "9". Imploré para mi
interior en que fuera la última vuelta de aquella sesión.


Y en efecto, así fué. Pero estaba tan terriblemente dolorida, que mi cuerpo
saltaba, de los temblores y palpitaciones, sobre la rugosa madera de aquella
mesa.


Cuando el movimiento se detuvo, oí los llantos apagados de Cristine. Sabía que
el castigo iba a proseguir, pero la desazón que sentía en mi cuerpo era tal,
que lo ignoré rápidamente.


Nos quedamos jadeantes, con la respiración rápida y entrecortada. Sentía un
fuerte dolor en mis brazos, debido a los tirones que había dado, pero intenté
relajarme un poco y ceder la tensión de mis muñecas, en las que los grilletes
estaban haciendo verdaderos estragos.


Parece ser, que ellos también se dieron cuenta de ese detalle. Pués no habrían
pasado ni 2 minutos, cuando me sentí liberada.


Cuando me hicieron poner en pie, caí redonda al suelo entre terribles y amargas
sensaciones. Rápidamente, unas manos me izaron y me mantuvieron en pie.


Pude apreciar entonces, las marcas en los muslos y nalgas de Cristine. Eran
lo suficientemente visibles como para hacer entrar a cualquiera en un frenético
delirio de terror.


La mujer que llevaba la voz cantante en todas las acciones, determinó en voz
alta, que el grupo de los hombres se quedara con una de nosotras y ellas con
la otra.


Después de algunos escarceos disimulados, se determinó el que yo proseguiría
con los varones, mientras que Cristine se quedaría con ellas.


Por tanto, a partir de semejante decisión, me ví obligada a caminar hacia la
puerta. Dos hombres me conducían algo frenéticamente y cada uno portaba uno
de mis brazos. Uno de ellos me lo llevaba retorcido a la espalda, lo cual me
procuraba un pequeño tormento. Un tercero me seguía, tan de cerca, que de vez
en cuando me zancadilleaba las piernas. Pero cuando yo caía, las fuertes manos
de mis opresores me izaban como si de una pluma se tratara.


Y los otros dos hombres iban delante de nosotros abriendo la marcha.


Descendimos muchos tramos de escaleras y recorrimos varios pasillos. La verdad,
no sé todavía a que lugar me condujeron y eso que iba con mis ojos destapados.


Por fín, llegamos hasta una gran puerta de madera maciza y artesonada con hierros
algo mugrientos.


Cuando la puerta se abrió, me ví asediada por una nueva sensación de terror.


Aquella habitación era lo mas parecido a las puertas del infierno, al menos,
así pensaba que sería el infierno.


Una densa nube de humo y vapor cubría toda la estancia, por lo que era difícil
adivinar las dimensiones de aquel antro. Pero lo mas siniestro, al menos para
mí, se hallaba en la gran variedad de aparatos de tormento que era capaz de
ver, con un fondo perversamente rojizo.


Me condujeron impulsivamente hasta uno de ellos. Yo me resistí lo que pude y
me debatí y grité, pero no me hicieron el mas mínimo caso.


Según me iban acercando al aparato, me sentía mas nerviosa y asustada. Las fuertes
manos que me aferraban no me dejaban opción alguna a la fuga. Era casi transportada
hacia aquella cosa.


El vapor me envolvía completamente y el sudor empezaba a resbalar por mis poros.



El aparato en cuestión, lo supe después, era denominado "La Percha". Y estaba
formado con material de fibra de vidrio. Constaba de un poste vertical y de
dos barras de unos 50 cm. que salían del mismo. Todo el conjunto se podía ajustar,
tanto en altura como angularmente, de tal forma, que cabían mil combinaciones
posibles.


He de decir que el nombre era el mas adecuado, ya que la hembra que fuera colocado
en semejante aparato, podía sufrir tormentos espantosos.


Los hombres que me portaban de los brazos me acercaron hasta un metro de aquel
extraño aparato. Y la verdad, entonces, no sabía que aplicación podría tener.
Lo descubrí rápidamente.


Antes de que me diera cuenta, otro de los varones me enlazó con una soga los
tobillos y me cogió de las piernas elevándolas de tal modo, que en un instante
mis rodillas estuvieron por encima de mi cabeza.


A continuación me dejaron reposar las corvas sobre la barra mas alta, a la vez
que un cuarto hombre me quitaba la soga de los tobillos y me hacía separar los
muslos. Y casi al instante estaba sujeta por los tobillos, mediante grilletes.
Sentí como mis nalgas heridas reposaban sobre la barra saliente.


Los dos hombres que me portaban de los brazos me fueron descendiendo el cuerpo
hasta que quedé suspendida en el vacío. Ellos mismos se encargaron de atarme
las muñecas juntas y tensarlas al poste.


Sentí como mi sangre se agolpaba en mi cabeza y que era la única parte de mi
cuerpo que podía mover, aunque no tenía las suficientes fuerzas para ello.


Con esta postura, les ofrecía la mayor parte de mi cuerpo. Las más íntimas zonas
y las mas sensibles.


Les ví como se armaban tranquilamente con vergajos, mientras aquel odioso aparato
comenzaba a girar lentamente, por lo que pude ver a los cinco como se iban posicionando,
a fín de martirizar alguna zona de mi cuerpo.


Miré en todos los sentidos, pero no aprecié marcador alguno. Por otra parte,
mi sudor se había hecho tan intenso, que me resbalaba por los brazos. Además,
mi respiración era entrecortada y agitada.


Mis gritos, lágrimas y gemidos parecía animarlos más, si cabe.


Era una postura que no olvidaré mientras viva. Tampoco olvidaré las perversidades
que me hicieron. La que mas me atemorizó y mortificó, fué la del cirio encendido.


Me lo introdujeron en la vagina y prendieron la mecha. Y la cera a medida que
se iba derritiendo, caía sobre alguna parte de mi desnudo cuerpo.


Pero claro, había que provocar espasmos, a fín de que la cera hirviente se desprendiera
del vástago. Forma de conseguirlo, azotándome los muslos y el vientre.


No os voy a cansar ahora con mis tormentos, tan sólo añadir que fuí tan salvajemente
azotada, que aún sueño con ello, y eso que pasados unos días sufrí todos los
tormentos inimaginables.


Hacia la media noche, cesó todo el tormento. Me desataron y me condujeron medio
arrastras hasta una celda en donde se encontraba mi compañera Cristine.


Las dos estábamos completamente marcadas por la rabia de los látigos. Y además
estábamos tan sofocadas y doloridas que ni siquiera pronunciamos palabra alguna.
Todo lo más, nos miramos entre las lágrimas que surcaban nuestras mejillas,
como si de un ballet se tratara.


Me quedé dormida sobre la manta de la cama, casi de inmediato. No sé que hizo
Cristine.


Me desperté algo sobresaltada. Estaba soñando cosas excesivamente extrañas e
irreales. Cuando conseguir fijar mi vista en el bulto que se movía, pude descubrir
como se llevaban a Cristine.


El sueño volvió a vencerme y caí rendida.


El nuevo despertar fué mas angustioso, ya que sentí como unas manos taladraban
la intimidad de mis sueños. Y cuando abrí los ojos, me ví frente a mis 10 verdugos.


Todos estaban pulcramente vestidos, pero en sus caras adivinaba la lascivia
hacia mi cuerpo, aún desnudo y sobradamente maltratado.


Me hicieron levantar y caminar hasta una sala contigua. Una vez en ella, alguien
anunció :


- Esta idiota ha sido reclamada por el Amo. Deberemos tratarla como la cobarde
de mierda que és, hasta que tenga su nuevo destino. Pero eso no sucederá hasta
pasadas 2 horas. ¿Qué os parece si la damos un repaso?.


Oí como todos coreaban la propuesta. Y muchas manos se echaron sobre mi indefensa
desnudez. Fuí manoseada, golpeada y de nuevo azotada, aunque esta vez de una
forma algo mas informal y no por ello, menos dolorosa.


Cuando de nuevo cesó el tormento, me dejaron tumbada en una cama y se fueron,
cerrando la puerta de la celda en la que me habían introducido.


Pero antes de que pudiera conciliar el sueño, dos de las mujeres me zarandearon,
hasta que desperté.


Me indicaron el que caminase entre las dos hasta la sala contigua, en donde
me habían azotado minutos antes. Me sentí desesperar de impotencia.


Pero los azotes no se llegaron a consumar. Fuí colgada de las muñecas y cuando
ya me veía irremisiblemente azotada, sucedió que, se prestaron a aplicarme un
spray por todo el cuerpo.


Sentí, en principio, verdadero frío, para convertirse a continuación en un ligero
calor, que me hacía sentir en muchas zonas sensibles de mi desnudez, verdaderos
picores que no podía remediar de forma alguna, debido a mi situación.


Afortunadamente, aquel calvario duró menos de 10 minutos, aunque creí volverme
loca de desasosiego.


Cuando me desataron, estaba tan virginal como antes de que comenzasen los tormentos
en aquella maldita mesa. No podía creer lo que veía. Donde minutos antes, había
severos costurones, ahora había una tersa piel, mi piel.


Cuando llegó el momento, fuí vestida con mis ropas y conducida con los ojos
vendados por pasajes que no sabría describir.


Llegué ante una gran bóveda y allí me dejaron mis acompañantes, a la vez que
aparecían un par de varones correctamente uniformados.


Me flanquearon y nos dirigimos hasta donde el Gran Amo se hallaba.


La verdad era, que en aquella parte del palacio, el lujo era el denominador
común.


Fuí situada en una fila de unas 20 jovencitas, a cual mas dispar en sus atuendos.
Al parecer, los atuendos variaban según el lugar en donde te hubieran instalado.


Al poco rato apareció otra joven que fué situada trás de mí.


No habían transcurrido ni 10 minutos cuando la gran compuerta de la sala se
abrió de par en par.


Creo que todas, nos quedamos ensimismadas al ver entrar a semejante ser.


Era superlativamente bello y atractivo, pero tengo que decir, que su mirada
reflejaba un odio mortal.


Nos fué supervisando una a una, de la manera mas miserable y ruin que jamás
había contemplado.


Cada jovencita era desnudada por el personal a su cargo y el buen señor, se
limitaba a manosear los pechos y entreabrir los labios vaginales.


Con la jovencita que estaba delante de mí, se extralimitó algo más. Después
de retorcerla los pezones y de rasguñarla el pubis, la hizo dar media vuelta
y la entreabrió el conducto anal.


Fue apartada a un grupo en el que solo había otras 3 jóvenes.


Y me llegó el turno a mí.


Me desnudaron y aguardé las asquerosas caricias de rigor. Me palpó los pechos,
con tanta avidez que creía que me los iba a espachurrar. Me pellizcó los pezones
sádicamente y al ver como me retorcía y lanzaba una ligera exclamación, dijo
:


- Esta, para mi uso personal.


Y ya no me molestó más. Fuí apartada de todas las demás y conducida hasta los
aposentos del Amo. Ni que decir tiene, que permanecí desnuda en todo momento.


Apareció en menos de 10 minutos y trás despedir a todo el séquito, se plantó
ante mí y me circundó varias veces, contemplándome a placer.


Me daba verdadero pánico su presencia. Se trataba de un ser descomunal en todos
los sentidos. Lo primero que destacaba en él, era su estatura y corpulencia.
Seguía , su majestuosidad y elegancia, así como, su saber estar. Luego, fijándose
un poco, se podía observar una mirada incisiva e inquisidora.


A su lado me sentía ridícula. Mi desnudez jugaba en mi contra, así como mi estatura,
que era bastante inferior a la suya.


Realmente, le dejé hacer todo tipo de cosas sin oponerme lo más mínimo, a pesar
de que me hizo sentir verdadera vergüenza en varias ocasiones.


Cuando terminó de manosearme, me rodeó los hombros con su brazo y suavemente
me dijo :


- Nicole. Confío en que no estés tan asustada como aparentas. La vida junto
a mí te puede resultar de lo mas fácil y cómoda, siempre que te prestes al tipo
de vida que te corresponde. Debes desechar la idea de conquistarme, para así
librarte de tus obligaciones. He de confesarte, que tengo 25 esposas y por el
momento no deseo otra. Pero si puedo ofrecerte algo si te dignas a ser mi esclava
concubina.


- Señor, he entrado en esta casa a instancias de mis tutores y para serviros.
Pero lo que me pedís, no lo había contemplado.


- No te preocupes, pequeña Nicole. Si aceptas mi proposición, tus problemas
se reducirán ampliamente.


- Señor, eso significa que ¿se vá a acostar conmigo?.


- Nicole. Nada de preguntas. Por ser ésta tu primera vez, te lo explicaré. Debido
a tu situación, tienes dos opciones. La primera, aceptar mi proposición. La
segunda, atenerte a las crudezas del mundo exterior.


- Señor, si acepto la primera, ¿qué me puede suceder?.


- Es muy sencillo. Quedas a mis apetitos y necesidades. Y quizá, en un futuro
próximo te llegue a hacer mi esposa, pero he de decirte que antes de ese momento
habrás pasado por numerosas pruebas de actitud.


- Señor, no creo que tenga opción. Elijo la primera.


- Muy bien pequeña, a partir de este instante eres mi esclava y concubina. Pórtate
bien y obedéceme en todo. Recuerda sobre todo esto último.


Me sentí algo extraña, como si mi vida fuera a cambiar a partir de entonces.
Le seguí fielmente hasta una habitación conjunta, cuando él me lo indicó con
un gesto.


Era una estancia excesivamente rara. Había una gran jaula dorada.


Por explicarlo de alguna manera, parecía la jaula de un pájaro gigante.


Entonces, me cogió del brazo y me condujo hasta la puerta de la misma y me dijo
:


- Nicole, ésta será tu estancia mientras yo liquido asuntos en mi despacho.
Tan sólo he de pedirte una cosa. Sí alguien más estuviera en la estancia conmigo,
tú deberás permanecer en pie, o pasear, pero nunca sentada o tumbada. Y ésto,
es muy importante, de incumplirlo te azotaré personalmente. No creo que me falles.
Ahora entra y acostúmbrate a tu nueva casa.


Entré como alelada a mi nuevo alojamiento. Tan sólo había un poco de paja cerca
de las rejas. Parecía ser mi lecho de dormir. El suelo era de fina arena y era
agradable

al contacto de mis desnudos pies.


La temperatura estaba climatizada en 22 grados permanentes.


Me acosté sin más en aquel lecho natural. La verdad es que estaba lo suficientemente
cómoda como para poder dormir un buen número de horas.


Cuando me quedé sola y las luces se apagaron, pude calmarme un tanto y hasta
conseguí conciliar el sueño.


Me desperté poco a poco. Una suave luz me daba de pleno sobre la cara. Cuando
fuí consciente, observé que se trataba de la luz solar que entraba por uno de
los inmensos

ventanales.


Me desperecé y comencé a estudiar aquella estancia. No tenía sitio donde ocultarme
si aparecía alguien. Entonces recordé las palabras del Amo. Debía permanecer
en pie o caminando ante cualquiera que estuviera en aquella habitación. Esto
me quitaba un problema de la cabeza, aunque me diera pánico imaginar los pensamientos
lascivos que pudieran pasar por las mentes de los visitantes.


Aquella jaula tenía todo lo necesario, incluida una pequeña cabina que estaba
disimulada por la estructura y que hacía las veces de aseo.


El aseo estaba compuesto de una ducha y una taza, todo ello en un metro cuadrado.



Cuando descubrí aquella maravilla, la utilicé en todos sus pormenores. Pero,
después de ducharme me dí cuenta de que no tenía toalla para secarme. Mi cuerpo
se debería secar a la intemperie de aquella habitación.


Ahora, paso a explicaros el cuarto de aseo. La ducha estaba situada tanto en
el techo como en dos alturas distintas de las paredes. Realmente, resultaba
un verdadero placer el poderse lavar de aquella forma. He de añadir, que la
taza estaba regada en cada sesión, pues los orificios de salida del agua quedaban
justos en su vertical. El suelo de

aquel minúsculo cuarto de aseo, era de rejillas metálicas, por lo que el agua
nunca se acumulaba sobre el suelo.


Cuando estaba casi seca, apareció el marqués. Yo, me quedé inmóvil y en pie
hasta que él me indicara como debía proceder.


Se acercó hasta los barrotes de la jaula y me miró detenidamente. Mis cabellos
todavía estaban mojados y largos hilillos de agua se deslizaban por mi desnudez.


Parecía estar entusiasmado por mi estado, tanto, qué se animó y me dijo:


- Nicole. Me alegra el que seas limpia. Además me has dado una alegría y confío
en que se repita al menos una vez al día, siempre que puedas. No obstante, no
sé como estás de vello. Acércate.


Me acerqué algo temerosa hacia él. A medida que su imagen estaba mas cerca de
la mía, un miedo atroz se iba apoderando de mi ser.


Cuando estuve a su lado, mantuve la mirada baja y me dejé inspeccionar de nuevo.
Enseguida, sentí sus dedos recorrer mi tibia desnudez. Y llegando las caricias
a mis axilas, dijo :


- Nicole. Necesitas ser depilada. Es una norma en mi casa el que mis esclavas
estén pulcramente presentables. Y tú, no eres una excepción. Como este menester
lo vas a tener que mantener con cierta asiduidad, te propongo lo siguiente :
Te envío a nuestro centro capilar, para que te anulen el vello superfluo. Tan
sólo, te costaría 500 azotes. ¿Qué decides?.


- Señor. Si es lo que me conviene, acepto.


- Mi querida Nicole, me has sorprendido agradablemente. Por lo que el costo
de tu depilación definitiva, te lo voy a rebajar a 100 azotes. ¿Estarás contenta,
no?


- Señor, le agradezco tal consideración hacia mí.


- De acuerdo. Los prefieres ahora, o bien, cuando esté realizada la depilación.


- Señor. Acataré lo que Ud. decida.


- Bueno, en ese caso, te tomaré ahora. Hasta las 2 de la tarde no espero el
primer invitado.


Abrió la puerta de mi jaula y me indicó el que pasara a un cuarto contiguo.


Avancé desnuda, pero me mantuve erguida, al pasar junto a él. Sabía que lo iba
a pasar mal, pero no tenía otra opción. Además, necesitaba que supiera que todavía
no habían conseguido rebajarme a la categoría mas baja y ruín.


Según me encaminaba a mi nuevo tormento, pensé en el vello superfluo que contenían
ciertas partes de cuerpo. Y llegué a la conclusión de que no era para tanto.
Quizá, se sintió irremisiblemente atraido por mi desnudez y eso le provocó a
producirme una serie de dolores, que a él le parecerían el paraiso del disfrute.


Llegué hasta la sala contigua y entré sin preocuparme en esperarle. Había toda
clase de aparatos. Al llegar junto a unas cadenas que colgaban desde el techo,
me detuve y me volví para mirarle.


Le ví como sonreía y su expresión cambiaba rápidamente. Sus pupilas lo anunciaban
claramente. Iba a ser azotada por el jefe supremo de aquel lugar y desde luego,
no cabía duda, sufriría lo indecible.


A un gesto suyo, elevé los brazos a fín de que pudiera engarzarme los grilletes
en las muñecas. Ya había pasado por semejantes menesteres y aunque nunca eran
agradables, siempre cabía la serenidad de saber que era lo que iba a suceder.


Y en efecto mis muñecas quedaron ancladas.


A continuación tensó las cadenas, por lo que mi cuerpo quedó ligeramente arqueado
y expuesto a cuantas humillaciones y vejaciones quisiera realizar sobre mí.


El tormento no me asustaba en gran medida. Aunque era consciente del dolor que
iba a tener que soportar, ya que 100 azotes subyugan a cualquiera y más viniendo
del propio Amo y Señor de aquellos lugares.


Comenzó con media docena de pequeños latigazos sobre la espalda. La verdad es
que me sentí casi dichosa.


Pero, antes de que me diera cuenta cayeron otros 6 sobre las nalgas, que hicieron
que mis gritos se desparramaran por toda la estancia.


El dolor que me habían producido era tan intenso, que mis gritos salían entrecortados
y temblorosos.


A él, no parecían afectarle mis jadeos, gritos y contorsiones. Más bien, parecía
que le agradaba el ver como se debatía aquel cuerpo desnudo, que era mi persona.


Siguió con nuevas tandas de azotes en cada uno de los lugares mas sensibles
de mi cuerpo.


Consiguió que perdiera el sentido en dos ocasiones, pero en cuanto me hube recobrado,
volvió a la carga con mayor intensidad si cabe.


Cuando me desató, estaba hecha un guiñapo. Me quedé encogida en el suelo. Jadeaba
lenta y entrecortadamente. Unas fuertes laceraciones contorsionaban todo mi
cuerpo y mi cara debía de ser la representación de la angustia total.


Me había azotado todas las partes mas sensibles del cuerpo, en las que incluyó
con especial rigor, mis pechos, interior de los muslos y vagina.


Cuando me fuí serenando, le oí decir :


- Querida Nicole. He de decir que no te has portado mal del todo. Por esta vez
te perdonaré esos gritos tan fuera de lugar. Y te los perdono, porque en breve
estaré de nuevo sobre esa desnudez tuya que me encanta. Ahora levántate y sígueme
hasta los cuartos de servicios.


Me levanté a duras penas y entre gemidos y lágrimas, me aproximé hasta él. Observé
que su mirada, aún era dura, por lo que evité el que se disgustara y me diera
otra serie de azotes, pues todavía portaba en su mano derecha el látigo con
el que me había atormentado.


Me situé a su lado y caminamos en silencio. Mantenía la mirada baja y de vez
en cuando un ligero gemido se escapaba de mi garganta, a la vez que algún temblor
recorría diversas partes de mi cuerpo.


Llegamos hasta unas salas enormes en donde se practicaban las curas y todo tipo
de servicios, incluido el de depilación.


En un momento determinado, alargó su brazo y las tiras de cuero del látigo al
rozar mis senos, hicieron el que detuviera la marcha.


Me volví para mirarle. Y él, con una indicación de sus ojos me indicó el que
me dirigiera a una pequeña estancia que quedaba a mi derecha.


Caminé pués hacia el lugar indicado. Al llegar, no tuve ni que llamar. Unas
rudas manos me cogieron del brazo y me hicieron entrar en aquella estancia.


Habían varias personas, de las cuales 2 eran mujeres y 3 varones, aparte el
que medio me trasportaba. La verdad es que sentía un pequeño dolor en el brazo
por el que me tenía sujeta.


Me condujo hasta el centro de la sala en donde caían dos cadenas con argollas,
separadas entre sí 1,5 m.


Hicieron descender las argollas hasta el suelo y entonces engarzaron mis tobillos.
Luego me hicieron tumbar en el suelo bocarriba. Cuando estuve en la postura
requerida, las cadenas comenzaron a ascender y yo me sentí arrastrada por el
suelo, mientras mis piernas se iban elevando lentamente.


En un instante quedé colgada por los tobillos. Sentía bastante temor, aparte
la sensación de que toda la sangre se me agolpaba en la cara. Mientras mis brazos
colgaban inertes, observé como descubrían del suelo otras dos argollas. En ellas
engarzaron mis muñecas y a continuación tensaron todo el equipo hasta que mi
cuerpo quedó plenamente tenso y sujeto.


Enseguida las dos mujeres, procedieron a aplicarme un spray sobre todas las
zonas castigadas por el látigo. Prácticamente, todo el cuerpo. Y me dejaron
así por espacio de unos minutos. Sentía una gran desazón, debido a que aquella
aplicación me producía grandes escozores y en algunas partes hasta picores.


Uno de los hombres, que aún no había actuado, se acercó a mí y me explicó :


- Pequeña. No debes asustarte tanto. Tan sólo, procedemos a eliminar tus marcas,
a fín de que estés bonita y deseable. Por otra parte, sé que te escuecen las
heridas y hasta sientes picores desagradables, pero has de comprender que es
por tu bien. Nosotros, por otra parte nos deleitamos viéndoos sufrir. Y para
terminar te diré, que con estas aplicaciones en spray, tu cuerpo aguantará mejor
la rabia del látigo, es decir, aparecerán menos marcas en tu cuerpo.


Cuando se retiró de mi lado, levanté un poco la mirada y pude comprobar, que
las marcas comenzaban a extinguirse.


Y antes de que me diera cuenta, pude ver al amo acercarse hasta mí. Me sonrió
y pasó sus manos por mi desnudez.


Le dieron una especie de brocha y un pequeño utensilio. Mojó la brocha y la
sacó de un color amarillento. Y la acercó a mi bello púbico, huntándome aquella
especie de pintura en una pequeña zona. Y así me dejaron hasta que se secó completamente.


A continuación me cubrieron la cabeza con un bolsa de un material extraño, dejándome
cubiertos los ojos, orejas y todo mi cabello.


Enseguida oí unos extraños sonidos y sentí unas raras sensaciones en todo mi
cuerpo. Era como si me estuvieran deshaciendo sin dolor.


Pasados unos minutos de intensa angustia, me quitaron la bolsa que me cubría
la cabeza y comenzó el descenso de las cadenas mientras me desataban las muñecas.


En un instante, estuve en pie, aunque algo mareada. Pero se me pasó en un par
de minutos.


Cuando me vieron restablecida me echaron a los brazos del amo, que me recibió
con firmeza y me hizo caminar fuera de aquella sala.


Según caminaba, miré mi vello púbico. Me quedé sorprendida al poder observar
que tan sólo me habían dejado una minúscula mata de pelo de forma oval.


La verdad es, que quedaba de lo mas sugerente. Pensé enseguida las malas consecuencias
que éllo me podía acarrear, pero no estaba en mi poder el evitarlo.


Seguí caminando hasta las estancias del amo. Una vez dentro, me indicó el que
me dirigiera a mi estancia y que me aseara convenientemente, ya que esperaba
visita dentro de media hora.


Cuando entré en la jaula, el cerró desde afuera y se alejó hasta su gran mesa
del despacho, desde donde podía ver todo lo que hacía. He de decir, que la puerta
no tenía cerradura y por tanto, podría haber intentado escapar en alguna ocasión.


Por mi parte me dirigí a la pequeña cabina. Tenía necesidad de orinar y además
debía apresurarme en asearme, ya que no deseaba el que los invitados me pillaran
dentro de la cabina.




Después de orinar y nada más incorporarme, el agua surgió desde todos los ángulos,
bañándome con agua tibia enjabonada. Me quedé algo perpleja, ya que anteriormente
no había sucedido de aquella manera. Enseguida, el jabón desapareció y comenzó
a salir agua pulverizada con bastante presión, además estaba bastante fría,
lo que hizo que me estremeciera varias veces. Y de repente cesó el agua y comenzó
a salir aire templado y difuso a presión.


Quedé completamente seca en cuestión de 2 minutos, con la excepción de mis cabellos
que quedaron ligeramente húmedos.


Me acerqué hasta la puerta de la jaula y pude verle. Parecía estar leyendo algo
muy profundo.


De repente, escuché un ligero chasquido y un gemido ahogado.


Miré a mi izquierda y pude ver a 3 hombres, que se dirigían hacia donde estaba
el amo. Les acompañaban 3 jóvenes tan desnudas como yo. Sus amos las llevaban
con correas que se sujetaban a un collar que llevaban en el cuello.


Pude localizar a la mujer que había gemido, ya que presentaba una marca rojiza
en su sonrosado cuerpo. Era muy bonita, al igual que sus otras dos compañeras.
Además era algo rolliza y tenía una cara angelical, con sus rubios cabellos
cubriéndola parte de la cara.


El amo que la portaba, colgó el látigo en una de las anillas del collar, mientras
se aproximaban hasta el gran despacho que tenía mi amo.


Miré hacia él y le ví levantarse y aproximarse al grupo. Se abrazaron efusivamente
y luego se dedicó a pasar revista algo despreocupadamente a aquellas jovencitas.
Entonces, a uno de ellos le oí preguntar :


- Querido Armand. ¿Dóde se encuentra esa preciosidad que has adquirido?.


Observé como mi amo, dirigía su mirada hacia mí y decía :


- Nicole. Ven aquí, estos señores desean contemplarte.


No lo dudé un solo instante. Abrí la puerta y me apresuré a acercarme a mi amo.
Entonces, otro de los presentes, hizo la siguiente puntualización :


- Observo, querido Armand, que tu pupila no va provista de amarres. Y ya sabes,
que a nosotros nos gustan las facilidades y no el tener que estar pendientes
de una maldita cuerda. Por tanto, creo necesario el que la adornes adecuadamente.


- Estoy totalmente de acuerdo. La verdad es, que estaba esperando que me aconsejárais
vosotros.


- Creo, que lo mejor será que le pongas algo parecido a lo que llevan las nuestras,
de ese modo serán compatibles las 4, además es curioso que sean dos rubias y
dos morenas.


- De acuerdo, vayamos a la biblioteca y hablemos. Allí la buscaré algo que os
agrade.




Comenzaron a caminar y yo permanecí trás mi amo y al lado de la rubia. Me fijé
en que su mata de vello púbico tenía forma de corazón y que era casi del mismo
tamaño que la mía. Me fijé en las otras dos y comprobé que cada una tenía un
adorno distinto, pero que sus mechones eran de escasas dimensiones.


Llegamos hasta la biblioteca. Entonces cada uno de ellos, engarzó las muñecas
de sus pupilas por las pulseras, a la espalda y las abandonaron en un rincón
de la biblioteca. Todas tenían colgando de su cuello y entre sus pechos un látigo.


Mi amo me hizo un gesto para que le siguiera. Me apresté rápidamente y caminé
trás él, mientras los 3 hombres me seguían a escasa distancia. Me sentí terriblemente
nerviosa, pero procuré el que no se me notara.


Armand, se paró ante un gran armario y abrió las dos puertas. Casi me caigo
de espanto, al contemplar la cantidad de atalajes e instrumentos de tortura
que allí había. No pude por menos, que soltar una ligera exclamación, cosa que
no pasó desapercibida por aquellos seres, que se carcajearon a mi costa.


Me concentré en mirar a mi amo y en esta actitud me descubrió, mientras algunos
manotazos caían sobre diversas partes de mi cuerpo, mientras seguían riéndose.


Se fueron apaciguando poco a poco y entonces Armand, se acercó a uno de ellos
y le dijo :


- Toma Pierre. Tu eres el mas antiguo, debes ponérselo si te place.


- Encantado Armand.


Se situó a mi lado y me rodeó el collar por el cuello. Luego lo cerró entorno
a mi garganta y comprobó el que no me apretara, ni quedara flojo. Y aseguró
el cierre. Procedió de la misma manera con las dos pulseras. Luego cogió una
correa del armario. Era muy fina, pero antes del anclaje, tenía unos 30 cm.
de un material muy espinoso. Y, a fín de que pudiera notar el efecto, me la
restregó suavemente por los pechos.


A pesar de mi esfuerzo, no pude menos que contorsionarme ante aquellas malditas
sensaciones. Entonces Pierre, se acercó de nuevo al armario y trás titubear
un poco, cogió un látigo de unos 60 cm. de largo, quedando dividido en tres
partes; 15 cm. de mango, 15 cm. de cuero trenzado y 30 cm. con 3 tiras finísimas
y del mismo material que la correa.


Lo dejó caer a lo largo de mi cuerpo. Y de nuevo tuve aquella extraña sensación.
Pero esta vez, pude contenerme. Luego, sin más, me entregó a Armand.


Ví como éste sonreía y cogiendo la correa, la cimbreó golpeándome en los pechos,
a fín de que caminara. Me condujo junto a las otras tres y trás atarme las manos
atrás por las pulseras, se reunió con sus amigos.


Mis compañeras me miraban con curiosidad. Había una profunda tristeza en sus
miradas. La rubia, tenía como perdida la mirada.


Pensé para mi interior, las salvajadas que habrían ya padecido para que estuvieran
tan innermes.


En un instante y entre risas y pequeñas gesticulaciones se fueron acercando
a nosotras. No sabía que nos depararían las siguientes horas. Pero desde luego,
nada bueno debía de ser, al ver las caras de mis 3 compañeras. Se habían puesto
algo mas rígidas que hacía unos momentos.


Cada uno de los hombres se ocupó de su pupila. Armand, cogió la correa y la
cimbreó hasta que un par de golpes me acertaron en los pechos, luego tiró de
la correa, obligándome a caminar.


Descendimos hasta la planta baja, en donde se encontraba un enorme salón. He
de decir, que las cuatro seguíamos con las manos ancladas a la espalda.


Armand, se acercó a mí y desenganchando de mi collar el látigo, lo cogió y lo
hizo restallar en el aire a pocos cm. de mis pechos.


Entramos en el gran salón, sin preocuparnos de las doncellas que por allí pululaban.
Había unas 12. Todas ellas rubias y de cara angelical. Vestían un corto y finísimo
traje de seda de color rosa. Llevaban diversos adornos en brazos y muñecas.
Y por último, iban descalzas. La verdad, es que se agradecía andar así por aquel
parquet tan pulido y brillante.


No nos prestaron la mas mínima atención, Era como si fuéramos vestidas y acompañáramos
a aquellos varones.


La mesa era octogonal, de forma que cada persona ocupaba un lado, incluidas
nosotras que nos sentaríamos a la derecha de nuestro amo.


Las sillas de ellos eran majestuosas y confortables. A nosotras nos tenían preparadas
unas banquetas de madera sin respaldo. Además las banquetas habían sido sujetadas
al suelo, a fín de que no estuviéramos cerca de la mesa y además el mantel hacía
unas ondulaciones hacia el tablero en cada uno de nuestros puestos, con lo cual
estábamos desnudas y a merced de las miradas y demás actos a los que nos quisieran
someter.


Armand, fué el primero de los cuatro, que ancló el látigo en la anilla trasera
de mi collar. Los demás se aprestaron a imitarle.


Me enteraría con el paso del tiempo, que aquello era una especie de tradición
entre todos los comensales. Se trataba de, que si alguien deseaba dar unos azotes
a una hembra, no tuviera que perder el tiempo buscando un látigo entre los asistentes.
Lo desenganchaba de la pupila y podía asestarla hasta 10 latigazos consecutivos,
mientras la hembra permanecía sentada, o bien, la indicaba que le siguiera a
cualquier lugar a la vista de todos y de esa forma, podía engancharla a una
columna y azotarla hasta 25 veces consecutivas en cualquier lugar del cuerpo.


Me sentía extraña y algo molesta al tener que soportar, aquel cuero espinoso
en mi espalda, que a cada movimiento me hacía desesperar de desasosiego.


Armand, se levantó de la mesa y salió al exterior. Tardó un par de minutos en
volver. Al pasar junto a la joven rubia, se detuvo y desenganchando el látigo
de su collar, la dió 10 fuertes latigazos en la espalda y ambos costados, entre
los jadeos y reprimidos gemidos de la joven.


Luego, volvió a enganchar el látigo en el collar y se sentó a mi lado, mirándola
descaradamente.


Observé los esfuerzos que hacía la pobre para no gritar de dolor. Su respiración
era entrecortada y varias lágrimas surcaban sus mejillas.


Me sentía extrañamente nerviosa, ya que a partir de aquel instante, cualquiera
de los varones podría levantarse y apoderarse de alguna de nosotras y azotarnos
con total impunidad.


El varón que tenía a mi derecha era algo mas nervioso que el resto del grupo
y por tanto me sentía en tensión constante, pues ya en un par de ocasiones me
había manoseado ligeramente, aunque sin excederse. Pero a su pupila no la dejaba
casi tomar aliento. Era una hembra de tez morena, pelo corto y formas de lo
mas sugerentes. Debía medir cerca de 1,80 m., pero esa altura era ideal para
su amo, ya que éste era el mas alto del grupo, con 2,15 m. y una amplia musculatura.



Por mi parte, me veía ridícula a su lado, ya que mi estatura era inferior en
medio metro a la suya. Realmente era la mas baja de todo el grupo, aunque la
otra rubia tan sólo me sacaba 5 cm. aproximadamente. Y la otra morena, estaba
a caballo de sus dos antiguas camaradas.


Cuando nos habían colocado en nuestros asientos, Armand me había susurrado,
el que no despegara mis manos de la mesa, salvo que alguien lo hiciera.


De esta manera, cuando la mano del varón que tenía a mi derecha se aproximaba
a mí, me mantenía erguida y me dejaba hacer, ya que de intentar evitarlo, sería
cruelmente castigada.


Por tanto, nos trataban de las formas mas viles y humillantes, mientras nosotras
permanecíamos impasibles.


El varón que tenía a mi derecha, se levantó y se situó a mi espalda.


No me atreví a mirar hacia atrás, pero un sudor frío se apoderó de mí, a la
vez que sentía los músculos agarrotados. Parecía inminente el que fuera azotada.


Pero los segundos transcurrieron limpiamente y de nuevo, observé como aquel
ser gigantesco se sentaba a mi lado.


No podía dar crédito a cuanto había sucedido. Y a pesar de haber transcurrido
todo a mi favor, el temblor persistía en todo mi cuerpo.


Miré a Armand de reojo y observé el que parecía disfrutar de lo lindo con mi
estado de nervios.


El varón que tenía a mi derecha, seguía trasteando con mi cuerpo. He de decir
que me tenía martirizado el costado y el seno derecho, ya que de alguna manera,
me atizaba un pellizco o me pinchaba ligeramente con algo punzante. Pero hacía
lo mismo con su pupila.


En un momento determinado, asió mi mano derecha y me la ancló al collar, en
la nuca, por lo quedé desprotegida totalmente de sus accesos.


Comencé a sentirme mas inquieta de lo normal. Mi respiración se hizo algo mas
densa y profunda. Sabía que todas las miradas estaban puestas en mí y ésto me
hacía estremecer de miedo y angustia.


Sentí como todo mi cuerpo parecía querer impulsarse hacia afuera de la mesa.
Me dominaba como podía, pero como el varón que tenía a mi derecha, había aprovechado
la ocasión para sobetearme con mayor descaro, al tener anclada mi muñeca en
el collarín, no pude por menos que mover la otra mano en auxilio de mi costado
derecho.


Cuando me dí cuenta de mi torpeza, era demasiado tarde. Armand, se había levantado
y vociferando fuertemente, me abofeteó repetidas veces. En breves segundos me
cogió de los cabellos y me levantó de la silla medio en volandas.


Le seguí como pude, dando traspiés, mientras él seguía gritando y pegándome.
Me llevó hasta el centro de la sala y me engarzó la muñeca izquierda en el collarín.
Luego desenganchó el látigo y situándose ante mí, me lo descargó repetidas veces
en el vientre y los muslos.


Como ya nada tenía que perder, me permití el lujo de poder gritar del dolor
que me causaban los azotes.


A cada azote mi cuerpo se contorsionaba al tiempo en que un alarido se escapaba
de mi garganta.


Cuando terminó de azotarme, me cogió de nuevo de los cabellos y me condujo de
regreso a mi asiento, colgando el látigo en una de las anillas del collar.


Observé como todas las miradas estaban puestas en mí, mientras mis lágrimas
resbalaban por mis mejillas.


El varón que tenía a mi derecha, no se apiadó lo mas mínimo de mi estado de
ánimo y me zarandeó los dos senos sádicamente.


Ahora ya no podía eludirle, pero por otra parte me sentía algo menos violenta,
ya que al no poder utilizar mis manos, debía dejarme hacer.


La cena prosiguió entre risas, guasas y bromas, por parte de ellos hacia nosotras
y principalmente hacia mí.


He de decir, que tan sólo cené lo que mi amo quiso ponerme en la boca y lo que
aquel miserable que tenía a mi derecha, me estampanaba en la cara.


Estaba toda sucia y churretosa, pero éso a ellos parecía divertirles en gran
medida.


Gustav, que así se llamaba aquel ser gigantesco, me puso varias veces la copa
de vino en los labios, pero la volcaba de golpe y el líquido se desparramaba
por toda mi cara, chorreando por todo el cuerpo. No obstante, conseguía beber
algo, que me aliviaba de aquella maldita tensión e incertidumbre.


Sabía, que en breves momentos se meterían mas a fondo conmigo, pues a cada minuto
que pasaba, se hacían mas violentos los actos contra mi ser.


Cuando la cena terminó, Armand se levantó y anunció :


- Creo que es llegada la hora de pasar a la biblioteca. Allí podremos saborear
algún licor y divertirnos con estas zorras. Además, he convertido una parte
de la misma y podremos adecentar a esta puerca, lo suficiente como para podernos
acercar a ella sin ponernos perdidos de restos de comida.


Todos se levantaron y tiraron de cada una de sus pupilas. Armand se encargó
de mí con malos modos, que me aterrorizaron mas de lo que ya estaba.


Llegamos hasta biblioteca y al entrar, pude contemplar el lujo que reinaba en
aquella estancia. Había una gran puerta dorada de hierro labrado, que me impresionó
por su belleza.


Mientras las jovencitas, eran atadas en diversas columnas, yo era conducida
hasta aquella enorme puerta. Parecía muy pesada, pero Armand la empujó y la
puerta se abrió suavemente.


Cuando ví lo que allí había me entró una flojera en las piernas, que dejaron
de aguantarme y caí de rodillas al suelo. Las manos de Gustav, se encargaron
de ponerme de nuevo en pie, mientras Pierre, me asestaba varios azotes con una
fusta en las nalgas.


El dolor fue tan imprevisto, que me hizo reaccionar y me mantuve en pie, aunque
igual de asustada que hacía unos instantes.


Se trataba de un aparato formado por una enorme rueda giratoria. La mitad de
la misma estaba sumergida en una gran piscina, en la que se veían unos rudos
cepillos en el fondo y que rozaban contra la rueda. En el arco superior y dentro
de la rueda había otros rudos cepillos, que también rozaban el arco de la misma.


La rueda estaba formada por dos círculos separados 40 cm. entre sí y varios
pares de anclajes.


No había conseguido pensar en que consistiría el suplicio, cuando las manos
de Pierre y Gustav se apoderaron de mí y trás desenganchar mis manos del collarín,
me condujeron hasta la piscina en donde me hicieron entrar.


El agua me cubrió hasta la altura de los pechos, estaba bastante caliente, pero
se podía soportar.


Enseguida, engarzaron cada una de mis muñecas en un anclaje de cada aro de la
rueda. Luego la rueda comenzó a moverse lentamente hasta que los cepillos interiores
sujetaron mi espalda, casi en la horizontal.


Cuando estuve en esta posición procedieron a colocarme unos grilletes en cada
uno de los tobillos, tensando a continuación ligeramente los mismos.


Por último, volví a descender hasta la posición inicial y el otro hombre que
se llamaba René, me colocó un casco de un metal muy ligero y con