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Joven y Borracha Confesiones

 

Se
te va la mano con los cubatas, sientes cómo la mirada se te nubla, piensas
con lentitud y una sonrisa se instala en tu cara para no marcharse. Estás
borracha, y es en ese momento cuando haces cosas que no harías sobria,
verdaderas locuras dignas de ser recordadas y relatadas. ¿Te suena?



Llegamos al parque donde suele reunirse una verdadera multitud de jóvenes cada
fin de semana para hartarse a beber y luego encaminarse a la zona cercana de
pubs. Lo cierto es que últimamente hay menos gente. Hay miedo respecto a la
ley anti-botellón pero todavía aguantan numerosos grupos de adolescentes que
no tememos las represalias o, simplemente, no se creen el rollo aquel de las
multas.

El grupo se colocó en su lugar de siempre, en un lugar un poco apartado de la
explanada, al lado de un par de árboles robustos (quizá centenarios, quién sabe?).
Los que cargaban con las bolsas, las dejaron en el suelo y comenzaron a repartirse
los vasos de plástico. El ritual de abrir las botellas comenzó en pocos segundos.
Ruth y Sheila se hicieron dueñas rápidamente de la botella de Cutty Shark. En
los últimos fines de semana se han aficionado al whisky de manera asombrosa.
Todo comenzó como una absurda apuesta de dar tragos a "palo seco" y lo cierto
es que acabaron con un pedo monumental, prácticamente no podían sostenerse en
pie. Pero aquello les moló y repitieron (con un poco más de moderación, por
supuesto, tampoco es plan de pillar un coma etílico). Así que han abandonado
su clásico malibú con piña por el whisky con limón. Ya somos legión los que
bebemos whisky...

Los primeros cubatas fueron cayendo relativamente rápidos. Siempre ocurre así.
Luego quedan los valientes que son los que apuran el culo de las botellas. Los
valientes o los más alcohólicos. De vez en cuando surge algún juego espontáneo,
casi siempre chorradas que no son más que una mera excusa para buscar el roce
entre los miembros del grupo. Aquella noche, se le ocurrió al lumbreras de turno
irse pasando un hielo de boca en boca. Era la enésima vez que jugábamos a aquello,
pero a nadie le desagradaba. Por supuesto, la homogeneidad de sexos del grupo
ayuda a ello, imagínense si no un grupo formado sólo por hombres o mujeres,
menuda gracia no? El caso es que según se iba haciendo más pequeño el hielo,
el ambiente se caldeaba, las lenguas empezaban a tocarse y el roce era más evidente.
Demasiado evidente para haber comenzado hacía apenas 15 minutos, de modo que
en un par de rondas se dio el juego por terminado. Los chistes (fundamentalmente
verdes) fueron haciendo acto de presencia para ocupar el vacío dejado por el
juego. Carcajadas por parte de ellos y risitas nerviosas en alguna de las féminas
(ya fuera por el morbo de lo que contara el chiste o porque les había recordado
alguna experiencia pasada) contribuían al bullicio de la noche.

Un par de chicos ajenos al grupo se acercaron tímidamente para entablar conversación
con alguna de las chicas. Desde luego, imponía que no fuera un grupo de solo
chicas, pero el alcohol rompe barreras. Ángela era quizá la más interesada en
los "foráneos". Había roto recientemente con alguien del grupo (Jesús, que esa
noche no había salido) y no le apetecía seguir creando mal rollo en la pandilla,
así que sólo quería tema con gente ajena al grupo de amigos.

Fue mientras Ángela coqueteaba con los dos desconocidos, cuando Iván se comenzó
a acercar a mí. Llevábamos un par de semanas con un tira y afloja, que aunque
parecía que ambos queríamos, no terminábamos de enrollarnos. Besitos, caricias,
alguna mano suelta, pero todo en plan broma. Se acercó sonriente a mí con el
vaso en una mano y extendiendo la otra para rodearme la cintura, abrazándome
y situándose detrás de mí. Yo, que ya comenzaba a notar los efluvios del alcohol,
le dejé juguetear conmigo, de tal forma que se dedicó a darme pequeños besos
por el cuello o en la oreja.

– Qué guapa estás hoy, Ana. Estás para comerte!

Y me dio un pequeño mordisco en la oreja, corroborando su afirmación y haciéndome
soltar una carcajada. Ruth se agachó delante nuestro para recargar su vaso y
echarse un par de hielos, de forma que un bonito tanga semitransparente y estampado
con colores de leopardo. Por encima, un tatuaje tribal adornaba la parte baja
de su espalda. Pude notar cómo Iván se fijaba en lo mismo que yo. Eso, unido
a un pequeño vaivén que hice con las caderas y que pusieron mi culito respingón
apretado contra su entrepierna, me hicieron notar sus cualidades.

– Ruth, guapa, súbete los pantalones que Iván se está dando un festín.

Ruth se giró sonriendo y, enseñando la lengua, respondió:

– Déjale que fantasee con lo que no va a catar.

Y, dándose la vuelta, se dio una palmada en el culo, apretando una nalga. La
verdad es que Ruth tiene un tipito realmente envidiable, y además sabe lucirlo.
Aquellos pantalones negros y ajustados de talle bajo acentuaban sus curvas y
le hacían un culo muy apetecible. Tenía, como añadido, dos pechos muy bien puestos,
de un tamaño idóneo, como habían recalcado ya varios chicos. Esa noche, una
camiseta de tirantes blanca transparentaba adrede el sujetador negro que reafirmaba
sus bellos pechos. Una cara guapa y sonriente, junto a su carácter dicharachero
y morboso, la convertían en uno de los bocados más deseados de nuestra pandilla.

Iván volvió a dedicarse a hacerme cariñitos, mientras yo permanecía con mi culo
perfectamente encajado en su entrepierna, sintiendo su entusiasmo. Su mano izquierda,
que era la que me abrazaba por la cintura, también me acariciaba suavemente,
incluso un par de dedos se deslizaban por el borde del pantalón, haciendo hueco
y rozando la goma de mi tanga. Sentí entonces un tremendo escalofrío cuando
posó un hielo en mi nuca. Lo retiró de inmediato para lamer el agüilla que había
dejado, pero a los pocos segundos volvió a repetir la operación en otro punto
de espalda. Aparte de unos ajustados pantalones blancos, llevaba una camiseta
de tirantes que dejaba buena parte de mi espalda al descubierto incluyendo,
por supuesto, el tatuaje de un kanji japonés que lucía en la parte posterior
del hombro izquierdo, y sobre el cual también realizó el mismo jueguecito del
hielo. Ya estaba casi acostumbrada a los cambios de temperatura cuando, pasando
la mano izquierda por debajo de mi brazo, situó un hielo en mi escote. El susto
no fue poco y solté un buen grito. El hielo cayó de sus dedos y se quedó trabado
en mi canalillo. Todo el grupo presenció, entre carcajadas, cómo sacaba el reducido
cubito de entre mis tetas, que ahora estaban ligeramente mojadas por culpa del
dichoso hielo.

– Todavía tengo que pasar la lengua por donde ha pasado el hielo, ése es el
juego...

Me susurró al oído Iván. Yo reí ante su ocurrencia y negué con la cabeza.

– Ni lo sueñes, está todo el mundo mirándonos.

– Como quieras, pero puedes arrepentirte...

Volví a reír con sus palabras. Con el frío del hielo (y quizá con algo de mi
excitación, que no era poca), los pezones se me habían puesto lo suficientemente
duros como para notarse levemente a través de la camiseta, fundamentalmente
por no llevar sujetador. No me costó darme cuenta de ello cuando vi como Emilio
y Álex babeaban mirándome tetas. Ambos son unos chicos muy majos, pero que por
alguna extraña razón no se han comido nunca un rosco. Les falta iniciativa,
supongo.

Pero a Iván no le faltaba iniciativa ni desparpajo. Al cabo de tan solo un minuto,
volví a sentir el frío del agua congelada, esta vez por la parte baja de mi
espalda, lidiando con el borde de los pantalones. Esto me hizo moverme ligeramente,
restregándome un poco más contra él. Continuó el camino con el pequeño cubito,
sin detenerse, bordeando mis caderas, pasando a la zona de delante, avanzando
bajo mi ombligo, que lucía un bonito piercing plateado, y haciendo círculos
alrededor suyo. El hielo se fundió en sus manos, que siguieron acariciándome
por la zona, volviendo a intentar hacer una incursión bajo mis pantalones, pero
retirándose tras unos instantes. Otro hielo más...

El lento juego me estaba encendiendo y doy fe de que él también estaba excitado
derritiendo hielos por mi cuerpo. Volvió a mis tetas, deslizando el hielito
por todo mi escote, por mi cuello y, cuando ya estaba casi deshecho del todo,
lo alojó en el interior del canalillo, dejando que se deshiciera allí por completo.
La piel se me erizó por completo, mi sensibilidad estaba por las nubes y el
alcohol me había dejado en un punto en el que mi desinhibición era casi total.
Más besitos en el cuello mientras buscaba otro cuadradito helado para derretir
sobre mí. Pero antes de ello, me sorprende ver cómo quita el primer botón de
mis pantalones. En tono de casi enfado, intentó reprocharle:

– Iván...

Pero hace caso omiso a mis protestas y pronto noto el hielito discurrir por
mi vientre, bajando cada vez más, llegando al borde del tanguita rosa. Y su
mano hace hueco y se mete entre mis pantalones, llevando consigo el hielo, que
termina fundiéndose y mojando el tanga.

– Estás tan caliente que se ha evaporado el hielo.

Vuelve a susurrarme tras de mí. Su mano permanece entre mis piernas. Sólo la
delgada tela rosa con puntitos de purpurina la separa de mi chochito. La siento
apretada, aferrada a mis bajos. Me muevo ligeramente y suspiro pesadamente.
La presión es casi tan provocadora como si estuviera moviendo su mano a gran
velocidad. Si antes nos miraban algunos, creo que ahora nadie se está perdiendo
la situación, expectantes de ver hasta dónde vamos a llegar. Él sigue, terco,
con su mano posada sobre mi pubis. Giró la cabeza y me encuentro con su boca.
Nos besamos. Nuestras lenguas se enfrentan después de muchos flirteos que habían
acabado en nada. Sí, finalmente, tras varias semanas de tonteo, nos estábamos
enrollando. Notó su otra mano abrazarme y apoderarse de mi pecho derecho, que
aprieta, elevándolo. Mis pezones ahora ya se marcan claramente en mi top. La
mano que estaba en mi conejito cobra vida, y siento cómo el dedo índice se desliza
de arriba abajo por mi rajita, introduciendo levemente la tela en su interior.
Mis manos le abrazan por detrás de alguna forma que no alcanzo a recordar, tocando
su culo. Y al tiempo, su polla palpitando entre mis nalgas... qué sucesión de
sensaciones, estaba extasiada!

La escena se precipita y no recuerdo muy bien cómo, pero Iván se saca la polla
de sus pantalones y, oculto a las curiosas y morbosas miradas de toda la peña,
la sitúa entre los cachetes de mi culo. Su efecto es como el de los hielos.
Un escalofrío me recorre el cuerpo desde los pies a la cabeza y yo misma me
froto contra él. Tiene la verga apoyada en el hueco de mis nalgas, incluso por
debajo de la fina tira posterior y el triangulito del tanga, en contacto directo
con mi tersa piel. Manoteo y alcanzo a rozársela en varios intentos. Termino
dándome la vuelta, quedando cara a cara. Nos miramos a los ojos fijamente, el
ambiente es tenso y muy caldeado, saltan chispas de excitación. Ninguno baja
la mirada. Finalmente, cierra los ojos cuando siente mis manos sobre su polla.

Voces apagadas llegan a mis oídos, comentarios que ignoro gracias a las ingentes
cantidades de alcohol que corren por mis venas.

"Se la está meneando"

"Menudo pajote"

"No me lo puedo creer"

"Pero qué g..."

Palabras vacías de significado que flotan en el aire y se pierden en la inmensidad
de la noche, para beneficio de mi amigo. Exclamaciones y silbidos se suceden
cuando me agacho delante suya, quedándome en cuclillas, y meto su dura verga
adolescente en mi boca. Iván se vanagloria de haber recibido la mamada conjunta
de Ruth y Silvia, cosa que ninguna de las dos ha llegado a negar nunca, y quien
calla otorga... Sin embargo, aquella era una situación razonablemente distinta,
aunque sólo fuera por los más de treinta ojos que estaban fijos en nosotros.

Me esforzaba en la mamada, testigos hay, pero Iván se mantenía firme como una
roca, si bien algunos afirman que su cara era todo un poema y que estaba permanentemente
al filo del orgasmo. Pero hay gente que no sólo no tienen miedo escénico, sino
que se crece ante el público. Mi lengua juguetona sobre el capullo descubierto,
mis manos que no paraban de tocar sus huevos o de pajearle cuando la sacaba
para tomar aire y las succiones sobre su fresón, parecían no ser suficientes.
La sacaba de mi boca y pasaba mi mano velozmente por todo su tronco impregnado
de saliva, volvía a meterla dentro y chupaba con fruición, como si fuera un
chupa-chups, y mi lengua retozaba gustosa por doquier. Y no aguantó.

Se corrió en mi boca. Su semen goteaba por mis labios y sus trallazos fueron
a parar a mi pelo castaño y mi mejilla izquierda, amén de mis tetas, por cuyo
canalillo se deslizaba buena parte del semen que caía. Momentos de indecisión
y de relax para él. Yo, con una sonrisa en la boca, casi parecía no percatarme
de que tenía la cara embadurnada de esperma. El público no sabía si aplaudir
o callar, pero los comentarios se sucedían. Algunos ya habían comenzado a pasar
un poco del tema, observaban curiosos el final feliz sobre mis pómulos. Iván
se apoyó sobre un árbol cercano, recuperándose de la tremenda corrida gracias
a mi felación. Y yo permanecía de cuclillas, sonriente y mirándole a los ojos,
esperando su reacción. Sonrió:

– Genial, Anita, eres acojonante...

Respiró hondo y se acercó a mi. Me tomó de las manos y me hizo incorporarme.
Nuestras bocas se fundieron en un apabullante morreo. No le importó siquiera
la pringue de su leche sobre mis mejillas. Cuando por fin nos separamos, mis
pantalones habían sido bajados hasta medio muslo. Mi culo era una panorámica
para todos los que presenciaban la mayor locura ocurrida por aquellos lares.
Me acercó a un banco que estaba a nuestro lado y me hizo sentar allí. Bajó mis
pantalones por debajo de la rodilla y mi tanga a continuación. Mi coñito con
un pequeño mechón vertical de pelo negro fue objetivo de todas las miradas.
Iván, tras unos segundos de degustación visual, acercó su cara a mi conejito
y, tras comprobar con sus dedos que estaba bien mojadita, abrió mis labios para
introducir su lengua y paladear mis jugos. Besitos por aquí, mordisquitos por
allá. Un dedo dentro y su lengua viciosa moviéndose por todas partes. Nada más
descubrir mi botoncito, se dirige raudo a por él. No me da tregua, no puedo
dejar de gemir ante los continuos embates de su lengua en mi clítoris, y un
dedo me penetra regularmente, palpando el interior de mi vagina.

En un corto descanso, le miro con cara de lujuria, él muestra una amplia sonrisa,
la misma que yo le he otorgado hace unos minutos mientras era yo quien se la
chupaba a él. Me acaricia el perineo y estira mis labios. Un dedo otea mi agujero
posterior y de nuevo su lengua entra en contacto con el punto más delicado de
mi cuerpo. Entre jadeos y gemidos, terminó en un brutal orgasmo. Escucho vítores
y aplausos, desconozco su procedencia. Apenas recuerdo donde estoy, menos aún
que estamos rodeados de un montón de gente.

Alguien se acerca, le da algo a mi lamedor personal y le dice algo al oído.
Me enseña lo que acaba de recibir.

– Mmm, sí, a qué esperas?

Es lo único que sale de mi (aparte del montón de fluido que he estado chorreando
sobre su cara). Rasga el envoltorio y se va colocando la goma. Yo, todavía en
mi nube, me limito a quitarme los zapatos con facilidad y terminar de sacarme
los pantalones y las bragas. Apenas me da tiempo e Iván toma una de mis piernas
y la levanta. Se acerca con la polla firme y la sitúa sobre mi conejito. Me
da unos golpecitos, como si de avisos se tratara, y entonces comienza a empujar.
Mi vagina se abre a su paso, adaptándose a su verga como un guante. Llega hasta
el fondo y aguanta unos segundos. La saca lentamente y repite el proceso. Me
estoy muriendo de placer, estoy en el séptimo cielo. Va acelerando el ritmo
poco a poco, va tomando confianza. Su polla entra y sale de mí arrancándome
gemidos de placer. Me levanta en vilo, me sujeto con los brazos a su cuello
y me hace botar sobre él. Aquello es increíble, creo que me viene otro orgasmo.
Sí, ya viene, está apunto, pero se detiene. Exhausto por soportar mi peso, se
sienta en el banco, conmigo encimar. Sin esperar la señal, comienzo a galopar
encima suyo, buscando el orgasmo que acabo de perder. Mis gemidos son ya auténticos
y desgarradores gritos.

Despeinada y alocada me voy acercando otra vez al orgasmo, llegó y lo cojo para
mí, todo para mí. Me corro estruendosamente y me relajo sobre su pecho. Noto
mis pechos aplastarse sobre él y los escasos pelillos de su tórax me hacen cosquillas
sobre los pezones. Apenas medio minuto de goce mientras sigo percibiendo las
palpitaciones de su miembro en mi interior. Comienza a moverse pesadamente,
reanudando la acción. Me tumba sobre el banco de madera y queda encima mío,
en un clásico misionero, pero en una situación no tan clásica. Se mueve ahora
con rapidez. Su respiración acelerada llega hasta a mí. Él también se apresura
a obtener un riquísimo premio. Una penetración profunda y se detiene, en tensión.
La saco apenas un par de centímetros y vuelve a meterla hasta dentro con fuerza.
Pequeños gemidos se le escapan de la boca. Su miembro tiembla en mi interior.
Si no hubiéramos usado condón estaría en ese mismo momento esparciendo todo
su esperma caliente por mi interior, bañándome también por dentro.

Me da un pico y me besa tiernamente. Esparce besitos cariñosos por mi cara,
mi cuello y mis tetas. Se separa de mi y observo el preservativo lleno de semen.
Se lo quita ceremoniosamente y hace un nudo con él. Yo permanezco tumbada sobre
el incómodo banco, ajena a todos. Sólo existimos él y yo. Siento mi chochito
calentito pero relajado, húmedo pero saciado. Acerco una mano para acariciarlo
levemente.

Iván me tiende mi propia ropa y me visto lentamente. Alguien acerca una botella
de agua con la que lavar mi pelo y eliminar los rastros de leche que permanecen
pegados a él y a mi cara. Finalmente, la peña vuelve a la calma, a sus quehaceres,
a sus charlas y a sus chistes, pero sobre todo a comentar la jugada. Iván y
yo nos quedamos allí sentados, abrazados y besándonos.

Cuando finalmente nuestros amigos dijeron que levantaban el campamento y se
iban a algún local a seguir la noche, nosotros anunciamos que nos íbamos a casa.
No necesitábamos ya más, la noche había sido lo suficientemente satisfactoria
para los dos.

El resacón del día siguiente y las varias semanas de burlas (hasta que volvió
a suceder algo similar), fueron el precio a pagar por semejante locura.
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