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Noche de verano Confesiones

 

Un
joven rememora sus experiencias con su novia adolescente, y decide ir más
allá consumando la violación de un niño.





Era la una de la mañana y la verbena languidecía. La orquesta tocaba ya sin
ganas las canciones de siempre y estábamos nosotros tres cerca de los altavoces,
mi novia Marta, Agustín y yo, cuando le vi.

Era un niño de unos nueve años, de pelo moreno y tez blanquecina sobre todo
a la luz de los focos. Sus amigos, más mayores pero poco más, le pasaban la
botella de vez en cuando y él echaba tragos cada vez más largos. Le perdí de
vista porque se alejó hacia las barracas. Marta estaba caliente aquella noche.
Yo se lo notaba en que no paraba de fumar sus cigarrillos, y de mirame a mí
y a mi paquete, y también a Agustín.

Agustín era mi primo, un año mayor que yo (22 años), tímido con las mujeres
aquel verano no había pillado ni mucho ni poco, y se le notaba desesperado,
pero ni por esas se daba cuenta de lo de Marta, que le miraba con la boca entreabierta.
Me aburría. El resto de los amigos se habían marchado quién sabe a dónde, pero
no les veíamos, así que decidí apostar fuerte.

Les pregunté si les hacía un porro debajo del escenario y allí nos fuimos los
tres, también para escapar de la música, cuidando que nadie se diera cuenta
de nuestra maniobra. Fue fácil: la mayor parte de la gente estaba en los bares
o perdidos entre las casas, o ya durmiendo. Nos sentamos al fondo -a unos metros
estaba el bosque- y nuestras cabezas no tocaban la madera de arriba, por lo
que estábamos cómodos, Marta entre nosotros dos. Aquello era la boca del lobo.
Fui yo quien lo lié y hablamos de cosas intrascendente mientras lo fumábamos.
Al terminar, también yo ya un poco caliente, me bajé un poco de los pantalones
y me la saqué y después agarré a Marta de los pelos e hice bajar su cabeza hasta
la punta. Su respiración se agitó. Se veían las piernas de la gente allá a pocos
metros y los gritos y las conversaciones y la música arriba.

Primero me la besó varias veces y después comenzó a subir y a bajar con la lengua,
mojándomela de saliva hasta el pelo. Miré a mi primo, que hacía por irse, pero
le hice un gesto de que esperara y coloqué a Marta a cuatro patas y le bajé
los pantalones hasta las rodillas. Mi primo se agachó y comenzó a trabajársela
con la lengua, y Marta empezó a gemir mientras le daba un repaso a mi polla.
Le comencé a sobar las tetas (las tenía pequeñas, pero resultonas), por encima
del jersey. No tenía sujetador y le pelliqué los pezones hasta que emitió un
gritito. Hasta entonces todo había sucedido en completo silencio allá debajo
de las tablas.

Mi primo tenía la cabeza metida entre sus nalgas y la movía hacia los lados.
Supuse que le mordía los labios. Eso a ella le encantaba, como que yo le levantase
la cabeza, le mirase a los ojos y se la metiera hasta la garganta, hasta que
se atragantara. Pero Marta había aprendido conmigo en todos aquellos años y
no lo hizo. Cuando la conocí era sólo una adolescente de ojos verdes a la que
deseaba tirarse todo nuestro pequeño pueblo, desde el alcalde hasta el último
palurdo.

Era su primer verano allí, sus padres había comprado la casa que había dejado
los Sánchez, de los que ya hablaré en otra ocasión. Como sólo nos veíamos en
verano, las relaciones eran cortas y explosivas, y siempre beneficiosas para
todos. A las dos semanas, todos estaban más o menos emparejados, excepto Marta
y yo. Se había ganado fama de trozo de hielo, pero yo sabía y sé que los hielos
al final siempre se derriten. Así que me la trabajé concienzudamente, con plan
de maniobras y todo, en plan estrategia de Napoleón.

Había visto como rechazaba a todos los amigos que la entraban en plan bestia,
que era como se hacían las cosas allí. La había visto leer tumbada en le jardín
libros gordos como Zeppelines, y conocía su manera de hablar dulce y culta.
Así que cogí un par de libros de poesía y plagié de aquí y de allí, un poco
de todos sitios, hasta quedar conforme. Una noche piqué en su ventana, sus padres
ya estaban acostados, y al verla abrir con el camison transparentando su cuerpecito
virginal, me dieron ganas de entrar a sangre y fuego y violarla allí mismo,
pero me contuve y le di el poema sólo diciéndole "Es para ti. Te espero mañana
a las diez en la Musaraña".

Después me alejé hasta mi casa. La Musaraña era una playita medio oculta a la
que sólo se podía acceder nadando un buen trecho contra la corriente del río,
pues detrás estaba protegida por un pequeño acantilado y, más allá, por un denso
bosque. Además buena parte de ella no se divisa desde la otra orilla ni desde
ningún otro sitio En la Musaraña se han perdido un buen montón de virginidades,
incluyendo la mía (con una Sánchez, ya contaré). Llegué a las nueve y media,
temblando como un flan y no sólo por el frío. Esperé pacientemente, pero la
excitación no se pasó. Cuando ya no podía más me hice una paja, rezando para
no llegara justo en ese momento, con su imagen en camisón en mi cabeza.

A mí los camisones me excitan más que los bikinis, sobre todo si bajos los camisones
no se lleva nada, lo que era el caso, y hay una lámpara encendida justo detrás,
justo en el sitio oportuno. Apareció cuando ya había terminado de subirme los
pantalones pero no de pensar en ella. Llegó, por supuesto, mojada, pero en un
bolsito de plástico la mar de cuco llevaba unos papeles y unos libros, y una
sonrisita en la cara que casi me hace violarla allí mismo. Me contuve de nuevo
pero, notando que se me volvía a levantar, me senté con las piernas cruzadas
y le sonreí. Se sentó en frente de mí, también con las piernas cruzadas, y me
dijo"si te pones a plagiar, no plagies a alguien tan conocido como Neruda, hombre".
Sonreí azorado, pero como lo dijo amablemente supe que me la había ganado.

En la bolsa, además de mi poesía y de los libros, llevaba unas cosas suyas.
Me dijo que las leyera y que le dijera qué me parecía. Lo hice y le dije que
me encantaba todo, aunque en verdad creía que era una mierda, una cursilada
de esas que sólo escribiría una mujer. Llevaba también un par de cigarrillos.
"Se los he robado a mi padre", confesó. "¿Me enseñas a fumar?". Tosió y eso,
pero lo hizo bastante bien. Después, desatendiéndome, se puso a leer uno de
los libros tumbada en la arena (que era un poco de arena entre muchas piedras,
si he de ser sincero) "¿Qué haces?", le pregunté. "Leer", respondió. "¿A eso
has venido?".

Me miró, extrañada. "¿A qué creías? Ahí hay otro libro para ti. Pensaba que
te gustaban". Le cogí el libro y lo arrojé lejos. Ella me insultó, para tener
catorce años sabía muchas palabrotas y sabía utilizarlas, pero al ver mi mirada
y, sobre todo, al ver lo que mis pantalones dejaban intuir, echó a correr hacia
el río, intentando escapar. La atrapé sin esfuerzo. Murmuró que no lo hiciera,
apresada por mis brazos. La sujeté del cuello con una mano, sin hacer demasiada
fuerza, mientras le quitaba la poca ropa que tenía. Ella se dejó hacer sin oponer
resistencia, quizá porque casi no podía respirar. La tumbé en la arena.

Ella gritaba para nadie. Le abrí las piernas con mucho esfuerzo, y me tumbé
sobre sus pechitos, entonces casi inexistentes. Sus manos me arañaban la espalda
o me daban débiles puñetazos. Me había deshecho ya del bañador, así que me agarré
con la mano y la dirigí contra su abertura. Ella respiraba fuerte debajo de
mí, sin querer mirame, pero yo le obligué a posar sus ojos lacrimosos en los
míos y, en el momento en que lo conseguí, se la metí todo lo fuerte y hondo
que pude. Gritó más que nunca. Esperé a que se relajara mientras la contemplaba
las pupilas y los lagrimones que le corrían por las mejillas, y empecé a moverme
dentro de ella ya más suave, sin querer dañarla demasiado.

Noté que se humedecía. No pude evitar correrme enseguida. Al despegarnos por
fin, cuando ya nuestros pulsos recuperaron, más o menos, su ritmo ususal, un
pequeño riachuelo de sangre corría por sus muslos. Me habló. Pensé que iba a
insultarme como antes o peor, pero, para mi felicidad, me dio las gracias. Así
es Marta, le gusta que la dominen. En su ciudad tiene un novio que la trata
con cortesía y respeto y que, según propia confesión, "no sabe hacerlo".

Cuando lo de la verbena, Marta tenía ya diecisiete años, y no había dejado de
leer ni de escribir. A veces escribíamos relatos porno a medias y los publicábamos
en Internet, pero eso ya terminó. Sus padres y yo nos llevamos siempre de maravilla,
incluso nos íbamos de pesca por ahí, pero si nos hubieran visto allí debajo
mientras mi primo levantaba la cabeza y me preguntaba sin palabras, probablemnete
no me hubieran vuelto a dirigir la palabra
"Dale por el culo", le dije, en voz alta para que Marta lo oyera. Mientras él
se quitaba los pantalones dejé que me la siguiera chupando, pero cuando tenía
la punta casi dentro le levanté la cabeza y le miré fijo los ojos.

Gimió cuando se la hundió dentro, y cuando empezó a bombear, cada vez más fuerte,
ocultó un grito. Siguió chupándomela, pero a duras penas, Agustín no la tenía
muy larga, pero sí espectacularmente gruesa, lo contrario que la mía. Se corrió
dentro de ella. Yo me corrí en su boca, obligándola a tragárselo todo, atragantándola.
Le di un pañuelo a Agustín y le dije que la limpiara. Lo introdujo entre sus
nalgas y lo sacó pringando y lo tiró. Después le dio un cachete a mi novia y,
sin decir nada, se fue. Marta y yo nos vestimos. Al rato, viendo que yo tampoco
decía nada, se fue también.

Me quedé allí y me fumé otro porro. Al realizar un barrido con la vista distinguí
entre las sombras al niño de antes, mirándome, de rodillas en un lateral del
escenario. Le hice un gesto para que se acercara. Probablemente lo había visto
todo. Se acercó a duras penas, estaba profundamente borracho. Se tumbó. Le di
de fumar. Yo comencé a jugar con su brageta y él se reía. Se la saqué, era una
cosita pequeña y divertida. Le masajeé un poco hasta que, con un quejido, eyaculó
un semen translúcido y escaso. Le sonreía, puse mis caderas a la altura de su
cara y se la puse en la boca. Jugó con ella un poco, de medio lado, besuqueándola,
lamiéndola un poco con al lengua. No paraba de reir. Estaba profundamente borracho.

Me puse encima de él, mi polla directamente sobre su rostro, y le hice abrir
la boca y tragarse la punta. Me movía arriba y abajo y él no hacía nada, sólo
mantenía la boca abierta y movía la lengua. En un descuido me corrí en su cara
y eso le puso nervioso. Echó más o menos a correr. Le seguí sin prisa, subiéndome
la bragueta. Se metió en el bosque, y yo vigilé que nadie nos viera antes de
seguirle Zigzagueaba entre los árboles, cayéndose continuamente, arrastrando
los pies. Con dar unos cuantos pasos rápidos, lo alcancé. Le tapé la boca con
una mano y con la otra le levanté para transportarlo más facilmente. Iba buscando
el lugar apropiado.

Y resultó ser un medio claro, cuando ya ni se oía la música de la verbena, medio
claro porque habían estado talando y había árboles caídos en el suelo, por todas
partes. El niño no dejaba de golpear mi espalda débilmente con sus puños, ya
que yo lo llevaba como si de un saco se tratase, y de gritar -le había quitado
la mano de la boca para cargar mejor con él, y para estrujarle las nalgas de
vez en cuando- y de quejarse. Busqué con la mirada un árbol de anchura apropiada,
y lo distinguí enseguida entre los bultos oscuros -la luna era menguante-. Le
senté en el tronco, saqué una par de pastillas de los pantalones, se las coloqué
en al boca y se las hice tragar.

Me miró como si no me viera, que era lo que yo quería. Le puse de pie, le quité
los pantalones y el slip -pero no las deportivas-, y puse aquellos sobre el
tronco para no provocarle heridas o raspamientos. Lo tumbé sobre ellos. Los
pies caídos por un lado y las manos por el otro. Le azoté varias veces en las
nalgas. Él sólo sollozaba y murmuraba "no me hagas daño... no me hagas nada".
Asentí con la cabeza mientras me bajaba los pantalones y los dejaba a un lado.
"No te haré nada". Me arrodillé tras él y le abrí las nalgas con un rapido movimiento,
todo lo que dieron de sí. Derramé saliva sobre su culo y después le metí un
dedo muy despacio, sintiendo cómo se estremecía. Lo comencé a mover más rápido
cada vez y él se movía siguiendo el ritmo de mis envites.

Le metí otro dedo y moví los dos de forma que su esfinter se fue relajando,
y su agujero agrandándose más y más. Le metí un tercer dedo y me puse de pie
sin dejar de agitarlos. Me eché sobre él y, agarrándole la cabeza le hice volverse
hacia mí. "¿Ves cómo no te hago nada?". Saqué los dedos y se los hice chupar
uno a uno y a continuación puse la punta de pene en su obertura, apretando suavemente.
Él soltó un quejido y comenzó a llorar.

Apreté más fuerte y la carne fue cediendo poco a poco, pero sin permitirme la
entrada, así que me olvidé de la maña y me concentré en la fuerza. Pulsé mis
ochenteaypico kilos de peso y mis inumerables horas de gimnasio sobre él, sobre
su culo, y éste finalmente cedió y se escuchó un grito en el bosque más animal
que infantil. Sentí las paredes de su ano apretando mi polla como queriendo
hacerla estallar -y es cierto que estaba hinchada como nunca-, así que yo también
apreté. Tenía la mitad dentro, y con sucesivos impulsos logré introducirla por
completo. Él me aulló que parase, que le rompía, que le hacía mucho daño.

Yo le ingoré y le empecé a recorrer por dentro con cada vez más facilidad, ya
que su agujero era a estas alturas un auténtico agujero negro. Al final avanzaba
y retrocedía como por un túnel de alta velocidad -pero húmedo y sin focos-,
y él ya no gritaba: sólo gemía y lloriqueaba, inútilmente. Al sentir que me
corría la jalé bien de las nalgas y la matuve dentro mientras me vaciaba y le
llenaba. Cuando la saqué, un hilillo de semen le bajaba por el interior de los
muslos. Lo que más me sorpredió fue que no sangrara.

Le vestí, me vestí a mí mismo y, cargándolo a hombros, lo llevé de vuelta. Ahora
no me golpeba con sus puños.

Por algún motivo inexplicable, no nos perdimos, y escuchamos la música muy pronto,
y luego ya vimos las luces entre la maleza -pasó por delante de nosotros, en
un determinado instante, algo que pudo ser un zorro, o una zorra-. En cuante
pude, miré mi reloj y descubrí que sólo había transcurrido una hora. Bajé al
chico al llegar a la primera carretera, le desperté y le pregunté si aún le
dolía. Me contestó que no, que cada vez menos, que el agujero se iba cerrando.
Le tumbé en la cuneta y se quedó inmediatamente dormido, recogido sobre sí mismo.
Contaba con que empezarían a buscarle en cuanto sus amigos se recuperasen de
su más que previsibles borracheras, y que él no recordaría nada ni le quedarían
secuelas demasiado evidentes. La otra opción es que algún viejo verde lo viera
allí y se lo llevara para disfrutar con él.

Cualquiera era buena, pero la primera fue la que ocurrió, y efectivamente no
recordó nada y no le quedaron rastros, o al menos yo no tuve noticias de otra
cosa. Lo cierto es que no le volví a ver por ninguna verbena. Me alejé de allí
con la certeza de que mi novia estaría follando en cualquier rincón con mi primo,
pero, la verdad, aquélla era una posibilidad que no me atormentaba.