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El amor solo es sucio cuando se hace bien
Relatos de Lesbianas
El
amor solo es sucio cuando se hace bien (Woody Allen).
-¡Qué preciosidad! –Dijo Marta tirando la revista de moda al otro lado de la
habitación donde nos encontrábamos.
-¿Qué ocurre cielo?.
-La chica del bañador azul…¡es preciosa! –Respondió avergonzada.
Yo me quedé de piedra. Por primera vez mi amiga Marta reconocía su debilidad
hacia el sexo femenino y he de decir que, después de tantos años amándola en
secreto, simulando que éramos tan solo amigas, aquello me encantó.
-Mi amor, creí que te referías al morenazo de la portada…
-¿Aquel? –Preguntó señalando a un tipo musculoso de ojos verdes- Bu, bueno,
en realidad también es…precioso…y…muy guapo…
Al parecer le había pasado desapercibido.
-Jajaja, no disimules Martita, que te mueres de ganas por probar a una tía…
Ella guardó silencio, supongo que no sabía cómo continuar y yo aproveché para
decirle:
-La verdad es que no me extraña. Hacerle el amor a una mujer es lo más bonito
del mundo.
Y tenía razón. Aunque también sabía que una frase tan directa y apasionada no
la dejaría indiferente. Podría rechazarme, sí, lo cual era lo más probable,
pero había llegado un punto en que ya estaba harta de indirectas profeministas
y de esperas interminables.
-Quizá –Balbuceó un tanto inquieta.
Y es que no era para menos. Había descubierto en un segundo mis inclinaciones
sexuales, había captado al vuelo el significado de mis palabras aunque ella,
mi mejor amiga, compañera inseparable de juergas nocturnas, madrugadas en vela
confesándonos intimidades y contándonos la vida, siempre había creído que yo
era una cabra loca, amante eso sí, de cualquier hombre que se cruzara en mi
camino. Pero estaba equivocada.
-Nunca te lo he dicho pero me gustan…-"Las mujeres", terminé mentalmente la
frase. Me acerqué a ella, me incliné y la besé. Ella entreabrió los labios y
luego susurró:
-Tienes razón, cariño, si tú eres una "tía" me muero de ganas por probarte.
Tragué saliva con dificultad. La repentina excitación me nublaba el cerebro.
Su tono de voz era seductor, tentador, erótico, y yo casi me derretí en sus
brazos. De hecho, su voz me había vuelto loca, tuve la sensación de que su boca
acariciaba todas y cada una de mis zonas erógenas.
Pero se hizo a un lado, se levantó despacio y se alejó de mí. Fue a la cocina
de nuestro pequeño piso compartido de estudiantes y mientras bebía un café despacio
dijo:
-Me voy.
Casi no la escuché. Trascurrieron unos instantes hasta que pude digerir todo
el amor de golpe que incesante me pedía a gritos que me acercara a ella, al
menos, para abrazarla.
-¿Te vas?, ¿de donde?, ¿de aquí?, ¿de mi vida?, ¿de la casa?, ¿hasta cuando?,
¿por qué?. Primero he pensado que jamás me corresponderías y luego, cuando sin
explicaciones nos hemos besado, he comprendido que me deseas tanto como yo a
ti. –Le farfullé desde el otro lado de la casa.
Aquella conversación desesperada se adentraba en un mundo que me daba miedo:
el de dentro, el del corazón, el de mis sentimientos, el de nuestra amistad,
¿acaso la perderíamos?, ¿qué sentía ella realmente?. Hasta entonces creía conocerla
bien, creía que tantos momentos compartidos habían fortalecido nuestra amistad
y, ahora, comprendía que tan solo era una excusa por mi parte y un sentimiento
nuevo y complejo para ella.
Me atreví a cruzar la habitación, entrar a la cocina y acercame a ella mirándola
directamente a los ojos:
-Ey, no tienes que hacer nada que no quieras. No tienes que preocuparte de nada.
Puedes irte ahora mismo si quieres y no volver a hablarme nunca, solo quiero
que sepas que te amo, te amo, ¿me escuchas?, te deseo ahora, en este mismo instante,
me muero de amor Marta.
-Yo también me muero de amor.
-Pues no lo parece. Más bien parece que juegas conmigo, que me excitas cruelmente
para luego dejarme helada.
Muy a mi a pesar me dolía su actitud y mi respuesta escondía la rabia contenida.
Pero ella contestó suavemente:
-¿Es que no lo entiendes?. No quiero que nos hagamos daño la una a la otra,
no quiero tener que decirte que no he estado nunca con una mujer y que tengo
miedo, y que no sé, para empezar, comprenderlo. Me he enterado hoy de que te
gusto y, lo que es peor, de que yo también te necesito.
Su voz continuaba siendo muy débil pero a cada una de sus palabras mi rabia
desaparecía poco a poco y mi corazón latía más deprisa.
En realidad yo la adoraba. Siempre la había adorado. Adoraba su manera de mirarme
cuando creía que yo no la miraba, su sonrisa juguetona por las mañanas dándome
los buenos días, su forma de maquillarse tan femenina, su seguridad ante el
volante, su timidez o su provocación, su sensibilidad. Y nunca me había dejado
de preguntar cómo sería ella en la cama.
Comprendí sus sentimientos pero aún así insistí tristemente:
-Pienso que no...
-¡Créeme, por favor! –me susurró junto a la boca.
-Lo único que he deseado durante todo este tiempo has sido tú…
Como única respuesta me besó apasionadamente, esta vez ella, y fui yo quien
entreabrí los labios y me dejé hacer. Me agarró por el culo y me empujó contra
la pared. Marta era puro fuego. Sellaba mi boca con sus labios y la presión
que ejercía entre mis piernas me enloquecía.
-¿Dices que no te deseo?, ¿quieres saber la verdad?. –Conseguía murmurar entrecortadamente
y con pasión desesperada, casi con violencia- Estoy cansada de ser la niña buena.
Te voy a joder hasta que no puedas más de agotamiento, ¿te gusta así putita?.
-Siiii, jódeme ahora, hazme lo que quieras, por favor, así así, ahhh, no pares…
Sus palabras me encendían más y nuestro deseo era incontrolable. No nos reconocíamos,
viciosas, hambrientas de sexo dulce, de coño de hembra, de cuerpo en celo. Yo
habría sido entonces lo que ella me pidiera y su lujuria era para mí una necesidad.
Me comió la boca, me succionó los pechos y luego dejó resbalar una mano hasta
mis piernas, obligándome a separarlas. Después me acarició en el centro exacto,
y ella que tampoco podía aguantar más, jadeaba conmigo y me separaba todavía
más las piernas. Con la lengua, bajaba por mi cuerpo y buscaba en él hasta encontrar
la entrada de mi cuerpo. Mientras, yo levantaba las caderas para acercarla más
a mí. Gemía más, me entregaba por completo, era suya, me estaba follando y recorriendo
mi cuerpo sin piedad.
Mi cuerpo para ella ya no tenía secretos, era suyo, lo controlaba ella, podría
haberme hecho guarradas, mi chocho le decía "sigue", ella parecía haberse especializado
en él, en hacerme puta, y yo le suplicaba más y más.
Seguía trazando círculos con la lengua en lo más profundo de mi cuerpo, buscaba
el clítoris con la lengua, lo acariciaba, me introducía los dedos. Violaba mi
intimidad con destreza, hundía su cabeza entera en mi agujero con tanta fuerza
que pensé que se ahogaría.
De repente, cuando tenía las caderas en el punto más alto, se paró, y yo que
estaba a punto de tener un orgasmo bestial, temblé. Ella respiraba con dificultad.
Yo busqué su boca poniéndome a su altura y uno a uno lamí cada uno de mis jugos
imaginando que eran los de ella.
-Ahora te toca a ti. –Susurré.
Y ella solo sonrío lascivamente. Cuando menos lo esperaba, me dió un empujón
y contra la pared me arremetió cuatro dedos por el enrojecido coño. Fue la gota
que colmó el vaso. Las contracciones de mi chochito de perra, de zorra alimentada,
se desencadenaron. Yo misma le apretujé su mano contra mi sexo, me manoseó toda
la vulva pringosa para después introducirme después todo el puño. Mi humedad
se multiplicó y ella, muy femenina y dulce, culminó mi fuerte orgasmo con sus
besos y sus caricias de mujer.
-Me has agotado amor, y me has llevado al cielo. Lo peor es que tú no has disfrutado…
-Jajaja, ¿quién ha dicho que no he disfrutado?.
-¡Y eso que era yo la experta!, jajaja.
-Jajaja. Bueno, en realidad, aún estás a tiempo de demostrarlo… –Me respondió
traviesa.
Y yo, a pesar de estar tan cansada, le pedí que nos fuéramos a la cama pues
habíamos terminado en el suelo espatarradas en un charco de jugos. Luego la
desvestí lentamente, tan lentamente que ella nerviosa, ya no podía controlarse.
Apoyé mis labios en su garganta y los dejé resbalar a lo largo del cuello. Ella
gimió de placer. A continuación, no dejé un solo lugar de su cuerpo libre de
mis besos. Noté como me ardía la piel allí donde yo la tocaba. Nuestras lenguas
se encontraron y nos abrazamos, rodando por la cama. Navegué por su cuerpo,
sondeé su corazón, surqué sus mares más profundos, cabalgué, lamí, succioné,
palpé, recorrí tiernamente, luego pervertida me sumergí en ella, escalé sus
montañas y sus valles, ladeé sus senderos, derramé sus ríos, tan dulcemente
al principio y después, aprisionada en su círculo de amor, me fundí en ella
y reinventé la palabra vicio y la palabra amor.
Terminamos enlazadas y agotadas, felices y cansadas y antes de que en sus brazos
me durmiera me acarició el cabello y susurro en mi oreja dulcemente:
-Tenías razón. Hacerle el amor a una mujer es lo más bonito del mundo