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La madre de mi amigo una verdadera puta
Confesiones
Quiero
compartir esto que me paso hace mucho tiempo con la madre de uno de mis amigos
que acabó conviertiéndose en mi primer amante cuando yo tenía
tan solo diecisiete años.
Su nombre era Patricia y era la madre de uno de mis compañeros de equipo en
el club en donde ambos jugábamos al fútbol. El se llamaba Damián y, si bien
no llegamos nunca a ser verdaderos amigos, sí llegamos a conocernos bastante
bien. Damián ocupaba en el equipo la posición de arquero (o portero como también
se lo suele llamar en algunos lados) mientras que yo, que era un poco más hábil
con los pies, me desempeñaba en el mediocampo. Al poco tiempo de conocernos
ya confraternizábamos bastante al punto que nos hacíamos infidencias mutuas
sobre todo en lo que a cuestiones femeninas se refería. Además compartíamos
salidas con amigos comunes a los que con el tiempo llegué, igualmente, a trabar
una estrecha relación de duradera amistad. Para este momento, ambos contábamos
con diecisiete años y nos encontrábamos en plena efervescencia sexual, como
sin mucho esfuerzo puede cualquiera suponerse.
Fue en una oportunidad casi fortuita cuando la conocí. Habíamos quedado en reunirnos
en una confitería muy cerca de la casa de Damián para pasar a recoger a unas
chicas con las que por primera íbamos a salir después de un delicado y fatigoso
trabajo de dos semanas de continuas insistencias. Debía haber llevado más o
menos una larga media hora esperándolo cuando finalmente, decidido a no perder
por nada del mundo la cita conseguida con tanto esfuerzo, me dirigí a su casa.
Vivía en un edificio de la zona residencial de la capital. Al primer timbrazo
oí su voz, metálica, a través del portero eléctrico y el sonido de una chicharra
que me franqueó la entrada al hall. La iluminación de las lámparas se reflejaba
armoniosamente sobre el mármol rosado del vestíbulo del edificio; me miré al
espejo que ocupaba por entero una de las paredes laterales y, acomodándome por
enésima vez la ropa, más por un tic nervioso que por verdadera necesidad de
arreglo, subí.
Me abrió Damián, recibiéndome con su cordial sonrisa de siempre, muy amplia
y de gruesos dientes amarillentos. El departamento en el que vivía era precioso
y ocupaba un piso completo. El mobiliario era de madera maciza y la alfombra,
de un tono caoba con algunos extraños arabescos orientales, daban una calidez
inusual al ambiente. En el aire flotaba un tenue aroma a fresias cuya procedencia
no pude identificar. Me invitó a que me pusiese cómodo disculpándose por la
demora, pero es que habían sucedido algunos imprevistos que necesitaban toda
su atención, según me refirió con el tono de ejecutivo de multinacional que
yo le conocía tan bien y que me desagradaba sobremanera. Estaba mirando un cuadro
que colgaba solitario en una de las paredes finamente empapeladas, de un barco
que, sumergido en las tinieblas de una noche de oscura desesperanza, se debatía
ferozmente por no sucumbir ante una borrasca aterradora; traté de representarme,
merced a las posiciones y los rostros de los desafortunados marineros, los esfuerzos
incesantes que en ese preciso instante harían cada uno de los que tripulaban
ese bajel y la tenacidad denodada con la que debían de aferrarse a la vida.
El cuadro me pareció de un patetismo conmovedor y estaba absorto contemplándolo
cuando la voz de una mujer me sobresalto. Era ella.
Me volví de inmediato como si hubiera sido cogido in fraganti en la comisión
de un delito y sintiendo en las mejillas el calor de la sangre que aflora a
su superficie me presenté. Tenía ante mí a una forma de sensualidad que hasta
entonces, con mis diecisiete años, nunca había experimentado. Recuerdo que debía
rondar los treinta y siete y sus ojos almendrados de mirada cálida y dulce me
contemplaban con afabilidad. Se presentó y, un poco turbado por los pensamientos
que la pintura había despertado en mí en aquel momento así como por la incipiente
erección que estaba sintiendo en la bragueta, atiné casi de manera inconsciente
a aferrarme al cuadro; le comuniqué con cierto aire inocente las sensaciones
que me acababan de inspirar la pintura. Me confesó, con un desenfado de mujer
de mundo pero que me pareció quería ocultar algo más, que nunca le había prestado
demasiada atención sino que su marido lo había obtenido por medio de un cliente
que se lo había entregado en pago de unos honorarios que le debía hacia un tiempo.
Según supe después, su marido era abogado.
Damián se había ido a su cuarto a tomar un baño y a ponerse algo adecuado para
la salida, así que Patricia, pues así se llamaba, y yo tomamos asiento en los
sillones de la amplia y confortable sala de estar. Me ofreció algo de beber,
a lo que acepté con agrado puesto que sentía desde hacía un rato la boca un
poco pastosa, seca. ¡Que mujer increíble!. Su boca tenía una hermosa sonrisa
nacarada que iluminaba todo su rostro enmarcado por una ondulada cabellera castaña,
y hacía brillar sus pupilas de una forma peculiar; sus senos eran más bien pequeños
pero las prendas que elegía para cubrirlos los imbuía de una sensualidad casi
oriental, mística. Su talle diminuto se ensanchaba varios centímetros hacia
abajo para redondearse formando unas caderas imponentes no tanto por su tamaño
sino más bien por la forma en que solo una mujer experimentada puede llevarlo;
para decirlo en pocas palabras y de una vez, movía el culo como nunca hasta
entonces pensé que una mujer pudiera hacerlo.
Hablamos de cosas sin importancia hasta que Damián hizo su (inoportuna) aparición.
Me había olvidado por completo de la cita que teníamos, de la hora que era y
hasta de él. Me despedí de Patricia con un beso; su cutis era terso y salpicado
por traviesas pecas que, no recuerdo por qué extraña razón, asocié con una voracidad
sexual de mujer insatisfecha. Recuerdo, eso sí, su perfume. No sabía de marcas
ni de aromas por aquél entonces, pero aquél perfume tuvo el efecto de provocar
aquello que había estado conteniendo desde que la vi: una tremenda erección
que hizo que mirase con disimulo hacia abajo para comprobar que el cierre estaba
en su lugar.
Pasaron dos o tres semanas durante la que no pude apartar de mi mente la imagen
de esa mujer. Cuando cerraba los ojos la veía ante mí, de pie, vestida tal como
estaba cuando la vi por primera vez y mientras me sonreía maliciosamente, de
costado, y con un brillo de lascivia que hacía que sus pupilas se volviesen
de una incandescencia felina, la veía quitándose lentamente la ropa, desnudándose
por entero ofreciéndome su humanidad tal y como los antiguos ofrecían a sus
mujeres a sus dioses. De aquí, pasé a verla e imaginármela en las más estrambóticas
posiciones amatorias y realizando las más oscuras perversiones, pero ahora sin
necesidad de juntar los párpados. La podía ver noche y día. Su belleza estaba
convirtiéndose en una obsesión en el sentido más lato del término
Por aquél entonces, hacía visitas a la casa de Damián con cierta frecuencia.
En un primer momento concurría allí con la formal excusa de entregarle algo
a Damián o simplemente de ir a verlo despreocupándome cada vez más de inventar
un pretexto. Pero la verdad era que la existencia de ese tipejo me importaba
un comino; su madre era la de quién realmente parecía atraído como por una invisible
e invencible fuerza magnética. El sonido de su voz, su tono como de perpetuo
hastío, me permitió entender por primera vez porque se perdían los navíos de
los griegos cuando llegaban a sus oídos los cantos de las sirenas, aunque a
diferencia de Ulises yo no sentía ni el más mínimo deseo de atarme a un poste
para no sucumbir. Quería con cada fibra de mi ser verme devorado por el poderío
sexual de esta hembra que me subyugaba, quizás sin ella saberlo.
Muy pronto, como puede suponerse, las visitas a Damián se convirtieron en visitas
a la madre, a Patricia. Ella, por su lado, parecía disfrutar bastante de mi
compañía puesto que a ambos nos interesaba sobre todo la literatura y muchas
veces intercambiábamos opiniones acerca, más que nada, de los escritores rusos
o franceses (estos últimos, y sobre todo Balzac y Flaubert, eran de su especial
predilección). Me vi compelido a leer una buena parte de estas obras puesto
que no tenía, las más de las veces, la más remota idea de quienes se trataban.
De cualquier manera las más de las veces me encontraba como el personaje de
Chesterton al que cuando le hacían preguntas que solamente su interrogador entendía,
él respondía otras que ni siquiera él entendía. En resumen, Patricia y yo habíamos
llegado a entendernos bastante bien, hicimos buenas migas; sus maneras ahora
eran más distendidas y se había creado entre nosotros un clima de confianza
que por instantes se confundía con una incipiente intimidad por el uso de guiños
y complicidades sutiles que Damián no llegaba a captar más por idiotez que debido
a otra razón, afortunadamente.
En esta o parecidas circunstancias pasamos cosa de un mes y medio. Logré que
fuera Patricia quién me invitara para el día siguiente o para otro día, lo que
me alivió de la embarazosa situación de presentarme en la casa y parecer molesto
a fuerza de insistencias. Sin embargo, no conseguía deshacerme de otro importante
escollo: Damián. Su presencia se me había vuelto absolutamente insoportable
al punto tal que de haber tenido el valor suficiente lo hubiese arrojado por
la ventana del séptimo en que nos encontrábamos sin siquiera molestarme en abrirla
para asegurarme que no volviese a importunarnos con sus comentarios vacíos de
sentido y de pasión.
En este punto, debo decir que del marido no sabia absolutamente nada a excepción
de su profesión y su nombre de pila: Alberto, y solo lo conocía por las fotos
que habían distribuidas por los aparadores de la sala. De cualquier manera no
era algo que me importase demasiado siempre que no se enterase lo que estaba
haciendo a sus espaldas.
Había empezado a pensar que la conquista sería imposible por varias razones.
1) la diferencia de edad y de posición social, puesto que pertenecía a un nivel
socio-económico más bajo que ella a pesar que oí muchas veces que eso no tiene
nada que ver cuando existen los sentimientos afines; 2) no conseguía deshacerme
de Damián que se había convertido en una piedra en mi zapato y parecía haber
comenzado, el muy tonto, a darse cuenta de mis verdaderas intenciones para con
su madre; 3) en los dos meses y pico no me había dado ninguna señal de sentirse
atraída hacia mí. Decidí desistir. Esta tarde sería la última a la que iría
a hacer el tonto, ya no más.
Llegué y estaban madre e hijo; hinché pecho para sacar fuerzas de flaqueza y
conversamos amigablemente como lo habíamos hecho otras tantas veces. Sin embargo,
aquella tarde, había algo distinto flotando fantasmalmente en el aire, aunque
no podía intuir qué, a causa de mi inexperiencia para captar las sutilezas de
las que tanto se valen las mujeres. Noté que estaba más hermosa que nunca, se
había echado en las mejillas un color que hacía retroceder como por ensalmo
unos diez años el paso del tiempo. Además tenía puesta una falda celeste corta
de algodón y un jersey fino. Asimismo, me di cuenta de que su conversación era
más animada que de costumbre y sonreía más francamente con sus dientes brillantes
por el reflejo de la luz del sol y su rostro luminoso como un sol de primavera.
En una palabra, estaba más provocativa de lo que lo hubiera visto nunca hasta
ahora. Cuando su hijo no le prestaba atención, cruzaba las piernas de modo que
pudiera ver una buena porción de sus muslos; tenía una preciosa y suave piel
canela y unas pantorrillas musculosas, ¡Dios, lo que debían de ser aquellas
nalgas!. Este nuevo juego me erotizaba de una manera como no sentí hasta entonces,
mi "amigo" allí sentado hablando cosas que ni escuchaba mientras su madre se
me insinuaba y yo le hacía el amor mentalmente por medio de los ojos.
Decidí retirarme no por un repentino ataque de conciencia ni por arrepentimiento,
sino porque me di perfecta cuenta que sería imposible deshacerse de este idiota.
Cuán grande fue mi sorpresa cuando en la puerta, al despedirme, Patricia salió
al pasillo y cerrando la puerta de madera maciza tras de sí me dijo: "ven mañana
alrededor de las tres de la tarde, voy a estar sola porque Dami se va a jugar
el torneo interclubes durante todo el día". Sin esperar respuesta se escurrió
dentro y cerró la puerta dejándome en el pasillo, solo y con el corazón a punto
de estallar dentro del pecho. Las sienes me latían con fuerza y las rodillas
no dejaron de temblarme hasta que estuve fuera del edificio, en el ajetreo de
la vía pública. Lo que tanto ansiaba se me presentó ante mí de manera increíblemente
inesperada.
Ni que de decir que al día siguiente a la hora convenida presioné el botón del
portero eléctrico y, sin molestarse en contestar, sonó la tan conocida chicharra
y, mirando a ambos lados como un delincuente que quiere asegurarse que no hay
testigos que lo puedan comprometer, entré. Puse un pie fuera del ascensor y
escuché la cerradura que se descorría y un fino haz de luz me invitaba, mudo,
a entrar. Pasé y cerré con cuidado tras de mí. En todo el trayecto me imaginaba
que la iba a encontrar casi desnuda y lo único que tendría que hacer sería llevarla
al dormitorio y allí gozar de las mieles de la experiencia sexual de esta hermosa
mujer madura que se me ofrecía. Sin embargo, pronto me desengañe porque apareció
ante mí vestida, si bien con un atuendo muy ligero, un vestido suave de verano.
A pesar de que fuera hacia frío, allí dentro reinaba una temperatura bastante
agradable; las cortinas estaban corridas y las persianas bajas, ninguna luz
estaba encendida y la sala de estar en donde tanto tiempo sufrí por esta hembra
se distinguía nada mas que por unos insolentes rayos de sol que penetraban,
caprichosos, por entre las rendijas de la persiana y formaban halos que dejaban
ver el polvo que flotaba en la habitación. Por lo demás, no había más que penumbras.
Todo este lugar me parecía nuevo y exótico a pesar de haber estado aquí docenas
de veces antes.
Patricia tenía puesto un vestido suelto de algodón, ligero y que solamente insinuaba
las formas que había debajo. Se acercó y echándome los brazos al cuello me besó
con efusividad en la mejilla. Estaba confundido, lo que no me impidió que la
tomara por la cintura y hundiera la cara en la mata castaña de su cabello fragante.
Sentía que poco a poco iba perdiendo la conciencia en un agradable estado de
arrobo. Me dejé llevar. Ella me cogió de la mano y me condujo hasta el sofá;
me senté y ella se ubicó a mi lado cruzando las piernas de modo que quedó al
descubierto casi por completo uno de sus muslos. Esta vez Balzac, Flaubert,
Nabokov y toda los escritores quedaron, herrumbrados, entre las sucias tapas
de los libros de literatura. En su lugar hablábamos de nosotros, de mis sueños
y de sus experiencias, de mis ilusiones y sus desengaños, de ella y de mí. La
excitación nerviosa que sentía fue menguando y, si bien el calor de su aliento
era más que suficiente para mantener en permanente erección mi miembro, pude
dominarme para no parecer un simple imbécil con calentura y que vivía a pajas.
Reíamos mientras nos calentábamos el cuerpo con un whisky, Patricia recostaba
su cabeza sobre mi hombro que se estremecía a su solo contacto mientras que
mi mano permanecía apoyada en el muslo de la pierna que tenía cruzada. La piel
era tersa y podía adivinar que debajo de esa bella piel trigueña había unos
músculos pletóricos de vida, ansiosos de placer, ávidos de goce. Cada nueva
risa era pretexto por sí sola para el avance de mi mano hacia arriba, recorriendo
la lisa superficie de aquella hermosa pierna. Mi bragueta estaba por explotar.
Por una rara especie de encanto masoquista, me solazaba dilatando lo que estaba
convencido iba a pasar. Una nueva ocurrencia me llevó a hundir mi cara en su
melena aspirando su perfume que ya otras tantas veces me había embriagado, besé
cálidamente su cuello fino de cisne mientras mi mano se deslizaba por debajo
de la tela del vestido acariciando su nalga, dura y suave. Solo gimió mientras
sentía su aliento caliente de hembra en celo en mi cuello y sus uñas aferrándose
con dulzura en mis hombros.
Sin poder contenerme más, la atraje con fuerza hacia mí y ella, con habilidad
de acróbata consumada, se trepó sobre de mí. A través de la gruesa tela del
jean pude percibir lo caliente y húmeda que estaba su entrepierna. Mis manos
se aferraban con tenacidad a sus nalgas, a través de la tela ligera del vestido,
atrayéndola aún más hacia mí como si quisiese que se fundiera dentro de mi ser.
El pecho de Patricia subía y bajaba con creciente excitación mientras su boca,
apretada contra la mía, buscaba ansiosa mi lengua con la suya. Su lengua se
movía dentro de mi boca como una serpiente, caliente y escurridiza. Me abrumaba
con su deseo, nunca antes había experimentado algo como esto; estaba aferrada
a mi cuello con la fuerza con la que un náufrago se aferra a la última tabla
que le queda del bote que se le acaba de hundir. Sentíamos nuestras mutuas respiraciones
agitadas por el placer al tiempo que nuestras lenguas se debatían en un feroz
combate unas veces dentro de su cavidad bucal, otras veces dentro de la mía.
Sus pechos apretados contra mi torso me hacían pensar que aseguraban que había
alcanzado por fin la gloria.
Con ambas manos levanté el vestido por encima de la cintura comprobando algo
que ya me suponía: no llevaba ropa interior; hinqué mis dedos en los carnosos
cachetes de su trasero hundiendo las yemas de mis dedos mayores entre ambas
nalgas. Sentía toda su carne trémula vibrar bajo mis manos. Ella se apretaba
aún más contra mí y me mordisqueaba el cuello con un insaciable deseo de sexo.
Deslicé una mano hacia su entrepierna y los pelillos de su pelambrera me cosquillearon
en el dorso; estaba completamente mojada con sus propios jugos al punto que
había empapado, literalmente, la solapa que cubría el cierre de mi bragueta.
Bajé con rapidez desesperada el cierre y de un solo movimiento saqué mi miembro
húmedo de líquido preseminal y, frotándolo un par de veces hacia delante y atrás
contra su vulva mojada y caliente, la metí dentro por entero y de una vez. Ella
Hizo hacia atrás su cabeza y pude ver su garganta tensa en un profundo grito
de placer que me excitó todavía más. Apreté sus nalgas con mas fuerza y comencé
a moverme salvajemente dentro de su ser arrancándole prolongados jadeos al tiempo
que cabalgaba con la pasión de una amazona sobre mi verga metiéndosela hasta
el fondo de sus entrañas.
Su aliento hervía cuando acercaba sus labios a los míos y nos fundíamos en un
apasionado beso. Se bajó los breteles del vestido y tomando sus pechos pequeños
y dulces con ambas manos, me los ofreció colocándolos a solo dos centímetros
de mis ojos; los tomé con las dos manos, sus pezones puntiagudos y oscuros estaban
rodeados por una sensual aureola delgada. Los lamí con intensidad sin igual,
dibujando infinitos círculos de saliva alrededor de cada uno y luego me los
metía en la boca y jugueteaba alternativamente con uno u otro en mi lengua apretándolos
contra mi cara. Mientras, Patricia, no cesaba de cabalgar sino que gemía sin
parar cada vez que mi pene se enterraba dentro de su vagina caliente. Una de
las cosas que sin duda me excitaba más era el hecho de verla gozar como parecía
que nunca había gozado antes con un hombre, de ver su cuerpo contorsionándose
por el placer de mis arremetidas.
Sentí un cosquilleo que me anunció que el final estaba cerca de modo que, con
el fin de prolongar aquello un poco más, la sujeté de la cintura para detenerla.
Su respiración era muy agitada, su pecho subía y bajaba aceleradamente y todo
su hermoso rostro estaba transformado por el placer. Le pedí que bajara para
cambiar de postura puesto que, le dije, no quería acabar aún. Me sonrió con
lujuriosa dulzura y, si decir nada, reanudó su cabalgata, primero lentamente
pero enseguida volvió a la salvaje rapidez anterior. Hacía esfuerzos supremos
para no acabar cuando sentí entre mis manos todo el cuerpo de Patricia arquearse
y, clavándome sus uñas en mis hombros con cada fibra de su ser en tensión, de
sus labios salió un profundo y espasmódico grito que me anunció el orgasmo increíble
al que había arribado y cuyo goce duró casi un minuto después del cual sonrió
complacida y, ya más relajada, subía y bajaba sobre mí más pausadamente. Me
contemplaba mientras le chupaba con fruición las tetas, masajeándoselas con
pasión.
Me dijo con voz felina: "que bien, que rico papi; ahora quiero tu lechita".
No tuvo que decir más. No podía contener más el torrente que imaginaba iba a
salir por el único ojo del miembro; ella se dio cuenta y desmontó. Se arrodilló
entre mis piernas y me volvió a repetir con un tono lascivo que todavía hace
ruido en mi cabeza cuando pienso en Patricia: "dame todo mi amor, quiero saborear
todo lo que tienes para mí, toda esa leche dulce y caliente, vamos"; no dijo
más sino que me masturbaba mientras la punta rígida de su lengua rozaba el dilatado
agujerito del glande. Yo gemía y la agarraba fuerte por los cabellos, disfrutaba
por adelantado al imaginar cómo esta hembra recibiría el chorro fuerte que saldría
directo hacia sus labios y, por otro lado, me atraía el hecho de ver hasta cuando
podría soportar ante los estímulos de ella.
De repente, cada músculo de mi cuerpo semejó envararse y una descarga fortísima
de semen que me quemó el interior de la verga salió disparado y dio, directamente
y de lleno, sobre la lengua roja y brillante que ansiosa aguardaba el elixir.
Me apretó un segundo el miembro y un segundo chorro contenido salió despedido
con similar violencia e impacto en su boca. Abrió la boca con la avidez con
la que un animal hambriento se lleva a la boca un pedazo de pan y dentro recibió
el resto del esperma que tenía para ella. Con su mano sacó hasta la última gota
de líquido.
Se incorporó y pude ver el semen que aún le colgaba de la barbilla cuando se
dirigió al baño con premura. Unos minutos después, regreso haciendo solo un
sencillo comentario: "perdóname pero es que mis padres me enseñaron que una
chica educada no habla con la boca llena". Se rió y sentí un latido en mi verga
que me anunciaba una nueva e inminente erección.
Tomó mi miembro aún bastante rígido y, arrodillándose otra vez, comenzó a mamarlo.
Esta mujer era realmente insaciable. Veía su pequeña cabeza caoba que subía
y bajaba tragándose mi pene succionándolo con fruición. Alzó, luego, su mirada
y sonriendo se puso de pie y se dirigió a un bar de madera brillante que había
en una esquina de la amplia estancia y sacando dos vasos de vidrio labrados,
escanció whisky en ellos. Dejo ambos vasos sobre la barra, sacó un cigarrillo
de un paquete que tenía a un costado y con parsimonia, lo encendió. Desde allí
me dijo apuntándome con el paquete que acababa de tomar:
-¿Fumas? –le respondí que no y ella, volviendo a dejar el paquete sobre la barra
de madera oscura, me dijo-: haces bien, yo hace tiempo que estoy tratando de
abandonar este vicio, y casi lo conseguí por completo a no ser por ciertos cigarrillos
claves para cualquier fumador como el de después de comer o el de la mañana…o
el de después de me han hecho muy bien el amor.
Sosteniendo el pitillo entre el índice y mayor izquierdos, cogió los dos vasos
y, con un delicioso contonear de sus caderas, se acercó a mí y me tendió uno
de los vasos, con una sonrisa graciosa de mujer complacida. Se sentó a mi lado,
le dio una profunda pitada al cigarrillo y exhaló, con el ritmo lento y distraído
del que reflexiona, una bocanada de humo que a la tenue luz de la sala se veía
grisáceo y, observando sin mirar como desaparecían las volutas en el aire, dijo
más para sí que para que yo la oyera:
- Hacía mucho tiempo que no disfrutaba un cigarrillo de estos.
Con un ligero ronroneo me acerqué a su cuello y la besé, noté el ligero estremecimiento
de todo su hermoso cuerpo aún deseoso de placer. "Vamos a la habitación que
ahí vamos a estar un poco más cómodo, ¿te parece?". Me levanté y ofrecí mi mano
con cómica caballerosidad para que hiciera lo propio. Fuimos al cuarto que compartía
con su marido; era ésta una habitación amplia empapelada con un extraño papel
ribeteado, sentí el pie hundírseme en una alfombra de pelo largo; toda mi atención
estaba situada, desnudos como estábamos los dos, en la cama alta y de madera
gruesa cubierta con un acolchado con flecos que le daba a todo el cuarto un
ligero aire oriental.
Le pellizqué una nalga a mi reciente amante, pues así debo llamarla de ahora
en más, y lanzó un gritito al tiempo que se recostaba en la cama rebotando contra
el colchón. De un sorbo apuró lo que de líquido aún le quedaba. Me acosté con
cierta estúpida timidez mientras vaciaba mi vaso dejándolo, luego, en el piso
a un costado. Nos besamos con pasión; la lengua salvaje de Patricia parecía
querer abrirse paso hasta mi garganta mientras de sus fosas nasales salía un
aire muy caliente por el vicio. Tenía la lengua más lasciva que yo haya sentido
nunca; se enroscaba en la mía y de este modo nos trenzábamos en un feroz combate
que por momentos se llevaba a cabo dentro de mi boca o dentro de la de ella
y a veces, inclusive, ambos contendientes se animaban a salir a luchar al aire
libre prodigándose terribles y excitantes embestidas.
Un cosquilleo característico me anunció inequívocamente una inmediata erección
de modo tal que deslizando mi mano por entre los pechos cálidos de Patricia
y, acariciando su vientre de Venus, la hundí entre sus piernas en donde quedó
aprisionada por la presión de sus muslos firmes. Mi dedo corazón frotaba su
clítoris con extremada rapidez arrancándole prolongados gemidos de intenso placer
mientras sus caderas se contoneaban excitándome a mas no poder. Mi lengua, ahora,
invadía por completo la boca de mi amante rodeando a la suya con círculos eróticos
imposibles de narrar para aquél que alguna vez no los haya experimentado. Mi
dedo, entre tanto, se entretenía introduciéndose delicadamente, entre frotada
y frotada clitoriana, en la hirviente gruta de su vagina mojada. Entraba y salía
solamente cuando había obtenido una buena serie de jadeos. De este modo, y solo
con un dedo, conseguí que alzara la pelvis hasta formar sobre el colchón un
semicírculo perfecto en el preciso instante en que alcanzó el clímax, empapándome
la mano con sus jugos. Se aferró a mí con una fuerza casi sobrehumana metiéndome
la punta tiesa de su lengua casi hasta la glotis. Mi miembro tenía una erección
tan intensa que parecía querer explotar.
Patricia se relajó exhalando un profundo suspiro de acabada satisfacción y bajando
la vista observó mi verga completamente tiesa; la miré significativamente y,
sin más, se deslizó entre mis piernas y, tomando mi verga con una mano mientras
mantenía sus pupilas fijas en las mías, se lo introdujo en la boca. Sentía con
cada fibra de mi ser cada recorrida que sus labios hacían por todo mi miembro
duro. Realmente sabía utilizar esos labios carnosos con que la Naturaleza la
había dotado. Veía su cabeza de cabellos bermejos subir y bajar ininterrumpidamente
succionando con fruición, metiéndose cada vez casi en su totalidad mi vara de
carne. Cuando pensé que no podía sucederme ya nada mejor que lo que estaba viviendo
oí que su voz susurrante me decía: "ya conozco el gusto de tu lechita, mi vida,
así que si aguantas sin acabar te voy a hacer un buen regalito; pero no acabes,
por favor". No dijo más sino que reanudó su quehacer. Reconozco que no me creí
capaz de contenerme y mucho menos cuando mi intención no era otra que gozar
viendo como su boca recibía todos mis jugos seminales para que ella los saboreara
glotonamente. La madre de mi amigo, más experimentada sin duda en el arte amatorio,
tenía bajo control la situación de modo tal que cuando percibía que la corrida
era inminente cesaba en su mamada. Pasaba la lengua de una manera increíblemente
lasciva por mi glande, podía verla en su totalidad, roja y brillante, deslizarse
sobre la superficie lisa de la cabeza coloradota de mi pene.
En un momento, y para contento mío, alzó la cabeza y relamiéndose lentamente
saboreando el gusto que le había quedado en los labios, me dijo:
- Veo que eres un muy buen chico, muy obediente sobre todo. No muchos pueden
aguantar una mamada como la que te acabo de dar, lo digo con conocimiento de
causa, y es por eso por lo que se quedan sin el premio prometido.
Le sonreí con orgullosa suficiencia y a punto estuve de bañarle la cara de semen
si me hubiera seguido mirando de aquella manera lujuriosa.
- Bueno mi amor, ahora el premio por ser tan..."macho" –dije esto solo porque
no encontré nada mejor que decir aunque apenas me oí me sentí ridículo; pero
bueno, del ridículo no hay manera de volver, según dicen.
- Como no, se lo tiene merecido mi "macho" –aquí me sonrió con cálida dulzura.
¿Te gusta el sexo anal, alguna vez lo has hecho?.
No, nunca le había hecho la cola a ninguna chica y así se lo dije un poco avergonzado.
Me volvió a sonreír con la ternura maternal que se le brinda al hijo que no
le salen bien las tareas de la escuela y luego me dijo:
- Bueno, yo te guío; vas a ver que es sencillo.
Se colocó a mi lado en posición de perrito y yo me coloqué detrás y la tomé
por la cintura con delicadeza pero firmemente, tal y como había visto hacer
en las películas pornográficas. Acerqué la cabeza de mi miembro, que estaba
a punto de estallar, a la diminuta puerta de su ano que aparecía cerrada casi
por completo. La apoyé y empujé un poco pero no conseguí meterla. Ella no se
movió sino que solo pronunció débilmente un "empuja más fuerte mi vida, metela
entera en mi culo, rómpeme entera". Volví a intentarlo tal y como me lo pedía
pero el estrecho orifico entre sus nalgas se resistía a recibir mi verga; por
otra parte, no quería hacerle daño al penetrarla de una sola y fuerte embestida
por miedo a que se enfadara y entonces, "adiós polvo". Patricia, que estaba
tanto o más excitada que yo, al ver mis infructuosos intentos me pidió que me
acostase. Lo hice y ella se colocó de espaldas a mí sentada justo sobre mi verga:
- Aprenda mi niño que su mamá le va a enseñar como se le rompe el culo a una
dama.
Bajó su trasero hasta que el ano quedó contra el glande; yo me sostenía el pene
mientras ella mantenía separadas las nalgas con la expresa intención de que
no perdiese ni el más mínimo detalle de cómo iba a suceder aquello. Descendió
aún más y, con un agudo grito de placer, pude ver y sentir cómo primero la cabeza
del miembro y luego todo él se iba perdiendo por el agujero que se iba abriendo
para engullirlo. Apoyó sus manos en mis pantorrillas y subía y bajaba con increíble
soltura jadeando y echando la cabeza a un lado y a otro. Veía mi verga salir
y entrar íntegramente de su precioso culo. Mis manos en su cintura ayudaban
a que se le enterrara más y más dentro de sus entrañas.
Desmontó y volvió ponerse a cuatro patas y, advirtiéndome que esta vez no iba
a aceptar excusas de ningún tipo, me dijo: "ahora si, vida, el culo mi amor,
hazme la cola ya, quiero la leche caliente en mi culo de puta, vamos mi amor".
Se la metí sin problemas y cogiéndola por la cintura la comencé a cabalgar con
frenesí. Estaba ido de placer sintiendo deslizarme dentro de las tersas paredes
anales de aquella hermosa hembra que tan bien hacía el amor y más excitado aún
por los continuos gemidos que salían de su garganta. Mis manos se crisparon
sobre su cintura delicada. "La lechita, inúndame toda con tu leche rica mi amor,
vamos".
Acabé como nunca otro hombre haya jamás eyaculado. El semen me salía a borbotones
que me quemaban el miembro y podía imaginarme como el líquido se deslizaba hacia
dentro de sus entrañas hasta sus intestinos. Fue delicioso. Rato después de
haber terminado aún seguía moviéndome entre sus nalgas. Solo me aparté cuando
noté que estaba empezando a ponérseme fláccida.
Estuvimos desnudos todo ese día y de tanto en tanto volvíamos a la cama a retozar.
Era realmente insaciable esta mujer y me enseño muchas cosas acerca del sexo
que quizás en otro momento compartiré, pero ahora llegó la hora de poner punto
final a este breve pero caliente relato.
Me despido con la esperanza de que haya producido en ti, lector, el cosquilleo
del deseo y si en lugar de eso te he hecho desperdiciar parte de tu valiosísimo
tiempo te pido un millón de disculpas por adelantado y, por otro lado, te habrá
servido de experiencia suficiente para no leer otro de mis relatos.
Sin otro motivo me despido de todos ustedes hasta el próximo relato mandándoles
un abrazo a "ellos" y un beso en donde más les apetezca a "ellas".