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Masturbandome ante mi vecina
Vecinas que todos desean
Una
vecinita de diez años etró al zaguán para recuperar su
pelota y le hice una exhibición.
Todo lo que leerán es real. No tiene ningún efecto dramático ni exageración.
Creo que hay dos hechos en mi infancia que me marcaron como exhibicionista.
El primero ocurrió cuando tenía ocho años. Me estaba bañando en casa de mis
tíos donde estábamos de visita, y entró una prima mayor que yo y se quedó viendo
mi pene mientras se tocaba entre las piernas. La otra fue cuando sorprendí a
mi mamá, a mis trece años, espiando por la ventana a un vecino que se estaba
bañando.
A mis veintidós ya tenía mi parafilia bien definida. Vivía con unos amigos en
la Capital en una casa doble con un zaguán en el centro. De un lado estaban
los vecinos, y del otro, nosotros. Ese domingo era yo el único que estaba, así
que subí al tejado para ver la ciudad mientras me tomaba una cerveza. En la
calle contigua pude ver a las vecinitas jugando a la pelota. Ellas me vieron
y soltaron risillas. Creo que a propósito hicieron que se volara la pelota hasta
mi zaguán, luego una de ellas, morena, de pelo quebrado, vino a tocar a la puerta
de lámina de mi zaguán.
Bajé del tejado, agarré la pelota y, antes de abrir para dársela, me aseguré
de que mi pene quedará fuera de la tanga y sólo cubierto por los shorts. Cuando
abrí la niña muy amablemente me pidió la pelota, mientras las otras soltaban
risillas. Le dije que iba a dejar la puerta del zaguán abierta por si se les
volvía a volar. Ella asintió y siguieron jugando.
Me metí a mi casa y dejé las dos puertas abiertas, la del zaguán y la de mi
casa. Me desnudé, me unté el miembro con crema y me recosté en un sofá de tal
forma que desde la puerta se viera mi cuerpo del cuello para abajo. La persona
que se asomara no podría ver mi cara, sin embargo tuve la precaución de colocar
un espejo discretamente para yo poder ver através de la puerta a mi posible
espía.
Cómo había supuesto, las niñas, que sólo querían llamar la atención, volvieron
a volar la pelota a mi zaguán. Mi pene estaba erecto y yo lo acariciaba. Por
el espejo vi a la niña morena de pelo quebrado. Primero no me vio, sólo agarró
la pelota y estaba a punto de salir cuando fingí un estornudo. En eso volteó
y pude ver cómo se le hicieron grandes los ojos y se estremeció. Al instante,
tal vez por creer que yo no sabía que estaba ahí, se empezó a calmar y a mirar
con más atención. Su sonrisa se había caído y había dejado su lugar a una boca
abierta de asombro.
Cuando una de sus amigas le llamó. Ella se llevó un dedo a la boca y les dijo
que no hicieran ruido. Le vi también hacerles una seña para que se acercaran.
Vi vomo varias caritas curiosas se asomaron por la puerta del zaguán.
Yo me masturbaba viéndolas por el espejo sin que supieran que las veía. Estaba
muy excitado, pero cuando escuché a una de las niñas preguntar "¿Qué está haciendo?",
y a otra responder, "Se la está jalando…", no pude más y me empecé a eyacular.
"Se está corriendo…" dijo la misma niña, y eso volvió aún más excitante mi orgasmo.
Me quedé unos instantes más en el sofá para que vieran como mi pene perdía su
erección. Luego hice un movimiento para incorporarme y ellas huyeron.
Me vestí y salí a caminar, cuando pasé por donde estaban las niñas les pregunté,
"¿Recuperaron su pelota?", primero se quedaron mudas, luego soltaron unas risillas,
y agregué, "Ya saben, cuando la vuelen pueden pasar por ella." Me fui.
Esto se repitió varias veces hasta que una de las mamás de las niñas les prohibió
entrar a casas de desconocidos.