Delirio Porno. Buscador de Sexo, Relatos Eroticos, Fotos, Videos
Cuentale a un Amigo/a
Buscador de Sexo Relatos Eroticos Fotos
Porno Hispano Videos Porno Envíanos tu Relato
Navegación
Buscador
Porno Hispano
Noticias de Sexo
Fotos
Vídeos
Relatos

Videochat Barato
 
videochat barato

PORNSTARS Webcam
 

Chicas con Webcam
 

VIDEOS PORNO GRATIS
 Porno Gratis

Parejas Webcam
 
Parejas en Webcam

Cams de Latinas
webcam latinas

Cams Porno por SmS
Webcams Porno enviando 1 SmS
Enlaces de Sexo

Tu Buscasexo
BuXcaSeX
Postales X
Busca Sexo
Buscador Porno
Busca Webs Porno
La Guia de Sexo
Sexo por la Webcam

Relatos Porno, Noticias Porno curiosas, Fotos Porno, Videos Porno, Webcams Porno y mas en Delirio Porno, buscador porno gratis. Si tienes relatos o experiencias porno y quieres que aparezcan aqui, envialos a traves del menu superior Envia tu Relato y lo publicaremos.

WEBCAMS PORNO EN VIVO






En semana santa una de romanos Relatos de Orgías

 

Julia
se queda sola en la ciudad en vacaciones de Semana Santa, dispuesta a descansar,
leer y ver pelis de romanos. No sabe lo acertado de su predición...

A Julia nunca le fascinó en exceso la Semana Santa. Pero unos días de vacaciones
siempre eran de agradecer. Se quedaría en la ciudad, medio desierta por aquellas
fechas, aprovechando para pasear e ir de compras. A sus 35 años era una mujer
aún atractiva, independiente, inteligente y con una cultura amplísima. Estatura
media (alrededor de 1,65), cuerpo atractivo, pechos pequeños pero resultones,
pelo castaño oscuro rizado (y siempre muy bien peinado), nalgas que aún no acusaban
la ley de la gravedad y ojos muy expresivos. Tenía además ese punto de madurez
(física y mental) que tanto suele gustar a los hombres. Su conversación era
fácil y siempre estaba leyendo algo, fuese lo que fuese. Lo anterior no significaba
que fuese una santa ni nada parecido. Había tenido un puñado de novios (alrededor
de la decena), varios de ellos de "largo recorrido", incluyendo uno que la quiso
llevar al altar.

Sin embargo ella se acabó negando. Tuvo alguna aventura más, pero en los últimos
meses su vida había sido demasiado tranquila en este aspecto. Julia no estaba
preocupada por este detalle, ya que se encontraba muy bien con ella misma, y
eso era lo más importante. Tenía en mente una Semana Santa tranquila, en la
que descansaría, leería y vería, una vez más, las inevitables pelis "de romanos":
Espartaco, Quo Vadis, Ben Hur.......

El miércoles, víspera del jueves santo, decidió salir a comprar un disco. No
sabía muy bien cual comprar, pero seguro que algo encontraría. Después de patear
la ciudad durante casi una hora y media, se topó con una tienda de discos que
no conocía. Miró el escaparate y acabó entrando en ella. A su derecha había
una gran estantería con viejos discos de vinilo. Empezó a escudriñar entre ellos,
ya que sentía la tentación de llevarse alguno. En opinión de Julia el vinilo
tenía un encanto especial, muy superior al de los modernos CDs.

¿Puedo ayudarte? -sonó una voz a sus espaldas.

Ella se giró y vio a un chico joven, de unos 23 o 24 años. Era evidente que
era el dependiente de la tienda. La mujer (de unos 45) que anotaba algo en un
libro de contabilidad, detrás del mostrador, debía ser la jefa. Julia ni siquiera
se había dado cuenta de que era la única cliente en la tienda.

En realidad solo estaba ojeando -respondió con rapidez.

Pero la verdad es que, a partir de ese momento, se dedicó más a ojear al chico
que a los discos. Era alto (sobre 1,80), delgado, con el pelo moreno algo desordenado.
Tenía una expresión sonriente, con un cierto toque pícaro, y unos enormes ojos
casi negros. Sin darse cuenta se pusieron a charlar sobre música. Al final Julia
se llevó dos viejos discos: uno de Modern Talking y otro de Dire Straits, sus
dos grupos favoritos de los años de instituto. Pagó y siguieron hablando. A
Julia le gustó aquel chico y, por un momento pasó por su cabeza aquello de:
"Ay, si yo fuese más joven". Pero, como mujer realista que era, sabía que no
valía la pena llevar las cosas más lejos. Iba a despedirse, cuando el chico
de la tienda miró el reloj y dijo:

¿Te apetece tomar algo? Podemos seguir charlando un ratito.

Sí, por supuesto -respondió ella.

Miró hacia la jefa, la cual le hizo un gesto con la mano, que indicaba que podía
marcharse sin problema. Entraron en un bar que estaba al lado de la tienda y,
delante de dos cervezas, siguieron su animada conversación.

Me llamo Jorge.

Yo soy Julia -contestó ella, sin saber aún si debía de tratar al tal Jorge como
un amigo o como a uno de sus sobrinos.

La conversación se fue deslizando de unos temas a otros. Al cabo de media hora,
mientras tomaban la tercera cerveza, salió a relucir el tema de los planes para
la Semana Santa. Con bastante habilidad Jorge fue sonsacando a Julia algunos
detalles, como por ejemplo que ella no tenía novio, ni ningún plan especial
para los próximos días. Ella se daba perfecta cuenta de aquello, pero le dejaba
hacer, ya que aquel jovencito era muy atractivo.

Me han invitado a una fiesta mañana por la noche -dijo él de repente-. No sé
si te apetecería acompañarme.

¿Qué tipo de fiesta? -preguntó Julia, tratando de disimular la sorpresa que
le había producido la audacia de él.

Una fiesta romana, ya sabes de esas de toga.

Julia era una apasionada de la historia de Roma. Muchas veces había fantaseado
con estar en alguna de esas orgías que organizaban los emperadores. Sabía que,
cuanto más degenerados eran los emperadores (Calígula y Cómodo eran los ejemplos
más claros), más frecuentes y salvajes eran sus fiestas. Después de dejar divagar
su mente unos instantes, Julia volvió a la realidad, mientras Jorge la miraba
fijamente. Pensó aceptar de inmediato, pero había oído hablar del peligro de
esas fiestas, por lo que prefirió una respuesta que no comprometiese a nada.


Mejor me llamas mañana -dijo, mientras garabateaba su nombre y número de móvil
en una servilleta.

De acuerdo, te llamaré. Me tengo que ir. Prepara la toga, por si acaso -concluyó
Jorge, riendo.

A la media hora Julia llegó a casa. Se duchó, cenó y se sentó a leer. Pero no
pudo quitarse de la cabeza a aquel osado jovencito, ni la fiesta de las togas.
A las doce y media se metió en la cama, totalmente desnuda, como siempre, y
se durmió poco a poco. Se despertó a eso de las nueve y media, recordando el
sueño que había tenido. Jorge era el emperador y ella era su concubina favorita.
Su sexo húmedo indicaba a las claras el alto voltaje de lo que había soñado.


No vaciló más. A las once telefoneó a una amiga que tenía una tienda de ropa.
Le explicó brevemente lo que necesitaba y a las doce y media ya estaban las
dos en la tienda confeccionando el atuendo para la fiesta nocturna. Julia se
miró al espejo y quedó fascinada con lo que vio. La habilidad de su amiga había
convertido, en menos de media hora, un trozo de tela blanca en una preciosa
toga, rematada con un bonito broche en el pecho. Además su amiga le dio instrucciones
respecto del peinado que debía llevar y, por fin, un último consejo:

Cuidado con estas fiestas, que se sabe como empiezan, pero no como terminan.


"En eso está la gracia", pensó Julia. A eso de las siete sonó su móvil. Era
Jorge, que preguntó al momento:

¿Quedamos a las diez en el bar de ayer?

Por lo visto estaba convencido de que ella iba a aceptar la invitación, ya que
lo dio por supuesto. A lo mejor el muchacho tenía más peligro del que dejaba
entrever. Después de que Julia aceptase, él le dio unas pocas instrucciones.
Debería llevar la toga en una bolsa, se la pondría en el lugar de la fiesta
y, una vez allí, no llevaría nada debajo de ella. Como calzado, sandalias.

Tranquila, que no se trata de ninguna orgía ni nada parecido. Nadie te obligará
a hacer nada ... que no quieras.

Tranquiliza saber eso -respondió ella, riendo nerviosamente-. Hasta las diez.


Después de cenar se arregló con cuidado. Se peinó tal como su amiga le había
indicado: pelo recogido sobre la cabeza, sujeto con una larga aguja, dejando
caer bucles de su pelo rizado a ambos lados de la cara. Una vez peinada no resistió
la tentación de ponerse la toga, sin nada debajo, y las sandalias. La verdad
es que parecía una auténtica romana, pero sus pensamientos no fueron hacia Livia,
la virtuosa y ejemplar esposa de Augusto, sino hacia otros personajes femeninos
del imperio romano. Se acordó de su tocaya Julia, la disoluta hija de Livia,
de Mesalina, esposa de Claudio, cuya conducta se hizo probervial, de Popea,
la joven y bella esposa de Nerón o de Marcia, concubina de Cómodo. Eran las
"chicas malas" de la historia, pero aquel día Julia prefería sentirse como ellas
y ser mala. Para tener una conducta intachable ya tenía muchos días al año.


Guardó la toga con cuidado en una bolsa de deporte, junto con las sandalias,
y se vistió con unos vaqueros azules (a sus años no a todas las mujeres les
sentaban bien los vaqueros), una camiseta blanca, una chaqueta de punto azul
y unos zapatos negros. Repasó el peinado, viendo que estaba perfecta y que la
favorecía, incluso aunque no fuese a una fiesta romana. A las diez en punto
entró en el bar, viendo que Jorge ya la esperaba apoyado en la barra, con una
pequeña bolsa de viaje a su lado. El chico era puntual, "buena señal", pensó
Julia.

¿Estás lista? -preguntó Jorge.

Por supuesto -respondió ella.

Sin más comentarios salieron del bar, se subieron a un Seal Ibiza azul y enfilaron
hasta una de las urbanizaciones de la periferia de la ciudad. El coche paró
frente a uno de aquellos chalets, que eran más grandes de lo habitual. En la
puerta había dos hombres fuertes, tipo porteros de discoteca. Jorge les enseñó
una tarjeta color azul. Entraron y se dirigieron a una habitación a la derecha,
que estaba partida en dos por unos biombos. Jorge indicó a Julia que pasase
tras los biombos de la derecha, añadiendo:

Tengo ganas de ver lo bien que te sienta la toga. Ahora mismo nos vemos.

Julia se desnudó con rapidez, en aquella especie de improvisado probador, colocándose
la toga con cuidado. Ayudándose del espejo dio los últimos retoques a su atuendo,
colocando finalmente el broche. Se puso las sandalias y guardó su ropa en la
bolsa de deporte. Cuando salió, Jorge ya la estaba esperando, vestido con otra
toga. Dejaron sus bolsas en una especie de ropero y se dirigieron a la habitación
que estaba a la izquierda de la entrada. Era un enorme salón, por el que se
podía ver a unas veinte personas de ambos sexos, todas vestidas de blanco o
crema.

Instintivamente Julia se cogió del brazo de Jorge, ya que ella no conocía a
nadie allí y no quería despistarse de su acompañante. Los ojos, siempre curiosos
de ella, se fijaron en todos los detalles: una chimenea encendida, bebidas en
abundancia, distribuidas por toda la habitación, y hasta cajetillas de tabaco
y mecheros colocados a mano de los invitados. Se oía una música suave, que ayudaba
a dar ambientación a la fiesta. La gente bebía, bailaba o charlaba, todo ello
con gran naturalidad. Julia solo estaba pendiente de dos cosas: de no soltar
el brazo de Jorge, a fin de no perderle de vista, y de moverse suavemente, por
miedo a que su toga acabase en el suelo. El resto de la gente se manejaba con
gran soltura y naturalidad, lo cual indicaba que no era la primera vez que acudían
a este tipo de fiestas.

A los diez minutos el número de invitados había aumentado a unos 30. Jorge preparó
un par de copas y ofreció una de ellas a Julia. Mientras brindaban, notó como
la mano de Jorge empezaba a tantear su cintura. Por lo menos ella estaba segura
de que no tocaría michelines, ya que su cintura aún era prieta y esbelta. Además,
el hecho de que aquel muchacho joven se viese atraído por su cuerpo, hizo que
Julia se sintiera deseada, sensación muy agradable para toda mujer que haya
pasado la treintena. Por ello decidió devolverle el favor, pasando una de sus
manos ligeramente por encima de la toga, a la altura del trasero de su acompañante.
Se dio cuenta de que Jorge, al igual que el resto de los varones que había allí,
habían colocado una buena parte de la tela de sus togas en la entrepierna, a
fin de disimular, en la medida de lo posible, inoportunas e inevitables erecciones.


Estaban en esta fase de toqueteos previos (que tarde o temprano conducirían
hacia donde los dos sabían), cuando alguien se acercó a saludarles. Julia no
pudo dejar de fijarse en él. Era un tipo de unos 30 años, de la altura de Jorge,
pero con una complexión mucho más fuerte. Tenía el pelo corto, color castaño
claro, los labios muy carnosos y los ojos de un bonito marrón claro. Nada más
llegar dijo:

Enhorabuena Jorge, por fin te veo venir bien acompañado a una de mis fiestas.


Gracias Marcos. Ella es Julia -respondió Jorge.

Hacía mucho que no pisaba por aquí una romana tan bella -dijo Marcos, besando
la mano de ella.

Eres muy amable -contestó Julia, ruborizándose ligeramente-. Tu fiesta es muy
bonita.

Supongo que Julia no habrá visto el cuarto romano -quiso saber Marcos.

No, hemos llegado hace un cuarto de hora. Pero creo que éste es un buen momento
para ello -sugiríó Jorge, sin soltar la cintura de Julia.

Marcos cogió un pequeño manojito de llaves doradas. Eran llaves antiguas, pero
estaban brillantes. Subieron los tres por la escalera y Marcos abrió la puerta
del fondo del pasillo de la izquierda. A Julia aquello empezó a sonarle a encerrona,
pero estaba tranquila. Seguro que Mesalina o Marcia nunca se hubiesen negado
a una encerrona semejante con dos tipos tan apuestos y atractivos. El cuarto
romano era soberbio, la verdad. En el centro había una enorme cama, muy alta,
de madera de roble. En la base se veían talladas pequeñas escenas de gladiadores
luchando. A la izquierda de la cama había dos bustos romanos, colocados sobre
dos estupendas columnas de mármol. A los pies, contra la pared, dos divanes.
En las paredes había cuadros (de temas romanos, naturalmente) y un espejo ovalado.
Debajo del espejo, una pequeña cómoda con una bandeja de plata llena de frutas.
En una de las esquinas una puerta daba a un cuarto de baño.

A Julia se le disparó la imaginación. Aquello era como un sueño: una ambientación
perfecta y dos tipos sin desperdicio para ella solita. Desde luego la situación
prometía más emociones que las que le habían brindado sus últimos amantes. Ella,
de temperamento prudente por naturaleza, estaba excitada y sabía que oportunidades
como aquella no sucedían todos los días. En ese momento habló Marcos:

¿Qué te parece, Julia?

Es una maravilla, es precioso.

Marcos se lo reserva siempre para él -dijo Jorge, riendo-. Es un honor que nos
haya invitado.

Julia ya no pudo aguantar más. Colocada de pie entre los dos chicos, deslizó
sus manos por debajo de las togas, hasta palpar unas nalgas firmes y duras.
En ese momento no deseaba más que sentirse como la más puta que recordasen los
anales del imperio romano. Sin decir nada los llevó hasta uno de los divanes
e hizo que se sentaran. Se arrodilló entre ellos y fue subiendo sus togas, hasta
dejar al descubierto sus atributos masculinos. "Tamaño estándar", penso Julia,
"unos 14-15 cm cada una", mientras agarraba con las manos aquellos miembros
endurecidos.

Marcos cruzó una mirada con Jorge y asintió ligeramente con la cabeza, como
queriendo dar a entender que aquel nuevo fichaje iba a dar mucho juego. Julia
nunca había estado con dos tíos, pero aquello añadía más gasolina al furioso
incendio que sentía en su interior. Era un verdadero lujo poder elegir que polla
llevarse a la boca, por lo que dudó unos segundos antes de empezar a lamer el
capullo de Jorge, mientras con la mano izquierda pajeaba la de Marcos. Al principio
iba un poco descordinada, ya que nunca había manejado dos pollas a la vez, pero
al cabo de unos pocos minutos le cogió el truquillo. Era evidente que Julia
podía aprender cualquier cosa que se propusiese.

Fue metiéndose en la boca la polla de Jorge, hasta tenerla casi en la garganta.
Después movió la cabeza, como ella sabía hacer, deslizando con suavidad los
labios por aquel miembro duro, hasta que lo dejó bien mojado de saliva. Entonces
giró un poco el cuello hacia la izquierda y con los labios atrapó el capullo
de Marcos, haciéndole dar un respingo, seguido de varios jadeos, cuando ella
empezó a mover su lengua en círculos, con rapidez. Parecidas en longitud, la
de Marcos era algo más gruesa y más venosa, "pero las dos están igual de ricas",
penso Julia sin dejar de trabajar.

Estaba ya mojadísima, por lo que decidió que ya era hora de que aquellos dos
demostrasen todo lo que sabían hacer. Se pudo de pie, al borde de la cama, soltó
el broche que sujetaba la toga y, con un rápido movimiento, la dejó caer a sus
pies. Sus dos acompañantes hicieron lo mismo, quedando los tres desnudos en
cuestión de segundos. La tumbaron sobre la cama y una avalancha de sensaciones
cayeron sobre ella. Bocas en sus pezones, manos por todo el cuerpo. Julia no
supo decir cual de las dos bocas se aplicó sobre su coño mojado, pero lo cierto
es que se lo comió de maravilla. Pero no quería correrse demasiado pronto, así
que se incorporó a cuatro patas en el centro de la cama, mirando hacia los pies
de la misma. Marcos se sentó, con la polla justo al alcance de su boca, mientras
que Jorge se colocó detrás de ella. En el mismo momento en el que se tragaba
aquel trozo de carne duro y palpitante, notó una lengua mojada y juguetona en
su ano. No pudo reprimir un fuerte suspiro y cerró los ojos.

Estaba pensando cómo se la iban a follar, cuando notó algo frío en los tobillos,
seguido de un chasquido metálico. Giró la cabeza algo asustada, pero entonces
sintió lo mismo en las muñecas. Tardó solo un instante en darse cuenta de lo
que había pasado: aquellos dos cabrones la habían encadenado a la cama. Los
grilletes que sujetaban sus muñecas y tobillos tenían unos 10 centímetros de
ancho, y cada uno de ellos estaba sujeto por una especie de alambre de un centímetro
de grueso, que iban a terminar en las cuatro esquinas de la cama. Julia no se
había dado cuenta de la existencia de los grilletes, hasta que fue demasiado
tarde. Dio un pequeño tirón con los brazos, comprendiendo que no había forma
de soltarse.

Marcos acarició su cara y dijo:

No te asustes cariño, pero estas son las reglas.

¿Reglas? -respondió Julia con una mezcla de miedo y excitación en la voz.

Sí, las reglas del cuarto romano.

Lo siento Julia, pero cada chica nueva que viene a esta fiesta debe pasar por
este cuarto -terció Jorge-. Relájate y disfruta -añadió, besando con cariño
su nuca.

Julia no tuvo tiempo a protestar, porque la polla de Marcos llenó su boca, mientras
los dedos de Jorge empezaban a introducirse en su coño mojado. Aquello era de
locos: estaba atada a una cama, con dos tipos desconocidos, expuesta a cualquier
cosa. Pero el asunto no tenía remedio, así que Julia decidió tranquilizarse
y disfrutar lo más posible de aquella grotesca e irrepetible escena. Gimió cuando
la polla de Jorge su introdujo en su coño de un solo golpe y aprovechó los envites
de éste para adelantar la cabeza y tragarse entera la de Marcos. Aquel triple
movimiento, unido a lo morboso de la situación, resultaba delicioso. Uno empujaba
por detrás, clavándosela hasta el fondo y haciendo temblar sus nalgas, lo que
provocaba que ella tragase verga.

El coño de Julia cada vez estaba más mojado. Supo que no tardaría en correrse.
A medida que su excitación aumentaba, su mamada se volvía más furiosa, más contundente.
Cuando la mano de Jorge, habilmente pasada por debajo de su cuerpo, encontró
su clítoris y se puso a frotarlo, sintió que no podría aguantar mucho más. Pero
el primero en correrse fue Marcos, que descargó en su boca un auténtico torrente
de leche calentita. Julia dejó resbalar por su barbilla la mayor parte de aquel
líquido cremoso, tragando un poco. Apenas estaba amargo. Lamió un poco que quedaba
en su labio superior, justo antes de correrse de gusto, aullando de placer.
Se derrumbó sobre la cama, notando como Jorge sacaba la polla de su coño y se
corría abundantemente sobre su espalda y nalgas. Los restos de placer de su
propio orgasmo se mezclaron con la placentera sensación de aquel semen calentito
que resbalaba suavemente por su piel.

Durante unos segundos Julia se quedó adormilada, pero escuchó ruido de llaves,
seguido de varios chasquidos metálicos y sus muñecas y tobillos quedaron libres
de nuevo. Después notó como una esponja húmeda se deslizaba por su cuerpo, limpiando
los restos de semen. Los dos chicos se tumbaron a su lado, acariciándole la
espalda. Reconoció la voz de Jorge, que decía:

Espero que no te hayamos parecido unos brutos.

No, para nada, ha sido delicioso, de verdad -respondió Julia, tumbada boca abajo
y con la mejilla apoyada en las manos.

Su voz sonaba débil, pero en realidad ya se estaba preparando para el siguiente
asalto. "Donde va la soga, va el caldero", pensó, así que más valía que aquellos
dos cabronazos estuvieran recuperados en breve, porque si no se iban a enterar.
Al cabo de cinco minutos se giró y quedó tumbada boca arriba. En su cuerpo se
clavaron dos pares de ojos y Julia vio, con satisfacción, que reaccionaban adecuadamente
a la vista que ella les ofrecía. Les sonrió maliciosamente, antes de decir:


Veo que aguantareis otro asalto, ¿no, chicos?

Por supuesto que si, encanto -respondió Marcos.

Y sin mediar más palabras se bajó de la cama, agarró los tobillos de ella, se
los pasó por encima de los hombros y apoyó la punta de su pene en la entrada.
A Julia le encantó aquella penetración "en seco", sin ningún tipo de calentamiento
previo. Se la metió hasta los huevos, de un solo golpe de caderas. Ella soltó
un pequeño grito involuntario, mientras él, con la polla totalmente clavada
decía a su amigo:

¡Venga compañero! Vamos a darle lo suyo a esta plebeya, que no se quede con
ganas de nada.

Por toda respuesta Jorge buscó la boca de Julia, metiéndole la lengua casi hasta
la garganta, mientras que sus hábiles dedos daban pellizquitos en sus pezones,
poniéndolos duros. Entre gemido y gemido, ella tuvo tiempo de usar sus manos.
Con una de ellas aprisionó el miembro de Jorge, dándole un lento meneo, mientras
que la otra bajó hasta su hinchado clítoris, acariciándolo con suavidad.

Marcos siguió follándola, con mucha pericia, variando la velocidad de sus acometidas
de vez en cuando. Jorge se arrodilló sobre su cara, poniéndole la polla sobre
la boca. Julia, que estaba disfrutando como una condenada, le lamió los huevos,
con mucha saliva, antes de meterse el capullo en la boca. Lo chupó un ratito,
disfrutando de aquella deliciosa dureza, hasta que decidieron cambiar de postura.


Jorge se tumbó en aquella cama (que tenía un colchón duro pero muy cómodo).
Julia se colocó sobre él, separó bien las rodillas, cogió con la mano su polla,
la colocó en la entrada y fue bajando poco a poco las nalgas, clavándose sobre
ella con un largo suspiro. Se la metió hasta el fondo y empezó a bombear a base
de movimientos de pelvis, mientras apoyaba las manos en el pecho del chico y
le pellizcaba con saña las tetillas. Dejo de moverse cuando notó las manos de
Marcos separarle las nalgas. Un dedo con saliva recorrió en círculos su ano,
empapándolo y dejándolo preparado para lo que se avecinaba.

Volvió a cabalgar sobre Jorge, al tiempo que un dedo presionaba sobre su agujerito
posterior, abriéndose camino con mucha facilidad. Aquel dedo tan juguetón entró
y salió varias veces, provocando en ella unas deliciosas sensaciones. Julia
contuvo un instante el aliento cuando sintió el redondo capullo apoyarse en
la entrada de su ano. Después, con el pene de Jorge clavado totalmente en su
coño, cerró los ojos y se mordió el labio inferior, mientras la herramienta
de Marcos se abría paso por su ano. Cuando se la metió hasta el fondo, Julia
sintió en su interior juntarse dos increíbles sensaciones y estalló en un brutal
orgasmo.

En otra situación, Julia se hubiese dado más que satisfecha con aquel orgasmo,
pero en aquel momento las dos varas que la empalaban no estaban dispuestas a
darle tregua. Bajo ella, Jorge movía su pelvis, follando su coño sin parar.
Detrás de ella, Marcos se la metía por el culo hasta el fondo, haciendo que
viese las estrellas en cada acometida. Ella gritaba, gemía y jadeaba, sintiéndose
más llena de verga que en toda su vida. Aquellos dos sementales se estaban ensañando
con sus agujeros y ella lo estaba disfrutando de lo lindo.

Julia no tardo en volver a sentir como el placer volvía a crecer dentro de ella,
hasta que se desbordó en otra placentera explosión. En ese momento las dos pollas
dejaron sus agujeros y ella, chorreando sudor por todo el cuerpo y flujos por
el coño, se dejó caer sobre la cama, de espaldas. Pero aquellas dos pollas aún
estaban insatisfechas. Los dos tíos se pusieron de pie al borde de la cama y
empezaron a menearse sus miembros duros como el acero. Julia se sentó en la
cama, con las piernas colgando, de frente a ellos. Estaba tan caliente que no
vaciló en decirles:

¡Vamos, correos! Quiero que me llenéis de semen.

Cuando notó que ellos se iban a correr, abrió la boca, sacó la lengua y empezó
a recibir chorros de espesa leche. En unos segundos le llenaron la boca y la
cara, mientras ella disfrutaba del sabor resultante de la mezcla de aquellos
dos fluidos corporales.

Quince minutos más tarde Julia salía del cuarto de baño, donde acababa de ducharse.
Se puso la toga y se arregló el peinado frente al espejo, mientras ellos dos
estaban tranquilamente sentados en los divanes dándole a las uvas. Cuando enfilaba
hacia la puerta dijo:

Ha sido muy agradable chicos. Pasadlo bien el resto de la noche.

¿Te vas ya Julia? ¿Quieres que te lleve? -preguntó Jorge, desnudo y sin dejar
de comer uvas.

Sí, me voy, pero no te molestes, tomaré un taxi.

Me gustaría que aceptes un regalo -dijo Marcos.

Sacó de un cajón de la cómoda una tarjeta azul. Escribió en ella "Julia y acompañante"
y dibujo con unos pocos trazos un estandarte de las legiones romanas. Acto seguido
la firmó y se la entregó a Julia.

Con esto podrás venir a cuantas fiestas quieras. Jorge tiene tu móvil. Te avisaremos
antes de cada fiesta y podrás venir con quien quieras.

Muchas gracias -respondió Julia educadamente, mientras guardaba la tarjeta en
el escote de la toga.

¿Seguro que quieres irte ya? -preguntó Marcos.

Sí, la noche ya ha sido suficientemente movidita, para mi edad.

¿Tan vieja eres? -quiso saber Jorge.

Tengo treintaicinco, ya no soy una niña. Buenas noches.

Y se despidió, cerrando suavemente la puerta. Los dos chicos se miraron un segundo,
sin saber que decir. Finalmente fue Jorge quien habló:

¡Joder, treintaicinco! Pues está más buena que muchas de veinticinco.

Sí, y folla mucho mejor que ellas, no lo dudes -apostilló Marcos.

Julia bajó al ropero, recogió su bolsa y, en los vestuarios, se cambió de ropa.
Miró de reojo hacia el salón principal y vio que casi todos los invitados estaban
ya desnudos y que aquello se había convertido en una orgía de "todos contra
todos". Al cruzar la puerta de aquella casa se despidió de los porteros con
un "hasta otro día, chicos". Notó con orgullo como las miradas de aquellos dos
gorilas se clavaban en su trasero, bien perfilado por los tejanos. A pocos metros
de allí había una parada de taxis. Se subió en uno de ellos e indicó al taxista
la dirección a la que debía llevarla.

Durante todo el viaje estuvo pensando en lo que había ocurrido en aquel cuarto
romano. Aún sentía un hormigueo placentero en el culo, en el coño y en los pezones.
Pero estaba convencida de no volver más a aquellas fiestas, ya que un trío era
suficiente para ella, y la idea de una orgía salvaje no acababa de seducirla.


Estaba a medio camino de su casa cuando sacó la tarjeta azul de la bolsa de
deporte. Leyó en ella "Julia y acompañante" y súbitamente se acordó de su joven
y liberal amiga, Verónica. En ese momento tomó la decisión: a la próxima fiesta
acudiría con ella. Vero tenía que estar preciosa vestida de romana. La idea
de llevarla, junto con Marcos, al cuarto romano, encadenarla y montárselo los
tres, hizo que Julia llegara a casa con el tanga mojado.