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Mi abuelo Amor Filial

 




Cómo
mi abuelo me introdujo en el sexo.



Subí al ascensor y apreté el botón para subir al octavo piso, donde viven mis
abuelos. Mientras subía, mi respiración se hizo cada vez más lenta y profunda,
quería borrar de mi rostro el enfado que me causaba tener que ir a verles, en
lugar de irme con mis amigas de fiesta. Me alisé la corta falda con las manos
y observé mi aspecto en el espejo hasta que el ascensor se detuvo.

Abrí la puerta de la casa con cuidado y entré en silencio. En la oscuridad de
la madrugada, confirmé que la luz del cuarto de matrimonio estaba apagada. Iba
a irme de vuelta, donde había quedado, cuando descubrí una luz parpadeante bajo
la puerta del comedor. Me acerqué de puntillas y la abrí lo justo para atisbar
en su interior.

Allí estaba mi abuelo, sentado en el sillón, mirando con atención una película
erótica. Yo era consciente del insomnio de mi abuelo, pero en ningún caso sabía
de sus gustos por unas películas que yo estaba acostumbrada a descubrir a mis
hermanos mayores. Permanecí en el sitio, mirando un rato a mi abuelo, y otro
rato la película, hasta que una mezcla de curiosidad y excitación me obligó
a entrar.

¿Qué haces? -le dije.

Inmediatamente, cruzó las piernas en un vano intento por ocultar el bulto de
su entrepierna y me miró con gesto culpable, tartamudeando una excusa mientras
el temblor de sus manos le evitaban cambiar de canal con el mando a distancia.

No se lo digas a nadie -me rogó, comprendiendo que era inútil ocultar la evidencia.

No podía apartar mis ojos del bulto de su pantalón. Era evidente que los años
no habían mermado el tamaño de su miembro... y si lo había hecho, no lo suficiente
como para que dejara de resultar de lo más excitante.

Yo no digo nada si me dejas que vea lo que tienes ahí escondido

De acuerdo –dijo tras una pausa eterna durante la cual pensé que se iba a negar.

Se levantó, momento que aproveché para sentarme frente a él. Se desabrochó el
cinturón, el botón y se bajó la cremallera, para extraer su pene. El vello había
desaparecido casi por completo, y las venas se clavaban en su piel bajo el reflejo
de la televisión. Le toqué el glande con los dedos, y su humedad hizo que dirigiera
la otra mano hacia mis bragas. Paseé la mano por toda la superficie carnosa,
con reservas al principio para ganar firmeza, y acabé masturbándole con torpeza,
tal y como estaba viendo en la pelicula a sus espaldas.

Levantó su manaza y acarició mis nacientes senos sobre la camiseta. Luego, me
la levantó con dulzura y palpó mis pezones. Le miré a los ojos, y comprobé que
estaba disfrutando tanto como yo.

¿Por qué no te bajas las bragas? –me susurró-. Así estarás más agusto.

Miré estúpidamente hacia mi sexo y descubrí que no había parado de acariciarlo
y que tenía las bragas chopadas, así que con una sonrisa de disculpa, obedecí
y empecé a meterme los dedos hacia mi clítoris.

Chúpamela –me pidió.

La miré con cierto reparo. Nunca había tenido novio, y era la primera vez que
veía una verga fuera de las películas, y mucho menos había tocado una. Entonces,
se agachó y empezó a lamerme los pezones mientras me apartaba la mano y me acariciaba
la vagina. Cuando sus gruesos dedos quedaron empapados en el flujo vaginal,
los introdujo con cuidado en mi ano. Rodeé su cabeza entre mis brazos y le supliqué
que me los introdujera con más rudeza. En lugar de ello, hizo que me recostara
y, mientras me aguantaba la cabeza con una mano, introdujo su verga en mi boca
con la otra.

Se la agarré por la base, aguantándome con el codo, para controlar la cantidad
de carne que me metía y evitar atragantarme. Con delicadeza, mi abuelo dejó
que manejara su pene a mi antojo y empezó a acariciar la parte interior de mis
muslos, para ir acercándose lentamente a mi culo, donde introdujo un dedo.

Con el paso de los minutos, fui cogiendo confianza y comenzé a usar la lengua
para acariciar su glande y recorrer toda su verga y testículos, acariciando
con la mano y los labios, succionando, apretando y mordiendo. Sin previo aviso,
dejó a un lado su dulzura y me atravesó el ano con varios dedos, introduciéndolos
cada vez más deprisa y más profundamente, provocándome gemidos de dolor que
acalló apretando mi cabeza contra sus huevos. Notaba la boca llena de polla,
y mi nariz estaba estrellada contra su barriga. Me costaba respirar, pero me
gustaba la sensación de poder sobre mi abuelo, el poder descontrolar de aquella
manera sus impulsos sexuales que creía dormidos.

Tan repentinamente como había introducido sus dedos en mi culo, los extrajo
y comenzó a masturbarse delante de mi cara. Yo le observaba con la boca abierta,
acariciando su glande con la punta de la lengua hasta que me obsequió con todo
su caldo, que recogí de mi mentón para no desperdiciar una gota, y seguí chupando,
lamiendo y bebiendo hasta que no quedó nada más que una picha flácida y completamente
limpia.

Como recompensa, me obsequió con 6 euros y me pidió que lo repitiéramos de nuevo
después de mi 16 cumpleaños, que íbamos a celebrar unos días después. Extasiada,
y con el dulce sabor de su semen en mi garganta, acepté agradecida.