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Sabrosas escenas Confesiones

 




Con dinero
se puede hacer de todo. ¿Quién no lo aprovecharía para
tener todo el sexo posible?.

Hay quien dice que el dinero no da la felicidad. Pero a mi me ha servido de
mucho. Triunfé como empresario y al gozar de una envidiable posición económica
jamás carecí de lo que más me ha gustado: el sexo. Lo he tenido todo y con todas
las mujeres que me ha apetecido. Soltero y libre por la vida.

Recuerdo cuando contraté a aquellas cinco prostitutas de lujo; no digo la cifra
de lo que me costó porque es escandalosa, pero fue una de las mejores noches
de mi vida. Y así podría contar cientos de anécdotas. Pero mi mismo vicio me
hizo poner freno a tanto placer libertino. Conocí a Tina y me gustó tanto que
hasta salí más de cinco o seis veces con ella. Tuvimos una relación sexual de
varios encuentros y finalmente le dije que no podíamos seguir viéndonos.

Lo que pasa es que la dejé embarazada. Me llamó y aunque algo desmoronado le
prometí que al menos daría mi apellido y me ocuparía del niño. La madre de Tina
no estaría convencida con este trato y vino un día a mi despacho para pedirme
que me casara con su hija. Al principio le respondí que ni lo soñase, que eso
no podía ser. Aquella mujer no perdía la compostura e intentaba convencerme
con buenos razonamientos y con toda una serie de palabras corteses y educadas,
a lo que siempre yo me negaba.

La conversación se prolongó durante largos minutos y aunque aquella mujer me
agradaba y me caía bien, no sólo por su buena educación sino porque era atractiva,
me estaba poniendo nervioso porque de ningún modo yo aceptaría un matrimonio
que me encadenaría a una mujer para siempre, lo cual quizá me impediría andar
con otras. La madre de Tina se situó frente a mí y comenzó a adoptar otra serie
de argumentos los cuales os podéis figurar viendo esta foto:




Me chantajeo sexualmente. Y por supuesto, yo caí. ¿Quién no lo hubiera hecho?
A cambio de poder follar con ella tenía que casarme con su hija. Daba igual,
lo haría, todo por Rosana, que así se llamaba. Inmediatamente le metí la polla
hasta el fondo de su coño. Gocé un montón con aquello. Gocé tanto que apenas
me di cuenta de que en el despacho entró Ingrid, mi secretaria, pero no podía
dejar de bombear a Rosana:


-Ingrid –le dije-, te presento a mi futura suegra. Rosana jadeaba de placer
y apenas pudo saludar, pero Ingrid respondió: Encantada señora, no sabe que
gran caballero para su hija el que tiene ahora entre las piernas.


Tina y yo nos casamos, y nos llevamos a su madre a la luna de miel. Se vino
porque aún no se fiaba mucho de mí. Durante el viaje el embarazo de Tina era
ya muy avanzado. ¿Sabéis que significa eso? Que no había sexo, por lo que recurrí
a Rosana. Hicimos un crucero en barco y una noche mi esposa nos cogió a su madre
y a mí echando un polvo en su camarote. Tina no se ofendió demasiado, su propósito
era casarse con un hombre rico y lo había conseguido, por lo demás yo podía
follar con quien me apeteciese.


Claro que una esposa es una esposa y después de nacer el niño se empeñó en que
comprásemos una enorme casa en el campo para disfrutar allí de la naturaleza
durante los fines de semana y las vacaciones. Tina y yo nos llevábamos bien
y supimos pactar nuestra convivencia. Además teníamos un hijo en común y eso
reforzaba nuestros lazos afectivos, pero no podíamos meternos el uno en la vida
del otro. O sea, podíamos disponer de libertad absoluta, y eso lo supe aprovechar,
pero dentro de unos límites, yendo lejos de mi casa. Tina sin embargo lo hizo
a sus anchas y fue de un hombre a otro en lo que para ella era una vorágine
sexual. Por eso no era de extrañar que a veces llevara a sus amantes a nuestra
propia casa, hasta que yo mismo me acostumbré a entrar en casa y sorprenderla
con otro.

La primera vez que la encontré con otro supe reaccionar con dignidad; el tipo
se asustó y salió huyendo al saber que yo era el marido. Poco a poco esto se
fue convirtiendo en algo absolutamente normal. Tina conoció a dos jamelgos que
formaban parte de un grupo de rock: Conner y Fisher, dos buenos chicos que se
montaban tríos con mi mujer. Alguna vez me invitaron a jugar con ellos tres,
pero no era mi rollo. Sólo le pedí a mi mujer que el niño no percibiera nada
de aquello, pero ella era sensata y así lo hacía. Así que muchas veces llegaba
a casa y Conner por el coño y Fisher por el culo, tenían a mi mujer emparedada;
si dejar de gemir Tina me decía: Hola cariño. Yo le daba un beso, saludaba a
los chicos y les dejaba solos para que continuasen follando tranquilamente.





Pero así es la vida. ¿Acaso no era eso lo que quería yo? El caso es que llevaba
un tiempo que yo no era el mismo. Estaba hastiado de casi todo, increíblemente
hasta el sexo excesivo me cargaba. Tuve miedo porque yo ansiaba siempre relaciones
sexuales y me preocupa mi estado. No quería dejar de disfrutar de ello. Cuando
creía entonces que todo había acabado, que quizá ya tenía una edad que no servía
para experimentar placer, conocí otra forma de gozar: el vouyerismo.

Claro, que podía contemplar cómo lo hacía mi mujer con sus amigos, pero esos
actores no me resultaban atrayentes. Ya he contado que habíamos comprado una
gran casa de campo, a la que a veces yo solo me escapaba. Era tan grande y con
tan extensos jardines que tuvimos que contratar a unos caseros, un matrimonio
mayor, que se ocupase de su mantenimiento y que residieran permanentemente allí.
Se llamaban Damián y Bibiana; eran honrados y amables, trabajadores y sencillos,
en fin, buena gente.

Yo, con los prejuicios de cualquier persona, al verlos con una edad de entre
60 y 65, pensé en que eran de costumbres sosegadas en todos los aspectos de
la vida, no sé si me entienden. El caso es que se comprenderá lo que pretendo
explicar cuando cuente que una noche en la casa de campo, fumando yo tranquilamente
un puro, les oí gemir desde mi habitación. Su dormitorio estaba en el otro costado
de la casa y me acerqué hasta allí. Desgraciadamente la puerta se hallaba cerrada,
pero era evidente por los ruidos que procedían del interior, que estaban jodiendo.
A la siguiente noche ocurrió lo mismo, y a la siguiente, pero siempre con la
puerta cerrada. Estaba desesperado por aquello; deseaba por encima de todo ver
cómo follaban dos viejos. Tanto que un día hablé con Damián y le ofrecí dinero
a cambio de que permitiesen ver como se lo montaban su mujer y él. Se lo dije
sin rodeos y le ofrecí una cantidad insultantemente tentadora. O eso, o los
despedía.

Damián me citó a las 12 de la noche en su dormitorio. Bibiana había aceptado.
¡Vaya par de vejetes morbosos y avariciosos! Me senté frente a su cama y les
fui dando instrucciones de lo que debían hacer. Lo hicieron bien, pero había
cosas que jamás se habían atrevido a hacer. Así que por cada cosa nueva que
les pedí tuve que aumentar mi oferta económica en un porcentaje suculento. Por
ejemplo que ella le chupase la polla al marido, o que el la sodomizase. Cosas
nuevas y excitantes que Damián agradeció, y también ella. Quiero que os orinéis
uno encima del otro. Y así lo hicieron, ganando a la vez más dinero. Me saqué
mi verga y me masturbé viendo aquel espectáculo. Algo adorable y placentero
para todos. Lo repetimos bastantes noches más, aunque les rogué que me bajaran
el precio porque de lo contrario me arruinaría. ¡Lo que hay que hacer por placer!




Pero también después de un tiempo esto me cansó. Y por si fuera poco empecé
a tener problemas de erección. Un amigo me recomendó una clínica en la que eso
lo podía solucionar. Los métodos de esa clínica y el trabajo de sus profesionales
era infalible. Aunque resultaba caro, merecía la pena. Lorena, una doctora de
unos 50 años llevó particularmente mi caso.

Para reponerme solo le bastó una semana, pero cuando recuerdo sus métodos para
ponerme el pene duro la boca se me hace agua… Porque de lo que se trataba era
de una intensiva terapia sexual. No sé si Lorena era doctora o una puta en toda
regla, el caso es solucionó mi problema. Necesitaría una terapeuta como ella
en casa, de todos modos puedo ingresar en esa clínica del placer cuando quiera.
¡Cuánto dinero me cuesta el sexo!