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Una lección de hípica con Verónica
Fantasias
Estaba preciosa con su gorrito gris de hípica bajo el que desbordaba
una enredada cabellera casi pelirroja. Imponente en sus altas botas de montar
y con los pantalones de hípica ajustados que moldeaban a la perfección
los contornos de sus piernas y d...
Yo no había montado nunca y esperaba no hacer demasiado el ridículo ante Verónica,
una compañera de la oficina tras la que llevaba semanas intentando que accediera
a una cita y quien finalmente me convenció para que fuéramos a un club hípico.
De entrada me pareció algo snob pero de ninguna de las maneras iba a desaprovechar
la oportunidad de salir con Verónica.
En las afueras de la ciudad había varios picaderos bastante concurridos los
fines de semana y festivos, pero ella, manifestando un conocimiento del tema
que yo no hubiera imaginado, insistió en que debíamos ir a un club de hípica
que ella conocía bien, situado a unos 80 kilómetros de la ciudad.
Así fue como quedamos a primera hora de la mañana de una fría mañana de primavera
que era festiva en la ciudad. Pasé con mi coche a recogerla a la puerta de su
casa, en un barrio alto de la ciudad. Ella me esperaba fuera, junto a la parada
del autobús. Llevaba una enorme bolsa de deporte.
- Buenos días, ¿Qué llevas ahí?
- Mi equipo de montar ¿Lo pongo detrás?
- Sí, espera que abra el maletero y te ayude.
Me dio un beso en la mejilla y subió en el coche. Tenía la cara sonrojada, pensé
que del rubor por haberme dado el primer beso, aunque fuera de cortesía, pero
seguramente fuese por el frío. Las previsiones del tiempo no eran muy buenas.
- Así que llevas tu propio equipo de montar.
- Sí. Es uno de mis hobbies favoritos, desde que era una niña.
Por el camino, como no podía ser de otra manera en dos personas que se conocen
en el puesto de trabajo, hablamos de asuntos laborales y aprovechamos para comentar
o criticar a nuestros compañeros.
A mitad de camino, ya en la provincia vecina, empezó a llover con cierta intensidad.
Le pregunté que si sería posible montar con lluvia y ella me contestó con seguridad
que sí.
Cuando por fin llegamos, sorpresa: el picadero estaba cerrado. Un cartel en
la puerta anunciaba los horarios de apertura los fines de semana y festivos
de 09 a 19 horas, pero, aunque ya eran más de las 10, el club seguía cerrado.
Al parecer en aquella localidad el día no era festivo.
Más de una hora de viaje para nada, pensé. Pero Verónica no se mostraba muy
contrariada.
- Y ahora ¿Qué hacemos? - Pregunté.
- Mira los caballos. ¡Pobres! Están deseando que los saquemos a pasear.
Dos cabezas de equino asomaban de las caballerizas, y aunque desde la distancia
a la que me encontraba de los animales y con la lluvia que caía no podía verlos
con claridad, se me antojó que no les apetecería salir bajo aquel aguacero.
Pero Verónica no estaba dispuesta a abandonar la idea de montar aquella mañana
y, sin darme tiempo a poner objeciones, me dijo "no te preocupes que hoy montaremos".
Bajó del coche, sacó su gorrito de hípica de la bolsa, se lo puso y abrochó
bajo la barbilla y se dirigió hacia una de las vallas laterales.
- Podemos entrar por aquí. Hay un trozo de valla caído… Coge la bolsa con mi
equipo y ven.
Verónica no perdió un segundo y corrió por el campo de monta hasta las caballerizas.
Yo cogí la bolsa y también me encaminé hacia allí, sin correr, con cuidado de
no resbalar en el césped. Pero eso sí, mojándome por completo.
A partir de aquí, lo que ocurrió lo viví como en un sueño.
Las cuadras estaban cerradas con un candado y no se podía acceder a los caballos
sin forzar éste. Por suerte el porche de las cuadras era amplio estaba techado
con un chamizo que nos permitía resguardarnos de la lluvia.
Mientras yo me quitaba con dificultad la cazadora empapada, y me sentaba en
un banco de madera que había bajo el porche para quitarme los encharcados zapatos,
Verónica acariciaba la frente y hablaba con uno de los caballos que asomaba
la cabeza por encima del portón de la cuadra.
Estaba preciosa con su gorrito gris de hípica bajo el que desbordaba una enredada
cabellera casi pelirroja. Imponente en sus altas botas de montar y con los pantalones
de hípica ajustados que moldeaban a la perfección los contornos de sus piernas
y de su pequeño y bien formado trasero que parecía ofrecérseme como un melocotón
maduro.
Cuando se volvió hacia mí un momento para invitarme a acariciar yo también al
caballo, con una voz que se me antojó infantil, noté que bajo la blusa blanca
mojada se transparentaban dos oscuros pezones que pugnaban por abrirse paso
entre la tela del liviano sostén.
La visión de Verónica, así inclinada de espaldas a mí, me atrajo como un imán
y no pude resistir la tentación de abrazarla desde atrás, restregando mi pene
enardecido bajo los tejanos contra su culo, tomando sus pequeños y duros pechos
en mis manos, ante la mirada desdeñosa del caballo.
Fue un impulso en el que no valoré ni por un instante la posibilidad del rechazo,
pero aún así me sorprendió la actitud de ella, que no abandonó aquella postura
inclinada ante el caballo, mientras yo continuaba con mis aproximaciones hacia
el objetivo de mi deseo.
Como vi que Verónica se dejaba hacer y que poco a poco iba modificando su postura
para facilitar el encaje de mi paquete entre sus nalgas, me atreví a dar unos
pasos más y fui desabotonándole la camisa, mientras besaba su cuello y su pelo
húmedo. Cuando acabé de desabrochar la camisa, le solté el sujetador y me entretuve
jugueteando con sus duros pezones.
Verónica estaba, sin duda, disfrutando. Había provocado aquella situación y
ahora se estaba deleitando con su triunfo sobre mí.
Yo le di la vuelta para besarla en la boca y para chupar sus apetecibles tetas
pero ella a penas si me dejó probar sus mieles y enseguida volvió a darme la
espalda, pero esta vez bajándose los pantalones de montar hasta las rodillas,
apoyó las palmas de sus manos en la pared, junto a la ventana por donde asomaba
el caballo, para ofrecerse de forma inequívoca. La imagen de su culo prieto
y blanco y de la mata de vello rojizo que adornaba su sexo era turbadora Me
quité los pantalones y los calzoncillos, y me dispuse a disfrutar de un momento
inolvidable.
Empecé restregando mi empalmado miembro en la raja de su culito, subiéndolo
y bajándolo hasta la entrada de su coño, lubricando con mis fluidos todo ese
arco de placer, mientras con una mano acariciaba sus pechos y con la otra, mis
dedos hurgaban su mojada vagina.
Ella acompañaba mis movimientos con ligeros jadeos y con contorsiones de placer
que parecieron despertar la atención del equino.
Cuando consideré que los preliminares ya habían culminado y que era preciso
pasar al siguiente nivel del juego, introduje la punta de mi capullo en su coño
perfectamente lubricado, pero Verónica me corrigió con sus manos el objetivo.
Tomó mi polla y la llevó hasta la entrada de su ano y me pidió, de una forma
que sonaba a orden, que la montase por atrás.
Yo nunca lo había hecho de aquella forma. Jugar, sí, pero introducirla, no.
La verdad es que en mi convencional experiencia sexual no había tenido la ocasión
de penetrar a una mujer por atrás. Así es que cuando empecé a introducirla,
lo hacía con difilcultad. No acaba de entrar y notaba en la punta de mi pene
cierto dolor al no conseguir franquear aquella entrada. Pero Verónica no estaba
dispuesta a que ese contratiempo impidiera su objetivo. Me pidió que cogiera
una lata de que había dentro de su bolsa de deporte. Me explicó que era grasa
protectora para la piel de las botas y me dijo que embadurnara bien su culito
con mis dedos. Se quitó la blusa, siguió con los pantalones de montar hasta
las rodillas y con las botas puestas y se puso sobre el suelo del porche, a
cuatro patas, esperando impaciente a que yo cumpliera sus órdenes.
Unté dos dedos con aquella crema espesa y empecé a restregársela en su entrepierna
y adentrar mis dedos en su orificio. Verónica estalla de placer, y no paraba
de indicarme lo que debía de hacer. Me pedía que continuara introduciendo mis
dedos en su culo. Primero uno, luego me pidió que introdujera dos y, finalmente,
me pidió que se la metiera, sin miedo. Me dijo que entraría sola. Y acertó.
Mi pene, con el capullo más hinchado y caliente que nunca, probablemente por
el contacto de aquella crema, entró en aquel deseado lugar, sin apenas resistencia.
Pude meterla hasta el fondo y embestirla una y otra vez.
Verónica no dejaba de jadear de placer y de gritar que la montara. "Monta a
tu yegua", "Móntame". Cuando estaba a punto de correrme, saqué la polla y eyaculé
profusamente sobre su culo y su espalda. Fue increíble.
Me senté sobre el banco, algo cansado por la postura, y comprobé que mi improvisado
fuste continuaba rígido y extraordinariamente hinchado. Notaba como la sangre
bombeaba mi miembro totalmente erecto. Verónica no parecía dispuesta a que la
sesión acabara ahí y aprovechó la oportunidad que le brindaba mi empinada polla
para sentarse sobre ella, cuidando que entrara suavemente dentro de su caliente
conejito.
"Ahora soy yo quien monta". Decía con voz entrecortada mientras subía y bajaba
su culo con diestros y rápidos movimientos que le clavaban cada vez más adentro
mi endurecido miembro.
Al cabo de unos instantes me volví a correr, estaba vez dentro de su coño, mientras
Verónica prolongó su orgasmo unos instantes después, una vez cesó su galope
de experta amazona.
- Ves. Te dije que hoy montaríamos. ¿Te ha gustado la experiencia?
Sin duda que me había gustado, aunque empezaba a preocuparme la obstinación
de mi pene por seguir tan empalmado o más que en el primer envite.