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Una pareja se hace un tatuaje de dos dioses haciéndose el amor, sin saber
las consecuencias que invocaron.


Hay decisiones cuya trascendencia puede extenderse para toda la vida y que,
sin embargo, obedecen a arrebatos absolutamente momentáneos. Habrá que redefinir
la palabra impulso ante la más mínima sospecha de que algo impulsivo, un verdadero
capricho, sea en realidad algo para lo cual estuvimos destinados desde nuestro
nacimiento.


Como antecedente debo contar que Layla, mi mujer, siempre tuvo una rara obsesión
por una película que se llama El Hombre Ilustrado, basada en la obra homónima
de Ray Bradbury, geniecillo de la ciencia ficción. En ella se narra como un
hombre de unos cincuenta años va por el mundo como un Caín, rehuyendo a la gente,
siempre malhumorado, nunca temeroso de que quien le encuentre le mate, sino
temeroso de encontrar y matar. La película, que según me dice Layla es sorprendentemente
fiel al libro, explica como es que ese vagabundo, siendo un muchacho, llegó
un buen día a la casa de una mujer que hacía tatuajes, una dama misteriosa con
fama de bruja; de una u otra manera, este hombre se adentra a la modesta casa
de la mujer y, sin hacer caso de las advertencias de ésta, se dejó hacer un
tatuaje. El primero. De rato el hombre vuelve una y otra vez y la dama le inscribe
en la piel un tatuaje, y otro, y otro, y cada grabado evoca una historia, generalmente
inquietante. Luego de un tiempo, el cuerpo del hombre va cubriéndose de imágenes
provocadoras, de historias exasperantes, y al final, la dama deja en el cuerpo
de él una extraña ventana, un tatuaje pendiente, un hoyo negro del color de
su piel, y lo maldice diciéndole que en ese espacio, aparentemente en blanco,
no inscribe nada por que en él verá, quienquiera que se asome, la propia muerte.
Por eso el hombre viaja errante, seguro de causar curiosidad, seguro de abrir
el morbo de todo aquel que le mira, y sin embargo, va temeroso de que la gente
le pida que él les muestre sus tatuajes, pues al mostrárselos no sólo verán
historias sorprendentes, sino la imagen de la propia muerte, que como es sabido,
es una escena que a casi nadie le gusta ver.


Esta historia, aunque me interesa, nunca me atrajo lo suficiente como para adquirir
el libro, pues preferí pensar en el resto de tatuajes, aquellos que le mostrarían
a uno la propia vida, y no aquel que nos mostrara la propia muerte. Mi opinión
acerca de los tatuajes siempre fue muy concreta: tenía que ser una inscripción
que resumiera, dentro de lo posible, la totalidad del sentido de la vida, y
era para mi impensable colocarme un tatuaje sin sentido ritual, es decir, hacerlo
por estética, o peor aun, por moda.


Aquí es donde la historia verdaderamente comienza, pues es con tales ideas previas
que llegué un buen día de un viaje y me encontré con que Layla portaba en su
antebrazo derecho un tatuaje. Cierto es que ella no necesita pedirme permiso
para hacer con su cuerpo lo que desee, pero entre pedirme permiso y ni siquiera
comentarme que se haría algo tan permanente como un tatuaje hay una leve y a
la vez gran diferencia. El tatuaje, hasta esto bonito, representaba una tortuga
marina seguida de un torbellino que culminaba en una caracola. Entiendo que
las tortugas marinas le enternecían y que las caracolas, desde siempre, han
simbolizado la espiral de la vida, pues la vida es eso, una espiral, y Dios
ha de tener la forma de una inmensa cadena de ADN que se repite a sí misma en
la galaxia más majestuosa o en el más miserable ser microscópico. Lo bonito
del grabado no lo volvía simpático a mis ojos, sobre todo porque se había ido
a tatuar junto con Draco, un amigo nuestro.


Así, ambos portaban ya el mismo tatuaje en su antebrazo. Entendí que quisieron
ellos hacer una alianza y que en ella no estaba yo incluido. Me sentí mal de
un modo extraño. Me hubiera gustado reclamarle, pero no soy así. A mi mente
se vinieron las múltiples veces que ella me ha echado en cara haber ido alguna
vez solo al cine, cosa que al parecer fue desgarrador para ella, pues siempre,
desde que habíamos comenzado a andar juntos, habíamos ido los dos a ver juntos
las películas, y cuando rompí esa tradición fue, según ella me ha recriminado,
devastador, sin que pesara en mi favor la explicación de que en ese entonces
vivíamos en ciudades diferentes. Para el colmo la puta película que fui a ver
solo resultó ser mi favorita, cosa que sólo agravó las cosas. No entiendo como
es que eso del cine fue gravísimo, pero ante esto de que ella se tatuara junto
con nuestro amigo no me mereció ninguna explicación. Me pareció deprimente que
ni siquiera me avisara o participara de su intención de hacerse un tatuaje,
por principio un tatuaje es para siempre, además, tanto para ella como para
mi, los tatuajes eran inconcebibles sin un fin ritual, luego ella había dejado
en claro con hechos que ese rito, esa primera vez en que su piel se entregara
a las agujas, no la quiso vivir conmigo, que si de alguna mierda sirve decirlo
soy su marido, y que de hecho no quiso que yo fuese partícipe de ninguna forma.
El hecho que fuera ella misma quien había diseñado el grabado –cosa que
le habrá llevado varios días- sólo volvía más tristes las cosas para mi, pues
dejaba ver que no había inocencia en nada de esto, había premeditación, conciencia,
ganas y fe de hacerlo así.


Ya no contemos las jugarretas que me hizo mi imaginación, pues un pacto en la
piel sólo tiene en mi cabeza un homenaje justo: hacer el amor.


Si es capaz de diseñar a detalle y dibujar un modelo para tatuar, y hacer todo
ello sin que yo me dé la más mínima cuenta, ¿Qué no podrá hacer en mi ausencia?.
No me sorprendería que, en el caso de que a ella le corresponda morir primero
que yo -deseo que ha manifestado ella varias veces tener- se despida con una
marejada de confesiones entre las cuales me diga que lo del tatuaje no paró
allí, sino que es capaz de explicarme que en esa ocasión del tatuaje ella se
sometió a todo con una sumisión absoluta, que todo comenzó un día en que, como
que no quiere la cosa, le preguntó a Draco qué se sentía tatuarse, que él le
contestó que no podría él explicarle eso porque para cada quien es diferente,
que ella le preguntó a él si se tatuaría con ella y él, aduciendo hermandad
cósmica le dijo que sí, que ella se había ofrecido a diseñar la imagen pero
a cada segundo en que lo hizo pensó en lo que iba a hacer, sus alcances y significado,
me dirá que una vez que hubo terminado buscó urgentemente a Draco para mostrarle
el diseño, que éste al verlo se enamoró de él, es decir de ella, y que con agrado
recibió él la noticia de que yo tendría un viaje próximo y que ese sería el
momento ideal para hacer lo del rayado; me dirá también como ese día se bañó
especialmente para el rito y que con pena pero sin culpa no pensó en mí para
nada, que cuando Draco llegó a la casa por ella todo su cuerpo, el de ella,
era el cuerpo de una virgen presta a ser sacrificada, que cada poro de ella
segregaba el sugerente olor a miedo que todo maestro añora, y que Draco ese
día era su único maestro, que cada uno de sus diecisiete tatuajes cantaban himnos
a su realeza y a su maestría, que él le dijo que cada tatuaje era símbolo de
un amor que él había tenido y que a ella no le había incomodado ser una más,
que le había gustado ser para él lo que no le gustaría ser para mi, una más,
que de hecho le excitaba de alguna forma pensar que era una más en esa lista
libre de egoísmo, tal cual si las diecisiete mujeres que habían motivado cada
tatuaje estuviesen recostadas en una inmensa playa y que Draco fuese penetrándolas
una a una, dibujando al orgasmo una señal en la piel que narraba la historia
de ese gozo. Me diría que temblando, como en sueños, Draco la llevó de la mano
a la silla de rayado, que a los primeros piquetes las lágrimas rodaron por sus
mejillas y que su maestro sacó presto un pañuelo para limpiarlas, que ella lloró
aun más con tal de sentir aquel paño sobre sus mejillas limpiando su dolor para
siempre, su dolor de siempre. Que durante la travesía de las agujas por su piel
ella sostenía un diálogo callado con su maestro y con su ejecutor, sólo con
la mirada les hacía saber que era todo y era nada para ellos. Que una vez que
terminaron con ella siguió Draco, quien no lloró, quien aguantó, quien mostró
su señorío. Que al salir de ahí se sintió muy extraña de saber que había hecho
lo que había hecho y que era ya irreversible, mientras Draco la abrazaba. Confesaría
que fue ella quien no quiso llegar a casa de inmediato, pues le era impensable
ver a nuestros hijos, pues a mí no me vería estando yo de viaje, que le pidió
que la llevara a su casa, a la de Draco. Que ahí se sonrieron. Que un minuto
de silencio bastó para que meditaran en lo unidos que estaban después de este
acto, y que sin remordimiento alguno tuvieron que besarse, que al hacerlo lloraron,
que en ese instante nada importaba, especialmente yo, que la humedad de las
mejillas que se refriegan unas contra otras les recordó lo vestidos que estaban,
que él partió de la sala y fue a su cuarto para volver con una caracola en la
mano, que no fue sorpresa encontrarla desnuda, ni que él lo estuviera también.
La piel de él era la experiencia, la de ella la inauguración. Él sonó la caracola
varias veces y ellos oraron a una Diosa Tortuga, si es que esta existe, que
se comenzaron a tocar, que la piel no era nueva hasta ese día. Confesaría que
por alguna causa la penetración era una grosería, que no la hubo, pero que el
resto de poros fue tocado, besado. Y ella sabría que el que no hubiera penetración
lejos de consolarme me pondría triste, pues la penetración rebajaría todo aquello
a una burda entrega de la carne, y sin ella era una entrega de otro tipo, más
profunda sin duda. Me pediría perdón, pero sin convicción... se lo daría, de
corazón. Todo eso me diría ella antes de la muerte.


Lo que sé de la historia no es tan dramático como lo que imagino. Una vez que
se rayó por primera vez, Draco había sentenciado que la cosa nunca paraba ahí,
que una vez que uno se tatúa empieza una extensa carrera de tatuajes, que uno
empieza siempre con un tatuaje, luego sigue otro, y otro, como el Hombre Ilustrado.
En efecto, nunca merecí una explicación del primer tatuaje, aunque el silencio
en sí mismo explica todo para el buen entendedor. Es absurdo preguntarle a alguien
el significado de un tatuaje, pues eso no importa a nadie, en cambio, si quieres
conocer a un tatuado, mejor pregúntale por qué se tatuó precisamente la imagen
que puso en su piel, pregúntale qué significado tiene... para él. Me acordé
de una entrevista que Verónica Castro le hizo a Héroes del Silencio, ella, lame
botas como siempre, preguntó con una fingidísima ingenuidad (a ella ya eso de
ser ingenua no se le cree nada) y señalando con el dedo un tatuaje que Enrique
Bunbury llevaba en el hombro: "¿Qué es eso?", y Enrique, más mamón y más español
que nunca, y fingiendo a su vez ingenuidad, le contestó con una ironía digna
de agradecerse,: "E, e, e, esh oun tatuajje". Yo ya no preguntaba nada.


De rato Layla dijo que quería tatuarse la palabra sánscrita OM. Nuestras hijas
le hicieron segunda. Esta vez si me avisaron que irían a tatuarse. No estaba
el tatuador con que originalmente había ido Layla, así que fueron con otro cabrón
que les dio buena impresión por tener más limpio su consultorio. Les hizo un
mugrero. A una de nuestras hijas sí le quedó bien, a la otra no, a Layla más
o menos.


Ya como en orden sucesivo me preguntó a mi si me tatuaría algo con ella. No
la culpo por no haberme dicho antes, pues algo de responsabilidad he de tener
en que ella esté segura de que hay cosas que sí haría y cosas que no, y sobre
todo si tatuarme estuviera en las que no. Una vez que dije que sí ella se puso
muy contenta.


Yo suponía que nos tatuaríamos un dibujo que había yo trazado hace mucho, uno
de un ave y una serpiente perfectamente trabados, enamorados, más que la lucha
entre el cielo y el suelo, el amor de ambos. Dijimos que ese dibujo, pero nunca
nos entusiasmamos por terminar de adecuarlo a tamaño de un tatuaje, sin embargo,
Layla me mostró una imagen que había sacado del internet, era la figura de Shiva
y Shakti. Shiva, un Dios varón, Shakti, su consorte, la Kundalini, lo femenino.
Shiva sentado en flor de loto y Shakti sentado sobre de él, completa y plenamente
empalada, ambos en éxtasis, besándose, en un juego de líneas que retratan la
fuerza de él y la belleza de ella. Él con sus piernas duras y a la vez acolchonadas,
sirviendo de silla de placer para ella, ella, sentada encima abierta de piernas,
con sus nalgas bien redondas y estiradas, adornadas con un ropaje que no es
otra cosa que el triangulito de una tanga divina que le marca el cóccix, ella
abrazándolo a él y él cargando en sus manos una llama y un loto, ella con su
cuello de cisne doblado, su rostro hacia arriba, bebiendo la saliva de él, libándole
el alma. Cuando vi la gráfica se me vino a la mente que justo así quería yo
tener a Layla, que justo así estaría yo muy feliz. Imaginé no sólo como se vería
en acercamiento la gruesa y azul verga de Shiva, enhiesta y venuda, almacenando
semen de planetas, mientras que el aro del sexo de ella, bien distendido por
el grueso palo de Dios, manaba miel y aceites aromáticos, el ano y vagina de
ella trazaban un ocho perfecto, símbolo de la eternidad. Imaginé cómo Shiva,
con sus poderosos brazos, tomaba a su consorte de las nalgas y la manipulaba
de arriba abajo con un ritmo delicioso. La sonrisa de ambos se me contagió y
me pregunté cuantas de las veces sonrío yo mientras hago el amor, y descubrí
que por lo común tenía cara de carpintero tallando una cruz, de anestesista
inexperto, de toro en ruedo. Imaginé que la divina pareja no tendría prisa alguna
en terminar su idilio, que a razón de ello podrían intentar todas las posiciones
sexuales, inventar posiciones nuevas, y gozar, sólo gozar. Cuanto se le ha quitado
a la humanidad al vedarle estos goces, al rebautizar a Dios en un hombre misógino
y asexuado, en hacer de Shakti una monja frígida. El goce, dar y recibirlo,
no solo es un derecho, sino un deber divino. No se dijo más, ese era el dibujo
adecuado.


Ya había yo dicho que sí, pero sin meditar mucho en ello, pues de lo que uno
está seguro no duda. Quizá era mi ignorancia o ingenuidad la que me hacía tener
ese aplomo de decir que sí sin ninguna fisura de duda. Layla me recordó que
cuando estaba ella pintando un cuadro de nuestros cuerpos tuvo una conexión
muy profunda con eso que ella y yo éramos, y me advirtió que con los tatuajes
ocurre igual, que los tatuajes cobran vida en la piel y comienzan a interactuar
con nuestro espíritu, de ahí que no se cansó de advertirme que llevar al Dios
y la Diosa en pleno coito podría tener consecuencias insospechadas. Ya sospechábamos
las consecuencias insospechadas.


El día que habíamos elegido fue el Miércoles Santo, y había una razón muy simple
para ello. Yo trabajo en una oficina, de ahí que siempre uso no sólo una camisa
de manga larga, sino también un saco y corbata, lo cual es inconveniente porque
estaría la tela raspando constantemente el trazado. El Miércoles Santo era ideal
porque yo saldría temprano de la oficina y no tendría que aparecer ni el jueves
ni el viernes, y lógico, tampoco el fin de semana, lo que nos daba unos 4 días
de cicatrización en los cuales podría andar en camisa sin mangas y dejar orear
el asunto como debe ser. Además el año 2004 era ideal porque en nuestra creencia
hinduista era el año de Kundalini, propicio para hacer arder la flama primigenia,
el año de la Diosa, de la cual soy devoto desde hace algún tiempo. Era encima
el año del tantra que tantas veces y con tan poco éxito habíamos intentado Layla
y yo.


Ese día salí de la oficina, comí bastante mal, nos fuimos al estudio de Travis,
el tatuador. Travis tiene rostro de armenio, aunque nunca haya visto yo un armenio
esa impresión me da, y su vibra es ligera, limpia, entre las cejas lleva un
piercing que nunca me pondría, también lleva un arete en la nariz, mientras
que las orejas tienen unos boquetes que han dejado unos expansores que se le
ven horribles, como si lo hubiera sodomizado por tales orificios un pequeño
duende. Layla no me hace compañía como una maestra, sólo se atribuye a sí misma
el saber donde tatúan y el deseo de ver mi cara mientras me rayan, pero no ostenta
maestría, ni me domina, voy en un rol de fuerte que será débil por momentos.
Me pierdo al maestro, me gano una compañera, pierdo esa oportunidad.


Llevo un libro y Layla y Travis se ríen de que pretenda, o sueñe, que podré
leer. Hojeo unas revistas de body art y me cago de la risa sólo de ver lo que
es capaz la gente de tatuarse. Un cabrón lleva en una nalga un tatuaje de un
payaso poniéndole una golpiza a otro payaso. Una fulana se tatúa el Demonio
de Tazmania de los Looney Tunes en un pecho, lo cual es una buena forma de echar
a perder un bonito seno; un cabrón se ha tatuado a Homero Simpson encima de
los genitales, otro sujeto se ha tatuado, a lo largo de la pierna, un fémur,
una tibia y un peroné. Los tatuajes chinos, esos que abarcan toda la espalda
y nalgas, me sorprenden, me queda claro que nunca me haré perforaciones ni me
tatuaré el rostro. Es un mundo incomprensible para mi y sin embargo estoy sentado
en esa silla por la cual se entra en él.


Travis se sienta a mi lado, enciende en el aire el aparatillo que activa la
aguja zigzagueante, pone tinta en un botecito, mete la aguja en él y luego se
dirige a mi carne. Pensaba que me dolería como una inyección, mismas que aborrezco,
pero no, duele mucho más. No me consuela que me diga que en la parte superior
del brazo derecho, que es donde me está tatuando, duele menos que en el antebrazo,
pues no tengo forma, ni quiero tenerla, de comparar lo que dice. En películas
puedo ver un destazamiento de una persona sin siquiera inmutarme, pero no puedo
ver que pongan una inyección, pues eso me pone realmente nervioso, pues bueno,
mi imaginación se puso histérica de imaginar en cámara lenta que cada ponchazo
de la maquinilla de tatuar era una inyección hecha y derecha, tan aberrante
e indeseable como cualquier inyección médica. Layla no podía perderse mis caras,
así que se puso frente a mi y casi podría jurar que había algo maternal en su
expresión, como una madre divina que asiste al bautizo de su hijo, y ello, lejos
de hacerme sentir mal, me reconfortó de una manera inusual. Una cosa si sé,
si por alguna causa me habrán de cortar en pedazos, quisiera que Layla me vea.
No podía sostenerle la mirada de nervios. Soy un cobarde en el fondo. Sin embargo,
después de esto ya me da igual subirme a cualquier montaña rusa, lanzarme en
paracaídas, boggie o hacer cualquier cosa que he prometido no hacer nunca por
considerarlas malestares y riesgos innecesarios a costa de un placer que puede
no ser ni siquiera placentero. La méndiga agujilla se habría paso por mi carne
y sentía como si comenzara a utilizar una vena hasta ahora cerrada, como si
me cercenaran el brazo de manera tormentosa, como si fuese yo un globo muy nervioso
en una fábrica de alfileres, y sin embargo todo era tan real, era una aguja
real, dándome un pinchazo real, no había sufrimiento porque el dolor era auténtico,
no había amenaza de daño, sino certeza de un daño deseado, no había sorpresa
sino una seguridad agobiante de estar siendo penetrado incesantemente por la
aguja rabiosa. Empezó y no acabaría hasta que acabara, y faltaba mucho. Layla
estaba divertida y divina mirándome. Mis dientes los tallaba unos frente a otros,
en una actitud que el tatuador juzgaría como abiertamente exagerada. Pese a
ello él sugirió: "Se puede llorar". No tenía ganas, aunque tal vez debí aprovechar
la oportunidad de llorar como una Magdalena, siendo que lloro bien poco. Todo
sería por el mismo precio.


Layla se salió a fumar un cigarro. Travis estaba embebido en su labor. El dolor
era bastante insoportable para mi, tan desacostumbrado a él. Comencé a cantar
en la mente el himno a Shri Mahalaksmi, mi querida Diosa, pese a que el disco
de ska que tenía puesto Travis me distraía. Conforme fui cantando el himno dejé
de prestarle atención al dolor. Poco después mi brazo se adormeció mucho, cosa
que Travis me dijo era usual. Seguí cantando mientras proseguía el recorrer
de la aguja. Cuando Travis dijo "Listo" sentí como si mi madre hubiera dicho
lo mismo al parirme, la marca estaba hecha, el pacto sellado, el dolor presente.
El brazo se revelaba de alguna manera, pero no sangraba, sólo se hinchaba en
un hilo rojo que enmarcaba cada línea del tatuaje, mi cuerpo irritado.


Luego siguió Layla. Hizo menos escándalo que yo, después de todo era medianamente
una experta. Yo sin embargo me puse a su lado y le tomé de la nuca con ternura,
luego de la mejilla. Todo transcurrió muy rápido con ella. Salimos del estudio
de tatuajes con la cara de pan recién horneado. Poco o nada dijimos Layla y
yo de regreso a la casa, pormenores de lo que se siente, pero evadiendo la verdadera
plática que comenzaba con la pregunta "¿Y ahora qué somos tu y yo?", pareja
ya éramos, esposos ya éramos, pero ahora éramos distintos. No lo dijimos, pero
la noche tendría que desembocar en el rito que, ya he dicho, concibo como único
homenaje digno de un tatuaje conjunto.


El frío calaba en la piel, pues al estar obligados a andar sin mangas el viento
se metía por la camiseta. En el tatuaje nos habíamos untado una pomada Nosporin,
que tiene no sé cuantas vitaminas. Esta aplicación de crema es la única licencia
disfrazada de rascarse.


Por la noche nos fuimos a la habitación, me metía a bañar y salí del baño con
una toalla que tiene una línea adhesiva para colocarse como falda, Layla entró
a bañarse y salió casi desnuda, envuelta solamente en una bata muy transparente.
Había yo apagado la luz principal y encendido una lámpara que emana una luz
más bien azul. Layla duró unos segundos parada al borde de la cama, nunca la
había visto tan hermosa, estaba renovada por completo; su simple presencia hizo
que mi verga diera un vuelco debajo de la toalla. Ella se paró justo al lado
de la cama, que es una cama más bien baja, pues el límite del colchón apenas
y si rebasa un poco la altura de sus rodillas. Ver que sus rodillas estaban
un poco por encima del colchón me hizo saber que ella, además de la bata, llevaba
tacones. Me recosté sobre la cama y puse la nuca al borde del colchón, echando
la cabeza hacia atrás, dispuesto a que ella se sentara, si cabe decirlo así,
en mi cara. Acercó su sexo y comenzó a danzar sobre mi rostro mientras mi lengua
baliaba en sus labios. Era yo dichoso de estar en ese lugar, palpando su sabor,
su olor; su jugo destilando a chorros. Pasaron los minutos en medio de pura
gloria, yo lamiendo su sexo y mi brazo derecho, herido sagradamente, comenzó
a latir, como si todo el entusiasmo de mi boca por mamar emanara de allí, como
si los dioses hubieran comenzado ya a hacer justo lo que Layla y yo estábamos
haciendo. Layla se llevó la mano al sexo y comenzó a tocarse mientras simultáneamente
yo le lamía su vulva, en su manoseo de vez en vez distraía su mano de su cuerpo
para meterla en mi boca y yo chupaba sus dedos como una paleta lasciva, su mano,
repleta de jugo y saliva se dirigió entonces hasta mi verga, que a fuerza de
estar excitada por las oleadas de placer que estaba yo experimentando sólo de
mamar a Layla se había salido ya de la toalla. Layla empuñó mi miembro y comenzó
a frotarlo ayudándose de la dulce miel que tenía en su mano. Se quitó de mi
boca y yo sentí tristeza, pues ella quería darme una mamada de cortesana, sin
intercambio alguno de caricias, unilateral, ella sirviéndome a mi, tal como
había hecho yo con ella minutos antes.


Me tendí con mayor comodidad sobre nuestra cama y la dejé hacer. Ella lo mama
tan bien que es injusto que no de clases de esto. Mientras me chupa de varias
y muy distintas maneras, yo sólo me retuerzo. A ella le gusta que mientras me
mama yo le toque las mejillas, y el cabello, o el cuello, en un gesto de ternura
que contrasta con la voracidad de su dedicación, ella me ha dicho que cuando
me mama no quiere sentir igualdad, que un poco el gusto radica en la humildad,
en el gusto de servir, que le agrada que la toque suavemente en el cuello porque
compenza esa ternura con lo burdo de su mamada grotesca, que le gusta que le
toque las mejillas mientras le entra la verga, y el cuello porque así siento
hasta qué parte de la garganta se la meto; siento que es raro que me haya dicho
eso algún día, supongo que lo dijo para agradarme, suponiendo que uno deba sentirse
agradado con la sumisión, lo cierto es que no discuto su apreciación y me gusta
ver lo puta que se ve mientras me come la verga. En mi hombro, el Dios se deja
mamar por la Diosa, y él le acaricia el pelo y la columna a su consorte, yo
imito su tacto, y en ese instante opera la magia, la caricia se vuelve divina
y yo soy Shiva y ella es Shakti. Es difícil de explicar, pero siendo yo soy
Layla también, es como si al ser mamado mamara, con un gusto que va más allá
del género, pues a ese momento deja de importar quienes somos y qué hacemos,
somos simple energía que juega al amor. Layla deja de mamarme y yo me siento
a la orilla de la cama para que ella se monte en mi miembro, lo hace lentamente
y yo disfruto cada milímetro de calor que engulle mi carne.

En nuestros brazos los tatuajes cobran vida, en su brazo sólo se ve la figura
del Dios Varón, en el mío sólo el de la Diosa, ambos haciendo la danza de cómo
se mueven, en el brazo de ella Shiva lanza sus caderas hacia delante, como si
penetrara con fuerza la nada, en mi brazo, Shakti da un sentón a la vez que
en su vulva se dibuja un hermoso anillo redondo, como si una verga etérica la
penetrase. Y así, sintiendo lo que el otro, Layla y Yo vamos intuyendo cómo
darnos placer, así, ella yace abierta de piernas, engulléndome completamente,
luego la empino y comienzo a abordarla salvajemente, al más puro estilo perro,
y con el mismo desenfreno, penetro una y otra vez, con fuerza, me inclino, pues
quiero besarla en la boca, lo hago del lado del tatuaje y veo la silueta del
Dios haciendo lo que yo hago, y noto que él sonríe. Por imitación comienzo yo
a sonreír, y esta sonrisa de Shiva opera maravillas. Nuestra entrega pasó de
ser placer a ser dicha, gozo puro, un juego limpio y cristalino pero no por
eso menos salvaje e intenso. Layla ve mi cara en un espejo y comienza ella también
a sonreír, de rato no sólo sonreímos, sino que nos estamos arremetiendo a embistes
y sentones, pero riéndonos. "Soy feliz" digo, y soy testigo de no haberlo dicho
nunca en mi vida. Antes de sufrir el orgasmo, un calor inexplicable se apodera
de nosotros y la necesidad de eyacular se desvanece, la necesidad de correrse
desaparece, pero no el placer que proporciona. Caigo sobre ella como un mullido
cobertor, nuestra respiración es agitada y ni aun besándonos desaparece la sonrisa
de nuestra boca. Nuestros ojos son lámparas de luz. Nuestros cuerpos durmieron,
nuestros tatuajes no.


Llegó el día de volver a la oficina. Luzco tan formal, pero debajo de la manga
de mi camisa, mi tatuaje continúa queriéndose en una noche eterna. En veces
salen de mi privado gemidos, mi secretaria me pregunta si le he pedido algo,
yo le aclaro que yo no le he pedido nada, lo único que sé es que yo no gimo
en mi oficina, pero no estoy muy seguro de ello. Siento que aun encubierto,
el tatuaje se deja sentir. Cuando sospeché los efectos insospechados no se me
ocurrió pensar en que el tatuaje sea un torbellino de amor que necesariamente
va a inquietar a quienes ni siquiera intuyen de qué se trata. ¿Y si fuese cierto
que si gimo? ¿Qué pensarán los hombres a quienes Layla les enseña su tatuaje
en el que una diosa está bien envergadita? ¿Y si fuese cierto que las visiones
de entrega, y carne, y sexo, que se me vienen a la mente no sean fantasías sino
cosas que a partir de tener el tatuaje he hecho pero ya no recuerdo? ¿Si Shiva
me usa para hacerle el amor a Shakti en el cuerpo de humanas que ni conozco?
El tatuaje me invade, y me aferro a mi rectitud. Pues más allá de sentir que
el tatuaje es una licencia para hacerle el amor a Dios en el cuerpo que sea,
solo una cosa debo recordar, que Layla tiene uno igual. Y yo, francamente, prefiero
acuerdos más simples, en que ella y yo somos inagotables, que en ambos hay suficiente
misterio, suficiente camino por andar, como para buscar más allá, yo tengo una
ala y ella otra, y juntos volamos, juntos somos nuestro propio ángel.
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