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Esta historia es absolutamente verídica y se desarrolló en una
ciudad del interior de la República oriental del Uruguay. Debo manifestar
que estoy orgulloso de haberla vivido y todavía en la actualidad en alguno
de esos momentos tristes que tiene la ...



Esta historia es absolutamente verídica y se desarrolló en una ciudad del interior
de la República oriental del Uruguay. Debo manifestar que estoy orgulloso de
haberla vivido y todavía en la actualidad en alguno de esos momentos tristes
que tiene la vida, puedo ser feliz pensando en ella.



Hace catorce años atrás tenía entre mis alumnos uno que particularmente me caía
bien, pero no pudo aprobar el curso, debido a su ausentismo y a su incumplimiento.
Abel, que así se llamaba, tenía un apodo: le decían "Lito" y yo siempre lo llamé
de este modo. Con mis compañeros, con los padres y con el resto de mis alumnos
tenía una muy buena relación pero mi vida... no estaba completa. Pasó el tiempo,
más exactamente pasaron cuatro años de mi vida en que yo me había alejado de
aquel colegio. En todo este tiempo nada supe de todos ellos. Un día, cuando
me di cuenta de que vivir como trabajador independiente era difícil, decidí
volver a mi antiguo trabajo de maestro, y por supuesto lo hice en el mismo colegio
donde había trabajado antes. Mi vida amorosa tenía en su haber muchas personas,
y digo personas porque las había de los dos sexos. En ese momento mi vida afectiva
pasaba por una nube de aburrimiento. Tenía un amante que había conocido en mis
vacaciones de ese mismo año, en Piriápolis, pero era solamente eso. Un amante:
sexo activo para mí, un par de horas los fines de semana y... a volar luego,
para que no se le haga costumbre mi presencia. Todo de incógnito y bien lejos,
a treinta Km de mi residencia y sin vueltas.

Mi vuelta al colegio fue todo un acontecimiento. Todos me apreciaban por mi
trato amable, mi compañerismo, mi alegría y, por qué no decirlo, por mi belleza.
Yo era un joven de 27 años, alto (1,80), buen cuerpo, 80 Kg, cabello negro lacio,
piel blanquísimo-rosado, ojos verdes, barba tenue y lindo rostro. Además, tenía
el brillo en los ojos de quien es curioso y vive todo intensamente. En definitiva,
estaba a punto para el amor, pero no lo encontraba. Como mi vida estaba desprovista
de intimidad, lo único que me quedaba por hacer era trabajar, porque de esa
manera la pasaba bien.

Conseguí emplearme como maestro en el último curso de la mañana, de la tarde
y también de la noche. El turno de la noche era muy distendido, muy apacible,
los alumnos eran adultos y adolescentes que trababan una relación muy familiar
con el maestro. Todo se desarrollaba en un contexto agradable para trabajar
y compartir con los demás. Pero había un problema: los alumnos de la nocturna
no eran suficientes. Por este motivo constantemente salíamos a recorrer la comunidad
en busca de nuevos alumnos que no hubieran terminado los estudios elementales...
En esa tarea me hallaba, caminando por la calle a unos doscientos metros del
colegio, cuando de repente vi delante de mí la figura de un adolescente. Mi
corazón inmediatamente se despegó de mi pecho y se fugó con sus rulos, con su
mueca, con su rostro moreno. La adrenalina me surcó íntegramente. ¡Ya lo amaba
y todavía estaba a veinte metros! Pero a la vez que me acercaba y me pasaba
todo esto me estaba dando cuenta de que: ¡era mi querido Lito! Aquel chiquillo
que tanto apreciaba cuando fui su maestro. Él también se alegraba de verme porque
se notaba en su expresión la emoción del encuentro.


- ¡¡Lito!! ¿Cómo te va, mi amigo? ¡Tanto tiempo! - exclamé yo.

Y él, sorprendido pero feliz, me observó íntegro revoleando sus hermosos ojos
pardos para detenerlos luego en mi rostro y mirarme sonriendo. Ambos sonreíamos
porque estábamos contentos, era el reencuentro que nos daba felicidad y no podíamos
ocultarlo. ¿Sería que en estos cuatro años nos habíamos olvidado de la existencia
del otro? Ahora que nos volvimos a ver nos recuperamos el uno para el otro.
¡Afortunadamente! Mi primera pregunta fue:


- ¿Has terminado la escuela?

Ante mi sorpresa, él me contó que no, que había abandonado después de que yo
me fuera. Entonces recordé: había desaprobado conmigo aquel último año que trabajara
en aquella escuela. Inmediatamente encontré una mezcla de emociones en mi garganta
y sentí culpa y pena por haber impedido que aprobara, pero también sentí el
remolino del regocijo que nace en el corazón e invade tu persona entera. Tenía
la posibilidad de terminar conmigo ahora, en la nocturna. Ya le haría la propuesta.
Me contestó que sí y seguimos conversando mientras nos mirábamos a los ojos
e imaginábamos la escena. No puedo dejar de decirles que cuando nos separamos
ya fantaseaba con abrazarlo y protegerlo. Me despertaba toda la ternura que
llevo adentro. Me huracanaba el deseo. ¿Cómo era Lito? Bien: 1,65m, delgado
(60 Kg), moreno pero tenue, casi dorado; cabello semi-largo bien ruliento, ojos
pícaros y buenos, nariz pequeña, ojos pardos, vestido con jeans y remera, solía
caminar con las manos en los bolsillos como diciendo: ¡aquí las llevo porque
no tengo donde ponerlas! Dieciséis años. Lindo, curioso, tierno. Yo temía que
nunca viniera a las clases nocturnas o que viniera y se fuera. Pero, no. Vino
y se quedó, generalmente llegaba primero. Se sentaba a lo alto y me conversaba,
me preguntaba, me observaba, me contaba. En ese momento salía con una mujer
mayor que él y según decía pasaban la noche juntos teniendo sexo. Yo salía con
aquel chico que conociera en al playa, pero cuando se lo contaba a él "lo transformaba
en chica", no quería que supiera que era bisexual por temor a que se asustara
y se fuera.

Así pasó un mes, Lito venía todos los días temprano y conversaba con su maestro,
a veces nos reíamos mucho e intercambiábamos miradas cómplices ante la presencia
de otros. ¡Cómo lo quería! Él, seguramente me quería como un hermano mayor(10
años) y esto lo sufría como una sentencia. Una vez vio cómo dos amigos me venían
a buscar y se iban conmigo a mi casa. Al otro día me interrogó directamente:



- ¿Qué van a hacer a tu casa?

Mmnn ¡celos!, pensé yo. Mi respuesta fue la realidad:


- Vienen a conversar o a jugar a las barajas.

Yo no perdí la oportunidad y le pregunté:


- ¿Tú quieres venir? - No, me contestó.

Al día siguiente se repitió la escena:


- ¿Otra vez van a tu casa? - preguntó Lito.

Mi respuesta fue la pregunta:


- ¿Vos querés venir?
- ¡Noo! ¡A ver si hacen cosas raras en tu casa!.

Lo que no se imaginaba era que ninguna cosa rara me pasaba con mis amigos y
sí me pasaba con él. Pensé que ahora sí se me iba a dar, que iba a ser mío,
lo miraba y me quería meter en sus pantalones, quería acariciar sus rulos. Algo
me detenía, pues la diferencia de edad era importante (10 años). Él me miraba
y se sonreía con picardía como dándome a entender que me comprendía. A la tercera
invitación mía ya estaba a mi lado, expectante, curioso, divertido. Nos fuimos
a casa después del cole. No estábamos solos, otros amigos vinieron con nosotros.
Llegamos luego de unos minutos. Tomamos algo, comimos, jugamos barajas, escuchamos
música, conversamos mucho. Cuando tomamos conciencia del tiempo ya era la noche
muy tarde. Repartimos las camas y los colchones. Lito tenía claro que debía
dormir al lado mío. Peleó por un colchón con otro de mis amigos, lo arrojó en
el suelo al lado mío y luego de conversar un rato en voz baja, nos dormimos
los dos. En paz, felices de estar uno junto al otro aunque no sea en la misma
cama. Se fue al otro día que era jueves, el Viernes volvió conmigo y se quedó
todo el fin de semana. Yo falté a la cita con mi amante rubio (que ya demostraba
síntomas de celos).

Una tras otra transcurrían las semanas y nuestra relación que hasta el momento
era puramente amistosa ya se mostraba como sólida, casi simbiótica a la vista
de los demás. Cuando supe con seguridad que nada más anhelaba en esta vida que
tener su cuerpo sobre el mío y besarlo eternamente, entonces preparé la estrategia
que me permitiría concretar esto. Abandoné definitivamente a mi amante rubio,
que sólo me daba una hora de placer. Esto era así porque yo quería que así fuera.
Sólo me interesaba que me succionara bien la pija y después se clavara mi estaca
con muchas ganas. ¡Basta!, era únicamente sexo. Yo siempre activo y él exclusivamente
pasivo. Un contrato irrevocable. Después de acabar me invadía una sensación
de culpa y fracaso que me obligaban a levantarme e irme. Aquella vez, después
de mi decisión de fundirme con Lito, me levanté después de eyacular y me fui.
Nunca más volví. Nunca más supe de él. Libre para el amor. Viví algunas semanas
dedicadas exclusivamente a la seducción. Algunas armas tenía. Tenía que enamorar
a mi Lito, tarea aparentemente difícil porque esto suponía revertir su heterosexualidad.
Lito estaba ahí, al lado mío. Siempre estaba. A veces se iba un par de días
a su casa y luego regresaba con más ganas de estar conmigo. Yo sabía que en
su territorio era un felino cogedor y que había una mujer experimentada que
le estaba extrayendo los jugos amorosos. Y no era la única. Me dolía. Lo escuchaba
y sufría. También es cierto que él suponía que yo sólo pensaba en mujeres. A
veces me decía:


- Con la facha que vos tenés conseguís las mujeres que quieras, además tenés
un chamuyo... - se refería a mi facilidad para convencer a la gente de algo
que yo quisiera.

Había admiración en estas palabras. Y un poquito más que ya se insinuaba en
nuestra intimidad. Nunca había visto a Lito desnudo. Lo imaginaba y me derretía
al pensarlo. Sin amante y loco por tenerlo, me masturbaba varias veces por día.
Y el mundo giraba, pero a esta altura de los acontecimientos, yo, ni cuenta
me daba. Vivíamos juntos definitivamente; cocinábamos, salíamos, jugábamos,
usábamos la misma ropa, las mismas hojitas de afeitar, los mismos perfumes,
etc... Dormíamos uno junto al otro, separados pero muy próximos. Yo lo amaba
y tenía la sensación de que él también me amaba. No había sexo todavía, pero
había miradas sostenidas, preguntas íntimas, amistad, sociedad para la vida...
amor. No necesitábamos nada para pasarla bien. Solamente estar juntos. Teníamos
la misma ropa, el mismo olor, los mismos gustos. Eso era todo.

Lito y yo habíamos hecho un pacto de caballeros: podíamos recibir visitas, inclusive
mujeres, durante el día y hasta la cena, pero después... nadie podía quedarse
a dormir que se interpusiera entre nosotros dos. Las mujeres que merodeaban
nuestras vidas tenían prohibido quedarse, y cada uno de nosotros dos se encargaba
de que el otro cumpliera su parte del trato. Ya nos cuidábamos. Éramos celosos
uno del otro y eso nos gustaba, aunque no lo decíamos de esta manera.

Hacía una semana nos habíamos declarado nuestro amor y nos habíamos prometido
fidelidad. Yo le dije:


- Lito, ¿sabes cuánto te quiero? Mucho. ¡Te quiero tanto! ... y no sé por qué.
Necesito tenerte cerca.

Él me miró con sus ojos oscuros, con mirada sostenida pero mansa, buena, y me
declaró lo que necesitaba escuchar:


- Yo también te quiero un montón y no te quiero perder.

- Estemos siempre juntos, Lito!. - agregué.
- Siempre! - me confesó con tono de verdadero deseo.

Seguíamos siendo profesor y alumno por las tardes. Él iba conmigo a la escuela,
volvía conmigo, hacía sus tareas conmigo. Siempre conmigo. Tres meses habían
pasado de esta vida y teníamos que cumplir con nuestro destino de amantes. Hacía
once días que había cumplido Lito los 16 años. Yo andaba por los 28 y medio.
Ese día era un martes del mes de Agosto y después de cenar, nos ayudamos con
la limpieza y nos metimos en la cama a conversar y escuchar música. Siempre
hacíamos esto y nos divertíamos mucho. Disfrutábamos de la soledad entre dos
que se quieren. Lito quería trabajar para ayudar en la economía de nuestra casa.
Entonces conversamos acerca de conseguir un trabajo para él. Yo lo ayudaría.
Entonces con ese tema de conversación estábamos cuando se me hizo imprescindible
besarlo y abrazarlo, protegerlo, mimarlo. No me animaba a decírselo por miedo
al rechazo al contacto físico y de sopetón no lo podía hacer. No quería asustarlo.
Se me ocurrió decirle que había una forma de ganar dinero haciéndole un favor
sexual a alguien. Me miró y me dijo que le contara. "Es inteligente!" pensé.
"Me lo dice porque ya sabe lo que estoy tramando". Le conté de qué se trataba
y le deslicé con mucho tacto la palabra hombre. Me miró y se sonrió. Picardía
en sus ojos. Mi mente corría a mil y la de él también. Me dio a entender que
no había problemas. Yo comencé a amasar aquella idea maravillosa que era imaginarme
en sus brazos. Le dije:


- No tienes experiencia en este tipo de cosas.

- No, pero cuando era más chico un par de veces me chuparon la pija.
- No es lo mismo, eras chico y no conocías el verdadero orgasmo, además, no
se trata sólo de eso.

- No importa, dale para adelante.

En ese momento supe que lo tendría enterito para mí. La adrenalina empezó a
inundarme. Comencé a temblar de la emoción. Lito me miraba con una paz indescriptible.
Se sentía deseado, querido, contenido, sentía que me podría poseer y que podría
llegar a pertenecerle. No se equivocó. En este estado de euforia mi corazón
galopaba y haciendo un gran esfuerzo me calmé y le dije:


- Bueno, pero entonces te tengo que enseñar algo.

Era puro teatro de mi parte y de la suya, pero no podíamos y no sabíamos hacerlo
de otra manera. Mi respiración estaba agitada, la de él también. Lo miré y lo
amé una y mil veces antes de tocarlo. Un orgasmo en el alma. ¡Eso es amor! pensé,
mientras me deslizaba de mi cama hasta la de él. Cuando llegué, ahí estaba esperándome.
Se inmovilizó a la espera de mis acciones. Acerqué mi cabeza a la suya y susurrando
le dije:


- Yo te voy a enseñar a hacer el amor con un hombre.

De más está decir que yo tampoco sabía, que sabía coger y nada más. A hacer
el amor aprendí con Lito, con mi amor. Él no me dijo nada, sólo me miraba y
en esa mirada me pedía el cielo. Yo se lo iba a dar. Lo besé con un beso suave,
romántico, eterno, y le dije que lo principal era hacer sentir bien al otro.
Cerré los ojos, no sabía cómo seguir. Esto era demasiado fuerte para mí. Estaba
con la persona que amaba y lo que vendría sería sólo embriaguez de amor y sexo.
Él estaba absolutamente entregado a cualquier cosa que yo quisiera.

Me miraba y le costaba convencerse de que esa persona que tanto él admiraba,
lo quería a él y justamente a él. Acaricié con mis manos su cuerpo magro, fuerte,
dorado, y besé su pecho, luego su vientre; me detuve en su pubis y aspiré su
aroma, sencillamente delicioso. Nunca me gustó la idea de oler ni succionar
a nadie, pero en este caso me fascinó. Era mi buena disposición emocional causada
por el amor. Sentí la caricia de sus vellos púbicos, sentí el aroma de su pene,
me auto acaricié con él pasándolo por mis pómulos, ojos y nariz. Luego lentamente
lo introduje en mi boca.

Allí creció instantáneamente y se convirtió en un majestuoso falo. Pétreo, férreo,
de una dureza impresionante. Lo mamé con ganas pero con delicadeza, siempre
romántico. El corazón se me volcaba, ya no era yo sólo. Éramos los dos. Lito
disfrutaba y gemía de placer y me miraba como si quisiera entender mejor la
situación. En ese momento me hubiera gustado poder ver por sus ojos, para ver
qué veía y me hubiera gustado poder estar en su mente, para saber qué sentía.
Yo saqué su mástil de mi boca y cuando lo largué su erección era tal que lo
golpeó en su propio vientre.

Nos acostamos en el suelo y continuamos con lo nuestro. Comencé a besarlo en
forma ascendente hasta llegar nuevamente a sus labios. Nos besamos sintiendo
nuestros sabores; la saliva se colaba en la boca del otro y misteriosamente
no me disgustaba, era capaz de tragarme a mi compañero. Nuestras lenguas se
entrelazaban, subían, bajaban, entraban, salían y volvían a enredarse. ¡Qué
placer! Ninguna de mis otras parejas, ni mujeres, ni varones, me habían hecho
sentir de esta manera. Eran tantas las cosas que teníamos para hacer que ni
él ni yo sabíamos cómo seguir. "Necesito sentir su cuerpo entero", pensé. Lo
abracé, entonces Lito adoptó una postura de quien quiere ser protegido. Lo cobijé.
Lo acaricié y le pedí que se acostara boca abajo; él obedeció instantáneamente.

Se puso boca abajo y me ofreció su culo levantándolo un poco hacia mí. ¡Qué
momento! Lindo, firme, dorado, cubierto por un tenue vello oscuro; desprendía
un calorcito hermoso; olía a limpio. Una delicia. Él me miraba como invitándome
a subirme encima suyo. No lo iba a hacer esperar mucho. Sin duda esto era lo
que yo quería, pero sabía con certeza que esta sería la primera vez para Lito,
que me estaba ofreciendo todo lo suyo. Además su pasado era casi exclusivamente
heterosexual. Su culo era virgen. "Debe quererme mucho para hacer esto", pensé.
Ahora estoy seguro de que era así, entonces no lo tenía muy claro. Creía que
era como yo, pura energía sexual, la líbido a su máxima expresión. Él no, era
muy hombrecito y tenía mucha fuerza, pero no era libidinoso. (A excepción de
aquellas tres veces que me exigió tener sexo con él, pero esa, es otra historia.)


Mi pene duro como el acero, estaba en su cota máxima y eso es mucho decir: un
tronco de 21 cm reales y muy grueso. No sé bien cuánto, pero bien grueso, y
esto dicho por las mujeres con las que tuve sexo, "¡qué grueso!" me decían.
Y lo que es más importante, aumenta el grosor hacia la base del mismo; por lo
tanto nada le entró la cabeza y ya. El dolor es hasta el final, pareciera que
cada vez costara más. Con estos antecedentes estaba yo apuntando la punta de
mi pija hacia la entrada sin estrenar de mi hermoso muchacho. Usamos nuestras
salivas. Presioné y no cedió el esfínter. Intenté varias veces más e incluso
me guió Lito con su propia mano en mi aparato. No entró. Nada. El agujero de
él era demasiado estrecho y nuevo y mi pija demasiado grande y dura para él.



- No importa, no te preocupes, ya vamos a poder.- le dije a mi muchachito dorado.


Repentinamente me levanté de su lado y le pedí que esperara un momento. Volví
inmediatamente con aceite en un pequeño recipiente para untar mi nabo y su ano.
Me empapé el nabo con aceite y le puse el líquido justamente en el orificio
anal y en los pliegues de alrededor. Volví a encarar la entrada a punta de pistola.
Hice fuerza para adelante y Lito culeó para atrás pero no conseguimos que penetrara.
Decidimos abandonar la tarea y continuar con las caricias. A pesar de que mis
testículos volaban de la calentura y mi pieza cilíndrica estaba dura como una
roca y dolía de dura, decidí pensar en mi muchachito y no forzarlo. Entonces
le propuse que me penetrara él a mí, pero de otro modo. Me acosté de cúbito
dorsal y lo atraje hacia mí colocándolo encima mío, frente a frente.

Fue excitante. Estar con toda la superficie de nuestra piel en contacto fue
volver a sentir un shock de adrenalina, nueva emoción, más calentura. Y siempre
estábamos ahí dos personas de distintas edades pero que nos queríamos y queríamos
descubrirnos el uno para el otro. Nuestras pijas duras, durísimas, batallaban
para presionarse una contra la otra. La viga de mi muchacho era larga, 19 cm
reales de cabo a rabo, no tan gruesa, dorada como el resto de su cuerpo, pero
perfecta, sin venas exageradas, glande rojizo pero liso, definido, importante.
No me importaba mucho cómo era, lo importante era que era la lanza de él. La
quería adentro porque quería a Lito dentro mío, como si metiéndose adentro mío
pudiera fundirse conmigo. Yo soy preferentemente activo, es más, en casi todas
mis relaciones homosexuales yo fui el macho que penetra y luego no se deja penetrar.
Pero con éste no importaba cómo se diera la relación, sólo quería unirme a él.

Levanté mis piernas al cielo, las recogí sobre mi pecho y como Lito estaba encima
mío sus genitales se deslizaron con él hasta quedar a la entrada de mi culo.
Yo le dije que me introdujera su miembro y lo aceité para luego aceitar mi agujero.
Tomé el cipote dorado con la mano derecha y lo coloqué en posición. "Ahora!"
le dije. Empujó y nada. (Hacía años que nada entraba). Volvió a empujar y sentí
la presión, otro intento y ahora sí entró el glande. No dolió, molestaba. Le
pedí que empujara poco a poco y así lo hizo. Fue entrando y fui recordando.
Cuando caí en la cuenta de que era un acto amoroso, no genital, entonces me
relajé y entró hasta el último milímetro. Sentí su vello púbico rozar mi perineo
y comenzó un vaivén acompasado y tranquilo. Su vida se iba por su pija y estaba
por entrar en mí.

Comenzó a bombear más fuerte y me besó en la boca apasionadamente. Le susurré
que cuando acabara me dijera algo cariñoso. (Me lo había enseñado una novia
que tuve y lo usé toda la vida). Me selló la boca con un besó y gimió a la vez
que me apretaba contra sí. Yo lo agarré de sus nalgas y ayudé a que bombeara
más fuerte contra mí. Recorrí, en medio de ese desenfreno, todo su cuerpo con
mis manos para cerciorarme una y mil veces de que era Lito quien estaba por
derramarse en mí. Gocé como nunca. Lito explotó y sentí la catarata dentro mío.
Se detuvo, me miró fijo a mis ojos y me dijo muy dulcemente: "te quiero". Se
recostó sobre mi pecho y se quedó así disfrutando el momento. Yo le dije que
también lo quería. No nos movimos. Sonaba la música en la radio. Pasó media
hora de estar en comunión y recién entonces nos levantamos. Fuimos juntos al
baño, nos higienizamos y luego bebimos alguna cosa.

No había pasado mucho, sólo unos minutos cuando mi pija se puso dura como antes,
lo miré, le hice señas y se acomodó de rodillas en mi cama, él quería que yo
lo poseyera aunque yo ya había comprobado que su ano era virgen además de hermoso.

Esta vez le di un beso negro largo y gozoso y sin dejar de acariciarlo todo
el tiempo, apunté mi tranca hacia su culo. Presioné una vez, nada, presioné
otra vez y entró la mitad del glande. Ya no podía parar, entonces empujaba y
frenaba, como dando oportunidad a que sus esfínteres se agrandaran y permitieran
el paso a mi pasión. En pocos minutos tenía media pija adentro de su cuerpo
y deliré con la visión de esta escena. Yo desde arriba miraba mi cilindro perforando
su trasero y tocaba sus nalgas y las abría más permitiendo que entrara más cada
vez.

El bombeo me dio el placer esperado, Lito me miraba cuando podía volteando su
cabeza y con una expresión de resignación que hablaba a las claras de su amor
por mí. El mete-saca se hizo cada vez más intenso. El dolor que sentía Lito
no aflojaba, mi pene es grande y muy duro, no es fácil tragárselo sin chistar.
Ahí comencé a amarlo como siempre lo había soñado. Eyaculé dentro suyo y me
sentí fundido con su cuerpo y su alma. ¡Qué placer¡ Un orgasmo fisiológico y
otro orgasmo emocional! Le saqué el pito de su cola y me quedé mirándola, enrojecida,
abierta, desvirgada y mía. Lo besé para sanar sus dolencias. Luego nos higienizamos
nuevamente y posteriormente le unté con crema su ano. Me sentía un poco culpable
por ser el mayor y él todavía un menor (que cojía como los mejores). Conversamos,
nos abrazamos y nos dormimos juntos en una cama de tan sólo una plaza.

Pasada la noche, al otro día se fue y yo sentí un vacío indescriptible. "¡Nunca
más lo voy a ver!" pensé. Me arrepentí. No pude sacármelo de la cabeza por los
siguientes días. Pensé en hablar con él en el colegio y pedirle que olvidáramos
esto y cada uno siguiera con su vida mientras conserváramos la amistad. Así
lo hice. El Lunes (¡cuánto tiempo sin verlo! ¡48 h!) le planteé este tema en
el colegio y él me dijo que sí, que era mejor para los dos. Sin embargo ese
día se pegó a mí y se vino conmigo a mi casa. Ambos queríamos una amistad pero
sentíamos y sabíamos que tendríamos un gran romance.

Continuará...

Autor: tumarcelito

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