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Que historia la nuestra Relatos Gay

 

Sexo Gay para ti

Tres de campeonato. ¿Alguna vez les ha sucedido que lo único que quieren es
hacer el amor, aún después de haber disfrutado mucho del sexo con el objeto
de sus deseos? A mí sí.


Yo me llamo Marcelo y desde que tengo uso de razón mis erecciones han sido de
exposición. A mí mismo me ha dado impresión la dureza de mi pija que además
se pone tiesa muy fácilmente y en cualquier lugar. No hace falta que esté pensando
en sexo para que me ocurra esto sino que lo hace solita como si tuviera vida
propia. Me he visto envuelto en cada embrollo que, para que los demás no lo
notasen, he decidido no prestarle atención y si lo hacen, de todos modos, es
problema de ellos. Por otra parte el tamaño de mi instrumento es importante
y he caído en cuenta de esto cuando algunas personas me dijeron: ¡es la más
grande que he probado!

Toda mi vida pensé que la constante excitación se me pasaría cuando tuviera
en la cama a mi verdadero amor y sexo a destajo. ¡Error! También pensaba que
si mi pareja tenía una gran dilatación por la práctica (¡vamos! que estuviera
re-culeado) me sería fácil la penetración. Otro error. Nunca es suficiente la
lubricación.

En lo que respecta a mi parte dorsal las cosas son distintas: siempre tuve claro
que entraría el pene que yo quisiera y que yo colaboraría para que no hubiera
dolor, sino placer. Bueno es decirlo que más me gusta ponerla que recibirla.
Sentir la braza horadando mi interior es algo que reservo para casos muy especiales
como este que es la continuación del relato de mi historia con Lito.

Lito era un adolescente con la mayoría de edad recién cumplida y una mirada
tan tierna que, invariablemente cada vez que dirigía su atención hacia mí, yo
me derretía. Él conseguía doblegar mi voluntad como nadie lo había hecho antes.
Era cariñoso y bueno. Tenía una espalda morena impecable que me ratoneaba con
sólo verla y que he acariciado miles de veces dibujando nuestro futuro. Lito
fue uno de mis amores de esta vida terrenal y nos ha unido la admiración mutua
que aún hoy tenemos. Mi hombrecito era eso, muy hombrecito, muy masculino, lleno
de rulos color sepia, cejas tupidas, nariz pequeña, ojos pardos muy profundos,
vientre plano, piernas musculosas, brazos largos y sonrisa eterna.

A él una erección le cuesta casi lo mismo que a mí: cinco segundos y se arma
con una lanza de piedra. No tan gruesa como la mía pero importante, como para
tener en cuenta. Muchas veces me sorprendió con sus actitudes sexuales porque
lo he visto cauto y lo he visto hecho un macho en celo. Podía combinar exitosamente
a su parte racional con una especie de instinto animal incapaz de resignarse
a una pérdida.

Lito me aseguraba que antes de mí apenas tuvo dos acercamientos con alguno de
su mismo sexo y que consistieron en algunas mamadas que le dieron, sin llegar
a término, y un intento frustrado de penetrar a un compañerito cuando era un
niño. Luego de esto sólo practicó con mujeres, cosa que conozco muy bien porque
estaba saliendo con una cuando me redescubrió y se pegó a mi vida. Se hizo dueño
de mí y vaya que me agradaba. Yo me hice dueño de él y a él también le gustaba.
Nuestra relación era todo un desafío que estábamos dispuestos a enfrentar en
silencio. Yo por cuestiones laborales y por no desilusionar a mi familia no
estaba dispuesto a salir del armario.

Pasaba el día con mis actividades normales, es decir, trabajo y salidas con
amistades y todo estaba muy bien, hasta que... me acordaba de Lito. Entonces,
desaparecía el mundo entero y se me aparecía su imagen que me miraba con picardía
pero en silencio. Me veía obligado a pensar qué estaría haciendo en ese momento
y sentía como consecuencia unos deseos irrefrenables de llegar a su encuentro.


Mi amigo moreno dormía conmigo en una cama de una sola plaza, a pesar de tener
cada uno la suya, y jamás nos molestamos; esto permite imaginarse lo bien que
nos sentíamos juntos. Sin ropa. Siempre sin nada de ropa. Dormir desnudos y
juntos era uno de nuestros pactos que más tuvo que ver con la pasión que sentíamos
que con exhibir nuestros cuerpos. Nos daba seguridad del uno con el otro. En
otras palabras era un símbolo de nuestra fidelidad, de nuestro compromiso. Hiciéramos
o no hiciéramos el amor nos sacábamos hasta los calzoncillos antes de meternos
en la cama y si por una de esas casualidades nos olvidábamos, inmediatamente
lo recodábamos y nos despojábamos de la prenda que nos impedía contactar nuestro
cuerpo entero. Cuando no estábamos solos en nuestra casa o en cualquier otro
lugar donde fuéramos de paseo dormíamos separados pero siempre invariablemente
en camas próximas que nos permitían estar al alcance de la mano o deslizarnos
entre las telas. Fuimos consecuentes, cómplices, amigos y amantes de casi todos
los días que estuvimos juntos y muchos más aún después.

Muchas veces hicimos el amor. Algunas fueron mágicas, otras fueron salvajes,
pero recuerdo tres que hubieran merecido presentarse en un campeonato. Aquí
va el relato:

La mágica.

Aquella noche era silenciosa y lo suficientemente clara como para dejar que
entrara una tenue luz por la ventana de la habitación, que estaba levantada
unos veinte centímetros, y no encender ningún artefacto eléctrico. La música
, infaltable entre nosotros, salía de los parlantes del aparato de audio que
nos acompañaba en el otro extremo de la habitación. De pronto se tornó romántica
y se comenzó a gestar entre nosotros ese clima que inevitablemente se iba a
dar de un momento a otro. Tuvimos momentos de silencio, pero ese silencio cómplice.
Yo disfrutaba esto de estar solos porque, a decir verdad, siempre me gustó la
soledad, pero la soledad acompañada, la soledad de a dos. Es tan íntima que
los solitarios se vuelven cómplices, muestran su mundo interior con sus luces
y sus miserias. Y se puede uno divertir y se puede jugar y se puede amar. En
definitiva se siente felicidad... aunque sea atrás de cámaras, en el armario
o en la cornisa.

De repente cruzamos una mirada decisiva. Era el momento. Lito abandonó todas
sus resistencias y se recostó dulcemente en el suelo como invitándome a acercarme.
Descendí con ternura y lo besé en los labios, pero la ternura se fue convirtiendo
poco a poco en pasión. Yo me acosté boca arriba y Lito se acostó a lo largo
encima de mí. Así nos seguimos besando. Este era una práctica que nos apetecía
a ambos pues el contacto de nuestros cuerpos, desde la punta de los pies hasta
la cabeza, nos fascinaba. Así como estábamos nos abrazamos y mientras nos besábamos
los labios, la cara y el cuello, mis manos recorrían una y otra vez sus nalgas
y su espalda y las manos de mi muchachito dorado se concentraban en mis pectorales
y en mis hombros. Tocar a Lito era tocar un cuerpo de efebo: magro pero musculado,
firme con cada cosa en su lugar. Un culo esculpido a la perfección de un color
trigo oscuro y con una vellosidad tenue pero uniforme y oscura. El aroma que
yo reconocía como afrodisíaco se desprendía de su cuerpo. Nuestros penes se
rozaban y se endurecían y tomaban el control de la situación. Desde ese momento
nos entenderíamos sin palabras y daríamos o cederíamos todo el uno por el otro.
Me pareció oportuno no apurar el momento y proponerle a Lito hacer un 69 para
sentirnos en comunión con nuestro sexo.

Le pedí a Lito que girara y me chupara la pija, pero que se quedara arriba mío
así yo podría alcanzar la suya. Pronto sentí sus labios apenas calientes rozando
mi glande que parecía mármol de color cereza. Con movimientos tímidos comenzó
a hacer subir y bajar su boca a lo largo de mi lanza mientras tanto yo succionaba
su pito color ámbar con entusiasmo. Él arriba, orientado hacia el sur de mi
cuerpo, justo allí, comiéndose mi península y yo abajo, ahogándome con su palo
mayor. ¡Que sensación de satisfacción siento cuando tengo su pija dura en mi
boca! La textura ultra lisa y suave del glande húmedo, deslizándose arriba y
abajo en mi boca, aumentaba mi nivel de excitación que se traducía en un acompañamiento
apasionado de los paños de mis labios. Le lamí la lanza a lo largo y a lo ancho.
Me detuve en su base y en el prepucio y luego chupé, succioné y devoré su pija.
Me encontré con sus vellos oscuros haciendo cosquillas en mi nariz y respiré
su aroma que me embriagó, como siempre lo hacía.

Al mismo tiempo que sentía esta devoción por hacerle una fellatio a mi muchachito,
él me la estaba haciendo a mí. Su boca tenía atrapada la corona de mi verga
y se enardecía a medida que sentía en carne propia los placeres de la lengua.
Tenía ojitos de sacrificio pero orgullo de guerrero y engullía la carne con
soltura.

Como nuestras alturas son diferentes y yo le llevo doce cm. a Lito, es que mientras
él me chupaba la pija y yo se lo hacía a él, a mí me costaba un esfuerzo extra
porque debía doblar mi cuello y traer su estaca firme hacia atrás. Esto me permitió
ir deslizando mi lengua a lo largo del perineo e ir peinando sus oscuros vellos
que lo adornaban. Como estaba tan próximo me detuve a observar la textura y
el movimiento de su ano. Yo siempre abajo, boca arriba, y él arriba mío con
la cabeza en mi centro energético de modo que su ano estaba ante mi nariz. Estaba
limpio y lucía rosado y cerrado; a pesar de las cojidas que le había dado ya,
entonces me dediqué a lamerlo con paciencia Su respuesta fue más ritmo a su
trabajo y por lo tanto yo lo lamí y lo chupé con ahínco agarrando sus muslos
con mis manos y recibiendo el tratamiento esperado. Un ligero sabor ácido-metálico
invadió mi lengua pero lo realmente importante era lo que comenzaba a inundar
mi mente: horadar esa preciosura que tenía ante mí, pero abrirme paso con algo
más potente que la lengua: mi lanza de piedra. Le pedí a Lito que se sentara
lentamente sobre mi pija, me miró como diciendo ¿No será muy doloroso? Pero
aún así no dudó y se preparó para la entrega, en cuerpo y alma, más importante
de su corta vida. Mi muchachito de dieciocho años, humilde, cariñoso, brillando
siempre con su luz propia, decidió complacerme. Se sentó a mi lado y miró mi
verga en su máxima expresión como midiéndola, entonces se puso de rodillas y
allí tomó la determinación de seguir adelante. Pronto se paró y se ubico arriba
de mi volcán, todavía muy lejos en el aire, y mientras, venía hacia mí que estaba
tieso, como una momia, pero con el sexo duro como el acero, yo pensaba acerca
de la suerte que tenía al quererlo a mi querubín y que estuviera allí conmigo.
Fue acercando su culo hacia mi palo mayor y pronto llegó. El shock del contacto
entre los cuerpos fue mágico. El calorcito de los pliegues del culo de Lito
en la cabeza de mi pija me transformó en pura llama y ya no habría vuelta atrás.
Sin embargo llegó el momento de hacer mi sacrificio ante tal entrega que consistió
en frenar el fuego, resistir la pasión y ser suave y tierno hasta el mismo momento
del orgasmo.

Lito se dejó caer hasta que sus nalgas tomaron contacto con mis muslos. Mi verga
entera dentro de él hurgueteando en las vellosidades de su recto. La sensación
más agradable y placentera que conozco. Quise tomar conciencia del momento antes
de que terminara y lo abracé por las caderas, por las nalgas y por la cintura.
Acaricié su vientre, su espalda y sus pectorales. Luego toqué el beso de los
cuerpos: la base de mi pija y el anillo húmedo que la engullía. Acompañar el
ritmo lento de mi cojida con la mano me permitió sentir con todo el cuerpo,
con mi vientre agitado, con mis piernas largas, con mi boca entreabierta, con
mi lengua incansable, con mi cerebro. Alternamos las voluntades de manera que
él manejó el ritmo primero subiendo y bajando a lo largo de mi basto; luego
yo sosteniendo su cuerpo con mis manos y manejando el movimiento con la pelvis:
la metía y la sacaba todo lo que podía. Mis ojos daban crédito. Duró largos
minutos por nuestro empeño en demorarlo y hacerlo suave y tierno. Pero todo
llega y al fin ya no pude resistir, entonces la energía que había acumulado,
que era mucha, se disparó y se sucedieron distintas explosiones y contracciones
de la gloriosa próstata. Jamás había emanado tanto semen que fluía dentro suyo,
una cascada, un manantial, una cadena de temblores. Le pedí que se quedara quietito
por un instante para poder saborear el placer recibido y luego, ya derrotado,
le pedí que se bajara de mi pelvis y se recostara en mi hombro. Cuando lo tuve
tan cerca de mí le susurré un -te quiero- y él me contestó -yo también- Así
permanecimos un rato largo y nos venció el sueño. La noche seguía clara y cada
vez que me despertaba pensaba en mi suerte, en nuestro futuro y en... la magia
del sexo.

La salvaje.



Lito y yo estábamos de vacaciones, esto significaba que teníamos todo el tiempo
del mundo para vivirlo en pareja. Nos dedicamos a trabajar en casa y luego salíamos
a divertirnos jugando al pool o al bowling. Cuando estábamos en nuestra casa
la mayor parte del tiempo teníamos visitas de amigos, familiares, ex alumnos,
mujeres que nos pretendían y otras personas que llegaban hasta nuestro hogar.
Debo decir que nosotros recibíamos a todos y se quedaban bastante tiempo mirando
películas, jugando a las cartas o simplemente conversando y muchas veces los
muchachos amigos se quedaban a dormir. Quiero recordar que nadie, excepto nosotros
dos, sabía de nuestro romance lo que convertía nuestra relación ante los demás
en una firme amistad.

Hubo casos de mujeres que se morían por quedarse con nosotros tratando de conquistarnos
o tan siquiera tirarse un polvito... aunque nunca tuvieron suerte. Recuerdo
a dos mujeres que eran madre e hija y nos buscaban a ambos; nos visitaban, nos
traían regalos, nos cocinaban pero de aquello ni jota. Hasta dos o tres mujeres
compitiendo por mí tenía que aguantarme y luego ya de noche y a veces hasta
de madrugada mi muchachito y yo las acompañábamos hasta la casa. Es que ni se
imaginaban que nosotros fuéramos amantes y nosotros habíamos elegido permanecer
en el anonimato, no salir del armario. Nos conocíamos tanto que nos manejábamos
con códigos de miradas entonces uno nunca dejaba al otro sólo e intervenía para
frenar cualquier avance de los demás.

El tiempo puro entre nosotros era poco pero cuando lo teníamos lo aprovechábamos
con creces. Hubo un domingo que, milagrosamente, estábamos solos y nos levantamos
cerca del mediodía. Tuvimos una comida frugal con mucho diálogo y algo de humor,
luego caminata hasta el río para volver a la casa y hacer algunas tareas del
hogar. La serenidad de la tarde se instaló en nuestras almas y nos volvimos
peligrosamente cómplices, de manera que ya había comenzado el juego de la seducción
mientras mirábamos cine en video. Yo me dediqué, luego, a hacer algo de mi trabajo
mientras Lito preparaba algo para la cena. Estaba mi compañero parado de frente
a la mesada muy concentrado en su tarea cuando a mí se me encendió el deseo...
¡Mmmnnn! Él estaba allí, a pocos pasos, sólo tenía que levantarme de la silla
y caminar en dirección a la cocina. Ahí estaba y yo me acerqué sigilosamente
mientras trataba de buscar en mi intuición qué iría a suceder esta vez entre
nosotros. No lo sabía porque siempre era distinto, cada ocasión era una aventura
que no se había escrito aún.

Cuando estuve cerca de Lito me acerqué suavemente y lo abracé por detrás apoyando
mi pelvis sobre los glúteos de él entonces mi amorcito siguió con su tarea en
la cocina pero sonriendo y seduciéndome con sus palabras. Él sabía que me resultaba
irresistible y que ya estaba entregado al juego del sexo y del amor. Mi efebo
Lito sacó su trasero hacia atrás como provocándome y yo respondí desprendiendo
sus pantalones vaqueros que, inmediatamente, cayeron al suelo. Me encontré con
el espectáculo más maravilloso que la naturaleza me haya prodigado: las nalgas
doradas y perfectas del hombrecito que yo deseaba que se adivinaban debajo del
slip blanco que él llevaba puesto. Se dio vuelta, nos besamos con ganas y pude
sentir su miembro erecto pujando por salir de la trampa del slip. Yo, armado
hasta los dientes, duro como el quebracho, sediento de su cuerpo pero sin desear
más su culo que su pija en ese momento. Nos tocamos, nos acariciamos y nos besamos
sintiéndonos libres y unidos como nunca. Gracias a Dios tuvimos un día a solas
para vivirlo y hacer historia de nuestra relación. Como era verano adentro de
la casa hacía calor y ya varias veces habíamos hecho el amor con la ventana
abierta de par en par, esto nos ponía en peligro de ser descubiertos ya que
la ventana daba al pequeño patio de la casa y al final del mismo había una pared
que comunicaba con el patio del vecino. Si alguno de la casa de al lado se asomaba
por encima del tapial, podía vernos a través de las cortinas de tul azul que
se agitaban con el aire del ventilador, ya que la luz casi siempre estaba prendida
porque Lito no quería perderse el espectáculo de ver su propia cojida. Otras
veces lo hemos hecho bajo la ducha con todo el condimento que esto tiene. Pero
esta vez fue distinto.

Se me ocurrió pedirle a mi amante trigueño que esta vez hiciéramos el amor en
el patio. Para esto fui al placard y traje un colchón de goma inflable que usaba
para los campamentos. Él estuvo de acuerdo. Me indicó con un gesto que los vecinos
estaban en el patio y podían vernos o escucharnos. Yo con la mirada le sugerí
que probáramos ponernos en riesgo para que esta vez nos acompañara la adrenalina
con el sexo. Me recosté en el colchón silencioso boca abajo, de cúbito ventral,
instintivamente ya había decidido que cedería mi hueco a la única pija que podía
darme placer y sosiego. Estaba vestido con pantalones de lino náuticos, camisa
de bambula en colores pasteles y un slip color amarillo que me quedaba un poco
flojo en la entrepierna.

Lito me quitó las zapatillas y luego los pantalones, entonces me quedé con el
slip y la camisa acostado con el culo hacia arriba. Seguí el juego y como no
podíamos hacer mucho ruido adrede no colaboraba con las intenciones de él. Se
acostó arriba mío y me besuqueo la cabeza, el cuello y los hombros. Yo no respondía,
a pesar que lo deseaba con toda mi alma, entonces giré la cabeza y le vi un
brillo distinto en sus ojos pícaros. Me pidió que me sacara el calzoncillo y
no lo hice; sus ojos destellaban su intención. Me regocijé por lo que adiviné
venir. Me puso las manos en los glúteos como para reconocer su territorio, los
acarició hasta llegar a la costura de mi prenda, soltó un suspiro de calentura
y me descosió los slips, los desgarró, los rompió, me los sacó y los revoleó
para atrás. Lito se sentó sobre mis nalgas y observó diez segundos el panorama
luego me sometió abriéndome los cantos de mi culo y poniéndome ipso facto su
estilete en el orificio caliente. Empujó una vez, cedió y entró la cabeza morena
y superdura, dio otro empujón y entró la mitad, dio una tercera embestida y
estaba toda adentro. Yo estaba entre asombrado de su instinto salvaje y regocijado
por sentirme objeto de su deseo. Me gustó que se metiera de prepo pero con permiso
dentro de mí.

Lito comenzó su batalla contra la montaña rusa del orgasmo; había mucho por
remontar y una caída espectacular y placentera por disfrutar. Me la metía y
me la sacaba casi hasta afuera para volverla a meter y volverla a sacar una
y otra vez. Su cuerpo tomó un ritmo y una cadencia que volvería loco a cualquiera.
No podíamos hablar mucho por la situación del lugar comprometido y eso nos agregaba
más adrenalina y más placer. Me cojió con fuerza pero con mucho sentimiento,
yo sentía su respiración excitada pero ahogada y no le hablé; nos comunicamos
con caricias apasionadas y miradas encendidas. Su ritmo se entrecortó y luego
volvió a tomar más fuerza que iba in crescendo hasta que su cuerpo se paralizó
y se estremeció. Entonces realizó el sacrificio del silencio y brotaron de su
garganta unos quejidos de placer que ahogó en la boca, cerca de mis oídos, tumbado
en mis espaldas se agarró de mi vientre y quiso fundirse con mi cuerpo. Yo lo
ayudé desde mi posición puse los brazos hacia atrás y empujé sus nalgas hacia
mí como para que su estocada final tocara más adentro mío. Me inundó, sentí
su semen recorrer mi recto, sentí su pija y cada uno de los espasmos de su próstata
en mi interior. Se desplomó sobre mí y buscó mi oído izquierdo para decirme
-te quiero. Ya era de noche y nos quedamos así un largo rato tratando de saborear
el momento.



La peligrosa



Un día de ese verano que no recuerdo si era Viernes o Sábado recibimos la visita
de dos hermanos amigos. Cuando llegó la noche ellos se fueron a bailar y nos
quedamos Lito y yo solos. ¡Qué problema! Era lo que queríamos y tuvimos una
hermosa noche de amor y sexo pero corrimos aún más peligro que la vez anterior.
Como pensamos en no levantarnos cuando volvieran de bailar los hermanos, que
eran mis amigos pero nada sabían de lo nuestro, les dimos una llave de la puerta
para que entren sin llamar.

Error. Todavía hoy pienso que fue un error. Ese día teníamos la noche para nosotros
solos, entonces cenamos, hablamos de cosas nuestras, nos miramos mucho, nos
reímos mucho y luego con el espíritu azucarado por nuestra seducción decidimos
entregarnos al sexo. Nos sentamos en el living-comedor, en el suelo de cerámico
fresco. Chupé esa pija grande y dura, dorada como el pan, con deleite y con
juegos. Recorrí su base, sus vellos, su contorno, sus venas, la arteria que
la alimenta, el prepucio, el frenillo, el contorno del glande, la cereza y su
boca, toda su pija ida y vuelta. Luego succioné como si comiera un helado y
la fuerza de mis labios apretaba su carne y le sacaba quejas. ¡Qué mejor que
un hombre chupando la verga de otro hombre! Nosotros dominamos el tema porque
sabemos qué nos gustaría sentir, sabemos de ritmos, de tiempos, de entrega.
Sabemos cuando seguir y sabemos cuando no detenernos y cómo recomenzar si utilizamos
el coito reservado. Sabemos tragar o desechar sin que parezca un desprecio.
Sigamos con el relato: Lito me puso las manos en los hombros en señal de que
no siguiera y yo dejé su pene glorioso, todavía altivo y lo refregué por mis
ojos. Después nos incorporamos de rodillas en el suelo y nos apretamos los cuerpos,
nos refregamos, nos tocamos, nos sentimos, nos besamos y nos dijimos muchas
cosas del momento. Yo tomé su cabeza y con sus cabellos en mis manos lo miré
y le dije -quiero penetrarte como un perro. El bajó su vista dándome a entender
que aceptaba el sacrificio. Lo guié a la posición de rodillas y con las palmas
en el suelo entonces puse aquella balada de amor que envolvía el momento y me
acerqué por detrás apuntando mi pito grande, blanco-rosado y bien duro hacia
su ano. Lo dejé besar ese agujero y el calor y los movimientos apenas perceptibles
de sus pliegues me transportaron al cielo. Por primera vez escupí en su agujero
y escupí mi falo una y otra vez hasta que se hartó de estar seco y conecté las
dos piezas calientes como el fuego. Taladré su ano varias veces hasta meter
la mitad adentro. Lito se quejaba y me hizo dudar pero cuando palpé su pene
bien erecto me di cuenta de que lo estaba gozando. Y ahí va friega ese agujero
una y otra vez hasta que me vacié adentro, a media máquina porque no estaba
toda mi pija adentro. Lo llené por dentro y por fuera y su culo rezumaba leche,
de la mía, de la más caliente del mundo cuando él estaba en la otra punta de
mi lanza.

Seguimos jugando y riendo hasta que Lito me dijo que quería cojerme él también
como un perro porque era su posición favorita, la que alimentaba sus fantasías
eróticas, la que le permitía ver y potenciar su energía en el falo con el que
se me metía dentro. Me puso en cuatro patas y me untó el culo con crema para
las manos; a continuación se untó el sable con la misma crema. No necesitó mucho
para que su apéndice más largo se colara en mi recto. Me pegó un touché y la
crema hizo el resto; se deslizó su pene con facilidad y esta vez me cojió muy
lento. Entraba y salía despacio como sintiendo el roce de la cojida en toda
la longitud de su verga. Tomó un ritmo suave pero uniforme que a mí me relajó
y me permitió disfrutar a pleno. Como era lento se hizo más largo que de costumbre
y juro que si hubiera contado las serruchadas en mi culo habrían sido más de
mil o mil quinientas. Eterno, pero distinto a otras veces y también placentero.
Ambos suspiramos cuando al fin llegó el orgasmo, se vació adentro y nos quedamos
en silencio después del infaltable -te quiero, -yo también te quiero.

Abrí mis ojos a consecuencia de haber escuchado un ruido dentro de la casa e
inmediatamente me deslicé de la cama al suelo. Algo voló por arriba mío, giré
la vista y era Lito que todavía estaba sobre mi espalda profundamente dormido
y cuando salí de la cama su cuerpo subió en el aire para caer luego en el lugar
que yo ocupaba antes. En unos segundos me di cuenta de todo: mis amigos volvieron
de bailar y estaban abriendo la puerta de entrada de la casa con las llaves
que les había dado anteriormente. Le pedí a Lito, desesperadamente, que se vaya
a su cama y el señorito dormido y todo lo hizo rápido como el viento. Se alcanzó
a tirar desnudo en su cama, yo le revoleé una sábana que cayó arriba de su pelvis
y le tapó el sexo. Yo me acomodé y me puse el slip blanco que estaba en el suelo.
Apenas terminamos entraron ellos. Ni se imaginan cómo practicamos sexo, como
cojimos, como sudamos, cómo nos devoramos, como nos queremos. Pero estuvimos
a un instante de perder nuestro mundo secreto.



Debut Gay